Monday, July 27, 2015

LOS "MEÑAQUES" QUE CAUTIVABAN A LA PENCONAS



Imagen tomada de www.edym.tv
La gente se las ingeniaba para ganarse unos pesos extras en Penco. Desarrollaba habilidades que le dieran resultados concretos. La abuela Evangelina, por ejemplo, junto con atender todos los menesteres domésticos aprendió y se hizo una experta en tejer a bolillos. Después de almuerzo ella se sentaba en un piso frente a su telar, un pequeño cajón con sostenía una almohadilla y comenzaba a jugar con sus manos y sus dedos entrecruzando artísticamente los hilos enrollados en los palos. Cada hebra del tejido procedía de un bolillo. Se sabía que estaba en esta actividad porque los palos sonaban cuando se golpeaban entre ellos siguiendo el ritmo que imponía la tejedora. Luego, ella iba fijando el avance de la orla con alfileres y un par de centímetros más atrás, se podía ver el fruto de su dedicación, un grueso rollo de encaje finamente tejido. Si hoy la pudiéramos mirar trabajando en su telar nos parecería una joven sentada en un piso digitando su notebook. Un niño que pudiera ver una foto de ella en esa actividad diría “qué computador más extraño”. Para ese niño imaginario la pantalla sería la almohadilla y los bolillos el teclado.
 
Los bolillos con forma de lápices de grafito colgaban de sus propios hilos enrollados a modo de carrete en sus extremos. Un telar era una poderosa atracción para los gatos y los niños menores. Por eso Evangelina guardaba bajo siete llaves tu equipo cuando ella no estaba a los mandos.

Foto tomada de www.edym.tv
Evangelina tejía estos encajes a pedido y los vendía por metros. Unos eran más anchos, otros más angostos, unos representaban pájaros, otros flores… dependía del cliente. Porque eran los tiempos en que las familias compraban las materias primas para fabricar las cosas de casa. Por ejemplo, un mantel. Se adquiría en la tienda el trozo de tela (por lo general en el almacén de Boeri) para ese propósito. La abuela Evangelina ponía el resto: la ornamentación para que el mantel luciera como Dios manda. Otra necesidad era engalanar las sábanas y las fundas de las cabeceras. Doña Evangelina proveía los encajes, que eran el valor agregado de belleza artística para esas prendas de cama, la fantasía. Sus clientas lucían orgullosas sus manteles con esos encajes primorosos que representaban aves, peces, ramas y flores tejidos por la abuela…

Para mi curiosidad ella llamaba a su producto “meñaque”,  tejía meñaques. Y con ese nombre los ofrecía y los vendía. La palabra no está en los diccionarios que he averiguado, sin embargo, descubrí después  que personas en Concepción también la usaban para referirse a un arreglo fino o para un trabajo que requería una dedicación especial, un artilugio, un virtuosismo, una cachaña.  Lidia, hermana de Evangelina, también tenía esta dote del tejido a telar y ambas eran tías de mi madre.

Sunday, July 26, 2015

BUSCANDO GENIOS ENTRE LAS FAMILIAS DE PENCO


Imagen referencial.
Rondaba en algunas casas de Penco la idea que los niños de la familia tuvieran alguna gracia. Esto era que destacaran en algo fuera de lo habitual. Porque los chiquillos de entonces no podían ser fomes y en ocasiones especiales y en lo posible debían sacar a flote su gracia y sorprender a las visitas. ¡Eso era tener alguna gracia!
O sea, exhibir las mejores notas, los cuadernos muy bien presentados, los zapatos relucientes, la camisa blanca limpia y almidonada era un asunto muy importante. Por ahí empezaba la cosa. Pero, debía seguir con algo más, por ejemplo saber ejecutar algún instrumento para que dado el caso de una reunión social,  mostrar esa virtud como algo inesperado…
Pocos, sin embargo, le hacían mucho caso a esta ilusión de sus padres y el concepto de la gracia se convertía en competencia: quién era el mejor para el trompo; quién el mejor para la pelota, para correr, para encumbrar volantines, para cargar leña seca y traerla desde el cerro. Y en este campo siempre había alguien mejor que los demás. Así los niños creían que era tener una gracia. Pero, también sabían que en el fondo no satisfacía la idea paterna de descubrir, quién sabe, la existencia de un genio en la familia.
A mí me sacaban adelante a cantar, o sea me tenía que saber de memoria alguna canción de esos años, tal vez una tonada. Y después del canto, a recitar se ha dicho. Había que saberse una poesía y gesticular con las manos muchas veces siguiendo coordinadamente el compás de los versos. Después venían los aplausos, los cumplidos y el té. Eso era lo más próximo a tener una gracia que yo podía demostrar.

