Wednesday, August 24, 2016

LOS POLIZONES DE PENCO TAMBIÉN ARRIESGARON SUS VIDAS

El tren de aterrizaje, donde se esconden los polizones aéreos.
Saber que alguien se metía en el tren de aterrizaje de un avión para un viaje gratis era algo frecuente en el siglo XX. Aunque otras tantas, ir allí era una acción desesperada para huir de un país bajo régimen dictatorial. Entre 1940 y hoy en día, son 74 los casos registrados. De ellos sólo el 19 por ciento logró el objetivo, esto es salir vivo de tal experiencia. El resto de los polizones aéreos moría congelado por el frío de las alturas. El presente relato, sin embargo, se refiere a un equivalente pálidamente parecido y que se observó muchas veces en Penco.
A diferencia de los evasores actuales de pasajes en el Transantiago, quienes sin inmutarse no pagan para ser transportados a sus destinos, esto es viajan gratis; en los tiempos de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, ETC del E, los polizones viajaban fuera de la cabina del bus y ésa era una diferencia clave con los que evaden ahora. ¿Cómo así? El método era simple, pero peligroso. Muchachos, faltos de educación básica, muchas veces, iban y venían de Penco a Concepción y vice-versa  usando esta modalidad de no pagar el pasaje. Sin duda, que esos viajes no tenían otro motivo que demostrarse ellos mismos de ser tipos osados, intrépidos.
La parte posterior de un bus de ETC del E, donde viajaban los polizones de antaño. (Foto Internet).
Ocurría que los buses italianos de marca Fiat y los españoles Barreiros y Pegaso, de la flota de ETC del E, tenían sus motores atrás. Por tanto, los radiadores iban casi al alcance de la mano, salvo una rejilla para evitar accidentes. Y abajo estaba la saliente del parachoques trasero. Pues bien, los polizones usaban este último como escalón y se agarraban de la rejilla. Si se aseguraban bien con sus manos podían viajar colgando, sin que el conductor del bus pudiera advertirlo porque quedaban fuera del ángulo de los espejos. De modo que los vehículos que circulaban detrás del Pegaso veían el espectáculo de un muchacho agazapado y aferrándose a la rejilla del radiador. El riesgo del polizón era caerse al pavimento en plena marcha y el temor de los conductores que venían a la zaga era evitar atropellarlo. O sea, una preocupación.
El clásico bus Fiat de la flota de la ETC del E. (Foto obtenida de Internet).

Bueno, esto de viajar afuera del bus ocurrió muchas veces hasta que los polizones se dieron cuenta que era mejor pagar el valor del pasaje o porque a los buses les retiraron la rejilla de donde asirse o, porque en condiciones de mal tiempo, un viaje allí significaba terminar mojado y embarrado. En todo caso esos viajeros de pavo estaban dispuestos correr un riesgo personal. Ellos no ingresaban cara dura por cualquier puerta al bus para viajar gratis. No, se la jugaban y creo que a lo mejor yendo ahí se divertían y afianzaban su autoestima. Viajar así, arriesgando la vida no lo hacía cualquiera.

Tuesday, August 23, 2016

TRES MUJERES EJEMPLARES DE PENCO BAJO EL TECHO DEL DOCTOR SUÁREZ


La antigua casa del doctor Suárez y la señora Inés Braun, en la calle Penco N° 260.
Antes de tocar el timbre en la casa del doctor Suárez –en ese tiempo- había que pensarlo dos veces. Se venía encima una conjetura: ¿Y si abre Clara? Te podía llegar un reto en el acto. Incluso antes de intentar explicar la razón de haber llamado a la puerta. Ya explicaré el porqué. Pero, si en vez de Clara aparecía Flora, cero problemas. Olga, en cambio, rara vez dejaba su máquina de coser para ir a ver quién venía y a qué. Pero, había que cumplir la misión. No quedaba más remedio que tocar el timbre… y esto fue lo que ocurrió:

CLARA asomó en la puerta indignada porque el timbre se había quedado pegado y el niño que esperaba en la entrada, asustado por la expresión de desagrado de la mujer, no lograba entender por qué al pulsar el botón la chicharra se quedara metiendo sin parar ese tremendo boche. Clara manipuló el interruptor y el ruido dentro de la casa cesó de inmediato. Entonces se dio vuelta y miró al niño directo a los ojos y con voz golpeada le dijo: “¡Qué quieres!” Ella no estaba enojada, era su carácter duro por fuera. Pero, para sus adentros, ocultaba un corazón tierno. Clara Vergara era activa, rápida, hacendosa y temida (por los niños). Puro respeto.
Clara Vergara, quien trabajó en la casa del doctor Suárez por muchos años. En la foto --Clarita ya de avanzada edad-- aparece en el auto de la familia luego de un paseo con los Suárez Braun al salto del Laja.

FLORA había desarrollado una maestría para hacer dulces. Inigualables eran los picarones que ella cocinaba con dedicación y particulares toques personales. Aquellos buñuelos inmersos en almíbar eran la debilidad del doctor. Su habilidad innata para la repostería la había complementado con la enseñanza muy cercana de la dueña de casa: Doña Inés Braun. Flora Hidalgo hablaba poco, a diferencia de Clara, tenía un carácter suave, aunque no por eso menos personalidad. Usaba un moño en la nuca y su pelo negro entreverado de canas le daba el aspecto de una mujer madura y simple. Tanto Flora como Clara eran querendonas con los niños, pero cada una a su manera.

OLGA era la más joven de la tres. Tenía una sonrisa afable y su personalidad quieta la reflejaba como una mujer frágil y algo tímida. Siempre estuvo dedicada a lo suyo: las costuras. Desde niña le gustó la moda y estudió en Penco para ser modista. Eran los años en que ese oficio tenía mucha demanda, al igual que los sastres ya que no había irrumpido aún la tendencia del pret-a-porte esa ropa que se vende en tiendas lista para vestir. Su dedicación y meticulosidad por la costura le significó un espacio importante en la casa del doctor. Esos menesteres allí no faltaban. Qué mejor para Olga Velásquez estar cerca de Flora, su tía y de Clara, una conocida de años.

Clara, Flora y Olga conformaron una trilogía de personajes, que por su trabajo, abnegación, lealtad, cariño y solidaridad se ganaron el reconocimiento de mucha gente en Penco, en particular de los dueños de casa ahí en calle Penco 260 y de quienes visitábamos la residencia de los Suárez Braun. Importante es destacar que las tres mujeres estaban integradas a esa familia pencona. El cariño y la estimación eran recíprocos.
La señorita Flora a la izquierda de la foto, Donato Suárez Braun, la señora Inés Braun y el doctor Emilio Suárez.

Clara Vergara venía de una familia pencona y era la mayor de la mencionada trilogía. En ausencia de doña Inés Braun, ella asumía el liderazgo y como para esa función la autoridad no le faltaba, la cumplía a cabalidad. Frente a los niños era una mujer “mandona”, rayaba la cancha e imponía las reglas y ¡ay! de quien las trasgrediera. Su presencia era vital para imponer orden en un lugar tan atractivo para muchos niños como los jardines interiores de la casa. Ella, muchas veces, cumplía el rol de una segunda mamá. Firme también era Flora, pero cumplía su papel con bajo perfil. Se concentraba en su devoción por preparar ricos platos y postres siguiendo las instrucciones de doña Inés. Flora había nacido en Santa Juana y, con el fin de buscar nuevos horizontes, emigró a Penco. Llegar a esta ciudad a ella le significó cruzar el río Biobío en bote hasta Talcamávida, porque el puente estaba en Concepción y el camino hacia esa ciudad no era apto; la gente de Santa Juana tenía mejor acceso hacia Coronel, cruzando los cerros. Pues bien, en Talcamávida tomó el tren para Concepción y de ahí a Penco en el mismo medio. Flora –o mejor dicho la señorita Flora-- se vino a vivir con sus parientes, la familia Velásquez, a la que pertenecía Olga. En Penco halló trabajo en el Club Social, un restaurant renombrado de los tiempos anteriores al terreno de 1939. Allí profundizó sus conocimientos de cocina junto a la maestra del rubro, una señora de apellido Canales. Después encontró trabajo para el servicio doméstico en la casa de los Suárez Braun, donde fue muy bien acogida. Pasaron los años y ella llegó a ser considerada como decíamos, una integrante más de esa familia igual que Clara y Olga. Porque así era el trato que el doctor Emilio Suárez y doña Inés daban a la gente que trabaja en su casa.

Inolvidables para Donato y Manuel, hijos del matrimonio, fueron los cuentos que Olga les leía junto a la cama en aquellos frías noches de invierno en especial cuando algunos de ellos caía resfriado. La lectura de la Cabaña del Tío Tom era tan vívida en el relato de Olguita que a los niños la emoción los embargaba mucho más que ver una película.
La señora Inés quien brindara
respeto y cariño tanto a
Olguita, Clarita y la
señorita Flora en el
seno de su familia.