Friday, July 24, 2015

PARTIÓ UN GRANDE DE PENCO: EL EX ALCALDE DON RAMÓN FUENTEALBA. LA COMUNIDAD LO DESPIDIÓ CON MULTITUDINARIO FUNERAL

A la izquierda, foto de archivo del ex alcalde Fuentealba; a la derecha su misa de despedida en Penco.
Don Ramón Fuentealba Hernández  debió ser uno de los pocos dirigentes políticos carismáticos que haya tenido la comuna en su historia. Su nombre rondaba siempre en el ambiente cuando de solucionar un problema de la ciudad se trataba. No en vano fue electo alcalde en tres oportunidades (1992-2004) ejerciendo el más alto cargo comunal por doce años. También se desempeñó como concejal y regidor. Por eso Penco lamenta hoy su partida.
El profesor Fuentealba en plena clase en la escuela N° 54 de Cerro Verde. La foto data de 1957 y fue cedida a este blog por Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco.
El señor Fuentealba nació en Chillán el 18 de junio de 1934 y estudió en la Escuela Normal de esa ciudad. Llegó a Cerro Verde para iniciar su carrera como profesor ahí por 1954. Un aspecto interesante de su personalidad fue la determinación de quedarse en Penco para servir a la comunidad desde el aula y desde la política. Y otra característica de su persona,  que bien podría ser modelo para algunas esferas superiores de la vida nacional: no usó la política en beneficio propio. Fue modesto, un hombre con valores sólidos. En su calidad de alcalde alcanzó la presidencia de la Asociación Chilena de Municipalidades. Como profesor le cupo un desempeño activo en la dirigencia  gremial del magisterio. La comuna lo distinguió con el reconocimiento de hijo ilustre y en su partido (PDC) fue un destacado militante.
Se inició en la escuela N° 54 de Cerro Verde cuando en ese barrio campeaba la figura de don Eduardo Campbell. El señor Fuentealba tenía la mirada franca de una persona agradable, hombre de buen trato, cortés. Fue amigo de sus alumnos  y les seguía la pista incluso después que aquellos habían egresado del colegio. Estaba casado con María Isabel Vergara Nova, también profesora. Tuvieron tres hijas: Solange, quien es asistente social; Lorena, profesora; y Claudia, educadora de párvulos. En la docencia asumió roles directivos. Fue nombrado director de la escuela N° 69, hoy escuela República de Italia, en el recinto de la Refinería; luego del golpe del 73 fue trasladado a la escuela de Vipla, frente al hospital. Tanto como maestro y como político  fue un firme crítico de la dictadura militar especialmente en el ámbito de la educación, donde exigió más recursos para apoyar la enseñanza y también en el terreno de los derechos humanos.
Ha fallecido a la edad de 81 años recién cumplidos, dejando una huella de trabajos bien realizados. Miles de personas en Penco, Cerro Verde y Lirquén lamentan la partida de este líder comunal, quien por sus méritos ya se ha ganado un espacio grande en la historia de Penco. El alcalde Víctor Hugo Figueroa decretó duelo oficial de tres días, hecho que significa el pabellón patrio izado a media asta en los edificios públicos de la comuna.  