La personalidad de la señorita Flora, siempre parsimoniosa, tenía un límite. En una de las frecuentes reuniones sociales en casa del doctor hubo más concurrentes que las personas invitadas. Un grupo de conocidos de la casa llegó de sorpresa. Entre estos últimos había un par de niños. Esta inesperada situación tensionó los ánimos en la cocina donde había que resolver rápido. En la emergencia los niños fueron ubicados en una mesa exterior. En el comedor principal se encontraban los dueños de casa e invitados importantes más los recién llegados. Uno de esos niños, con una buena dosis de falta de respeto, actuó de mala manera en presencia de la señorita Flora: metió un dedo en el bol del postre para probarlo. Había terminado de hacerlo cuando Flora le dio con el cucharón en la cabeza para castigar su mala educación. El afectado comenzó a llorar, pero mejor se contuvo. El incidente no llegó a los oídos del doctor ni de los padres del afectado. A partir de ese momento el pequeño intruso miró con más respeto a la señorita Flora.

Las historias de estas tres mujeres ejemplares, cuyas vidas no figuran en la literatura local, son muchas y de lo más entretenidas. Ahora cuando sucesivamente se fueron y ya no están con nosotros, merecen este recuerdo y este reconocimiento por su extrema bondad, lealtad y amor por los niños de entonces, incluidos tanto los hijos de los dueños de casa, como por aquellos que llegábamos tímidamente de visita. Demás está recordar que en la puerta cruzábamos los dedos para que el timbre no se quedara pegado e importunar una vez más a Clarita.   
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Nota de la editorial: la información y las anécdotas protagonizadas por estas tres mujeres así como las fotografías que acompañan este texto fueron proporcionadas por Manuel Suárez Braun y por Cristina Suárez Ferrada.

Saturday, August 20, 2016

UN DISIMULADO REVÓLVER BAJO LAS CHAQUETAS DE PENCONES DE 1950


Escena de la película "Gunsmoke", tomada de internet.
Hubo un tiempo en que los hombres jóvenes en Penco anduvieron armados. ¿Por qué motivo? Seguramente porque lo veían en las películas. Y llevaban armas de verdad, mayormente revólveres. Ellos llamaban a esos elementos “el fierro”. Y en reuniones de amigos sacaban su revólver y lo mostraban, y exhibían con orgullo su marca, su brillo, su peso, la madera de la empuñadura, la nuez, el percutor, el gatillo, la cartuchera de cuero, etc. Llevaban sus armas en los bolsillos interiores de sus chaquetas. Era difícil comprender como un artefacto tan pesado podía pasar inadvertido puesto que deformaba la caída normal de la chaqueta. Igualmente los jóvenes pistoleros a su modo atenuaban ese efecto, hacían ajustes a los forros de sus vestones que permitieran ocultar el revólver junto al pecho, como si hubiera sido una billetera o una cajetilla de cigarrillos. Sin embargo, a ninguno de ellos se le ocurrió usar esos terciados que llevaban los miembros de la policía de civil en las películas de Hollywood. Nunca se oyó decir de baleos o de intercambio de disparos entre amigos en Penco, salvo un episodio aislado de un hombre mal de la cabeza quien luego de atacar a una persona sin éxito atentó contra su vida.

Parecía que portar un arma de fuego daba estatus, aunque quien la llevara no tuviera la intención de exhibirla. Bastaba con que se supiera por el rumor de boca en boca. Y era curioso, porque la gente que vi armada resultaba ser la de comportamiento más humilde o de bajo perfil que de aquellos que buscaban hacerse notar.

Un poco más exhibicionistas eran los pencones de las zonas rurales. Los que tenían armas, las llevaban al cinto, que se vieran, pero un poquito. Confiaban en el efecto disuasivo de un revólver, ésa era la idea. Cualquier malintencionado tendría que pensarlo dos veces antes de intentar agredir a un huaso armado en los apartados rincones de Primer Agua o Los Barones. Algunas mujeres de esos campos también llevaban un “fierro” como que no quería la cosa.

En los años cincuenta sólo vi hombres armados al estilo del western norteamericano, en la provincia de Osorno. Allí iban montados, con cartucheras y cananas al descubierto. Incluso presencié, sin querer, un duelo a balazos que terminó con un testigo herido. Pero, ese tipo de situaciones de demostración de velocidad para desenvainar y disparar contra un rival también armado, nunca lo vi Penco.

Friday, August 12, 2016

CON CARBÓN VEGETAL COMBATÍAMOS EN PENCO LOS FRÍOS DE AGOSTO

El boquerón de una hornilla para fabricar carbón vegetal, hecha en el corte de un cerro.
Imagen captada cerca de Primer Agua.
Aquellos inviernos eran bravos en Penco (y deben seguir siéndolo hoy). El mes de agosto tenía el ingrediente de sus sorpresivos aguaceros (hoy les llaman chubascos) e inclementes granizadas. La temperatura bajo cero convertía en escarcha las pozas formadas por la lluvia anterior. Había que esperar el debilucho sol del mediodía para recuperar a medias el calor corporal. La piel del dorso de las manos se resquebrajaba hasta sangrar y los sabañones se instalaban en los lóbulos de las orejas. Tales eran los azotes secundarios del intenso frío pencón. Para combatirlo había que comprar carbón, combustible escaso para alimentar los braceros. El carbón lo producían campesinos en los cerros de los alrededores. Las carretas de bueyes cargadas de sacos llenos bajaban por el camino de Villarrica, cuando podían. Ello porque las lluvias removían la tierra roja arcillosa de la calzada desprovista de estabilizado y se formaban barriales infranqueables para esas carretas. Muchas se quedaban pegadas en el fango con los bueyes enterrados hasta la panza. Por eso algunos carreteros audaces tomaban atajos y se salían de la ruta cruzando montes para sortear las zonas en mal estado y poder continuar viaje a la ciudad. La avidez por comprar era de tal magnitud en Penco que algunos especuladores iban a pie camino arriba para adquirir la carga completa y después lucrar vendiendo al menudeo. Cuántas dueñas de casa iban también más allá de Lomarjú a ver la posibilidad de comprar un saco y después cargarlo al hombro o a sobre la cabeza para llevarlo al hogar. El carbón tenía la virtud de formar brazas y luego de encendido en el exterior se podía trasladar a las habitaciones. La mayoría de la gente desconocía los riegos del gas monóxido de carbono, que es venenoso y hasta mortal. Pero, el frío era más fuerte. La leña, que por necesidad se usaba como sustituto del carbón, tenía el inconveniente de echar demasiado humo. Por lo que había que hacer la fogata afuera, esperar a que se formaran brazas, escogerlas y luego llevarlas al interior.

Sólo así, después de lidiar con todos estos inconvenientes, se podía capear en parte esa sensación de impotencia que genera la ausencia de calor. El inconveniente para las mujeres era que aquellas que permanecían mucho rato cerca del fuego les aparecían manchas rojas en las piernas, que el común de la gente llamaba “cabrillas”; muchas iban por la calle con sus medias luciendo sin querer aquellas manchitas rojizas. Era el costo colateral del frío en Penco. Sin embargo, la gracia de agosto era que la primavera estaba más cerca…     

Sunday, August 07, 2016

ALGUNA VEZ HUBO PECES DE AGUA DULCE EN EL ESTERO PENCO

El río avanzando hacia su desembocadura entre dos tajamares.
Sí, el río tenía un comportamiento distinto. No era como lo vemos hoy, en que está extendido a todo lo ancho, de muro a muro. Entonces estaba canalizado por el centro, hecho que dejaba dos bandas de pasto por ambos costados. Esta curiosa característica permitía caminar por los costados y a su vez hacía más profundo el curso de agua. No era extraño, por tanto, ver a niños corretear por el pasto o permanecer sentados por allí con una caña intentando capturar algún pez. Había peces de agua dulce en el estero. Los improvisados pescadores empleaban corchos para mantener sus carnadas y anzuelos en condiciones de lograr picadas. No era extraño que los más expertos tuvieran a su lado el resultado de su paciencia: varios pececitos pequeños capturados, relucientes al sol. Cuando uno contaba estas cosas, los más irónicos preguntaban que cuántos zapatos rotos o tarros vacíos de conserva habrían agarrado los pescadores amateurs, evocando los chistes de Condorito.
Aspecto del río en verano, extendido de lado a lado.

Cuando hoy en día miro el río desde los puentes, compruebo que la imagen descrita más arriba no existe, el cauce avanza hacia el mar lentamente entre malezas y vegetales ocupando todo el lecho, sin dejar la opción de corretear por sus costados. Y da la impresión que ese comportamiento no se debe a que haya aumentado el volumen de agua que pasa por allí, sino a que el antiguo concepto de río acanalado dentro del espacio de los tajamares cambió o se modificó. Igual, tengo entendido que la autoridad tienen contemplado aplicar mejoras sustanciales al estero para recuperar su aspecto y darle más relevancia, no en vano es parte de la historia de Penco. Baste recordar que era el límite norte de la ciudad colonial, que fue un lugar apropiado para lavar ropa y que marcó una división imaginaria de Penco en dos sectores: un área de la ex Refinería de azúcar y la otra de Fanaloza.


 

Friday, August 05, 2016

ROBAN SÍMBOLO DE INCALCULABLE VALOR QUE PERTENECIÓ AL GENERAL PENCÓN MANUEL BULNES


General Bulnes
El general de Penco y ex Presidente de la República, don Manuel Bulnes, se habría sentido molesto y humillado si pudiera saber que su espada de gala –avaluada en un millón de dólares—fue robada por dos delincuentes desde su lugar de exhibición al público en el Museo Histórico Nacional frente a la plaza de Armas de Santiago. 

La espada, que fue regalo de Chile a su Presidente, fue donada al museo en 1970 por don Alfonso Bulnes Calvo, nieto del militar. “Este robo es una situación dramática y angustiante”, dijo a la prensa capitalina Hernán Rodríguez, ex director de ese museo. Y agregó: “este robo no es la museo sino a la historia de Chile”. 

En el libro La Fronda Aristocrática de Chile, de Alberto Edwards, se lee lo siguiente en la página 97 (Editorial Universitaria): 

“Por veinte años, la sociedad política de Santiago, hizo leyes y administró el país bajo el tranquilo amparo de la espada de Penco.”
Bueno, ése es el símbolo que se llevaron los ladrones.

Bulnes es catalogado de pencón, sin embargo, ¿nació realmente en Penco y no en Concepción? ¿Será que el mismo general se hacía llamar de Penco y, por tanto, pencón? No tengo respuesta para estas preguntas. Pero, por algún motivo a ese Presidente de Chile no le incomodaba el gentilicio de pencón. Y si fue penquista, debió tener una predilección especial por Penco. Hay estudiosos que, incluso, dicen que nació en Cosmito en 1799.

Luego de estas preguntas, razonamientos y especulaciones, nos queda el orgullo que al menos un Presidente de Chile estuvo feliz de ser llamado pencón. Una verdadera vergüenza es que dos mala gestados se hayan llevado su valiosa espada. 

Ahora nuestra pega como chilenos es recuperar del general, un símbolo de incalculable valor patrio.

Monday, August 01, 2016

CALLE ALCÁZAR DE PENCO FUE ESCENARIO DE UNA ENTRETENIDA MEZCLA DE REALIDAD Y FICCIÓN


Calle Alcázar esquina de Cochrane.
Su sólo nombre hace de la calle Alcázar, un lugar distinto del resto de las calles de Penco. Es un nombre con ancestros españoles que evoca esos imponentes castillos fortificados como el de Toledo, el de Sevilla o el de Madrid, hoy en día convertido en el Palacio Real. En consecuencia, el nombre Alcázar le otorga un toque de distinción, que seguramente sus vecinos no advierten. ¿Cuán distinta es esa calle de las demás? Vista desde el mirador de Villarrica su trazado se prolonga directamente al mar, como si quisiera seguir más allá. Cuando era toda de tierra, un curso de agua bajaba del cerro como una acequia cristalina que desaparecía tragado por un resumidero en la calle Freire. En verano los niños hacían diques controlados  para juntar una gran cantidad de agua donde hacían navegar botes hechos con la hojalata de los tarros de conserva. El problema se planteaba cuando terminado el juego, se procedía a desarmar el dique y la ola que bajaba anegaba la esquina de Freire, porque el resumidero era incapaz de absorber la enorme cantidad de flujo. Los escasos vehículos que entonces circulaban por esa esquina hacían el resto, pasaban rápido lanzando baldadas de agua a los transeúntes…
El Alcázar de Toledo visto desde el sector de "los cigarrales", al otro lado del río Tajo.
Otra originalidad de Alcázar era que allí pasaban los arreos de animales que iban al matadero de Infante. Los vecinos tenían que estar muy atentos a cerrar sus puertas y llamar a los niños porque los vacunos corrían despavoridos por todo el ancho de la calle azuzados por jinetes picana en ristre. Guardando las proporciones, tantos animales cornudos trotando por allí hacían recordar las corridas de San Fermín.
Todos estos eventos ocurrían en el sentido de cerro a mar. Muchas veces hombres huraños que se hacían pasar por locos, o que la gente los identificaba como tales, iban a veces corriendo calle abajo y diciendo maluras de cabeza o profiriendo gritos ininteligibles. Cosas de calle Alcázar.
ARRIBA:Alcázar al llegar a la línea del ferrocarril. ABAJO: la misma calle con vista en ángulo opuesto.

 
En otras ocasiones, la calle se cerraba para permitir carreras de caballos a la chilena. Se congregaba tal cantidad de gente, proveniente de todas partes, inclusive de fuera de Penco para las apuestas, que nadie podía circular como en un día normal por allí. Jinetes que se caían de sus cabalgaduras en plena competencia, que se rompían la cabeza o las costillas, eran parte de los incidentes que deparaban estas pruebas.
La alcurnia del nombre de la calle quedaba algo mancillada cuando pasaba la perrera, un camión cerrado con mallas de alambre, de los servicios de salud,  recogiendo perros vagos y perros con dueños, sin distinción, para limpiar la ciudad de quiltros callejeros. Por Alcázar se armaban grandes escándalos de gente que salía corriendo detrás de ese vehículo porque los funcionarios habían capturado a tal o cual perro. Los gritos e improperios se confundían con los ladridos de los perros enjaulados pechando por escapar. Los funcionarios a cargo tenían que protegerse de los palos y las piedras de los moradores afectados. Después me contaron que mi propio perro había caído en las redes de los perreros y que se les escapó, seguramente, porque era pequeño y vivaz. Cuando la perrera se alejaba, se alejaban también los ladridos, pero quedaban las lamentaciones por la incapacidad de los funcionarios para discriminar entre los animales con propietarios y los vagabundos. Fueron muy pocas las veces en que pasó la perrera cumpliendo su ingrata labor de retirar cánidos de la vía pública. Esta práctica dejó de cumplirse en los años cincuenta.
Sector de Alcázar donde los niños contenían con diques de tierra, el agua que bajaba por la acequia.
Para el mes de noviembre, la calle también se cerraba con motivo de la procesión de la Virgen del Carmen. Pero, el cierre era distinto, porque la gente hacía arcos de flores y de ramas o escenificaba cuadros vivos en las veredas frente a sus casas alusivos a algún episodio bíblico en honor y respeto a la celebración. Las tardes de los días sábado, por calle Alcázar iban los evangélicos entonando cánticos y ejecutando sus instrumentos. Se detenían en la esquina de Freire, lugar donde uno de ellos decía la prédica a través de un portavoz de latón de forma cónica que sostenía a la altura de su boca. Al poco rato el desfile continuaba al ritmo de los cánticos en dirección a sus iglesias.
Otro aspecto de esa calle pencona en el sector de la población Perú.
Antes que se edificara la población Perú, siempre por el lado de Alcázar se instalaban las ramadas para Fiestas Patrias.  Los vecinos sentían las cuecas hasta altas horas. Afortunadamente entonces los sistemas de altavoces no eran tan potentes. Y en el verano, en ese mismo espacio se presentaban los circos que visitaban Penco con frecuencia. Para convocar al público, la banda circense daba serenatas toda la tarde en la esquina de Alcázar y Freire.
Para el gran terremoto del 22 de mayo de 1960, la voz de alarma “¡se viene saliendo el mar!” convirtió a la calle Alcázar en un hervidero de gente arrancando por la calzada polvorienta con el fin de alcanzar las gradas de la escala que conduce a Villarrica. Aquella fue una estampida, que ya pocos recuerdan. Ocurrió a eso de las 4 de la tarde, con un sol mortecino y un viento helado.
En algunas noches de invierno, contaban algunos, ocurrían hechos espeluznantes, como el paso de carrozas mortuorias por Alcázar conduciendo almas en pena con destino a ninguna parte. Esto último fue imposible de comprobar, pero, igualmente permaneció en el relato oral y en el mito de antiguos vecinos de aquellos años que se entretenían narrando estos cuentos para acortar las aburridas horas nocturnas sin televisión ni internet.
 
El autor de esta nota, de espaldas a calle Alcázar, desde el mirador de Villarrica.
Pero, en tiempos normales, Alcázar es una calle quieta, linda, simpática y valorada por su vecindario. Todos se conocen en esa particular vía pública pencona, muy orgullosa de su nombre. En este siglo XXI sin duda otros acontecimientos reales o ficticios llenarán de nuevas historias esa querida calle de nuestra infancia.