 CON MULTITUDINARIA MISA PENCO DESPIDIÓ AL PROFESOR
  Y EX ALCALDE FUENTEALBA Y LUEGO SUS RESTOS FUERON LLEVADOS AL CEMENTERIO PARROQUIAL

Estandartes de todos los colegios de Penco, Lirquén y Cerro Verde fueron desplegados en el templo.
El ex alcalde y profesor de Penco don Ramón Fuentealba, fallecido el jueves 23 de julio de 2015, fue velado en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen y en ese mismo templo tuvo una multitudinaria misa la que fue concelebrada por cuatro sacerdotes, encabezados por el párroco local Julio Maulén.  En el recinto no cabía una aguja, tal fue el número de vecinos que concurrió a despedir a la ex autoridad comunal. Los estandartes de todas las escuelas de Penco se observaban en la iglesia. Estaban presentes su viuda María Isabel Vergara y sus hijas Solange, Lorena y Claudia. Dirigentes políticos nacionales de la zona de todo el espectro asistieron a esta ceremonia que se prolongó por una hora y media. En el templo lo despidieron: su hija Solange; Matilde González Fuentealba, sobrina, en representación de las hermanas del difunto; el alcalde Víctor Hugo Figueroa, quien destacó la personalidad del fallecido y resaltó las obras por él realizadas durante sus tres períodos como jefe comunal. Gracias a ese trabajo para llevar bienestar a los barrios de Penco es que la actual administración ha podido emprender otros proyectos para el desarrollo de Penco. Figueroa anunció también que la futura vía peatonal en que se convertirá un tramo de calle Maipú llevará el nombre del difunto.
Ceremonia de despedida en el cementerio parroquial de Penco.
También lo despidió en el templo Héctor Araneda, en nombre de la DC, quien además
hizo entrega a la viuda de la medalla de la Marcha de la Patria Joven, campaña que apoyó la elección del presidente Eduardo Frei Montalva en el invierno de 1964, y en la que Ramón Fuentealba Hernández tuvo protagonismo. Junto al padre Maulén concelebraron los sacerdotes Cecilio de Miguel Medina, ex párroco del Divino Redentor (Refinería); el padre Héctor Rivera, ex párroco del Divino Redentor; y el padre Raúl Castillo, párroco de la parroquia Virgen Purísima de Lirquén.  

El funeral se hizo al estilo de Penco, esto es a pie. Aunque el cielo estaba amenazante y el frío era intenso, no llovió. Esa condición del tiempo atmosférico no amilanó a los pencones. Dolientes, centenares de amigos y vecinos acompañaron caminando el desplazamiento de cortejo hasta el campo santo, situado a poco más de mil metros desde la parroquia  en el camino a Lirquén. Adelante abrían paso dos motoristas de Carabineros. Bomberos de Penco se hizo presente con un moderno carro bomba. En el cementerio había desplegado un toldo donde se realizó el acto final de despedida. Fue el turno para que los políticos y amigos de don Ramón Fuentealba dijeran sus discursos. Allí intervinieron  Óscar Parra, director DEM Penco; Óscar San Martín, presidente del Colegio de Profesores, comunal Concepción; Claudio Henríquez en nombre de los funcionario del municipio; Rodrigo Vera, concejal; María Carolina Inostroza, presidenta del PDC Penco; Raúl San Martín, presidente del PS Penco; Miguel Hinojosa, profesor y amigo; y el diputado José Miguel Ortiz. Prevalecieron conceptos como el esfuerzo que realizó el ex alcalde desde la política para socializarla. Se recordó incluso que el egoísmo político le negó al profesor seguir a la cabeza del municipio local permitiendo la llegada de quien lo sucedió en el cargo. También expresaron el agradecimiento de la comuna y de sus vecinos por el trabajo desplegado a lo largo de tanto años por el fallecido en favor de Penco, Cerro Verde y Lirquén.  Su urna estuvo siempre cubierta por el emblema del Partido Demócrata Cristiano. Así despidió Penco a la persona más influyente en la política local por décadas.
El alcalde Víctor Hugo Figueroa encabezó el funeral de don Ramón Fuentealba.




Solange, hija del profesor, dio testimonios de la vida de su padre. Junto a ella su marido Polo Briano.

Matilde González Fuentealba habló en representación de las hermanas.

Lorena Fuentealba durante la lectura de un Salmo.

Juan Chandía, amigo de la familia, durante la Primera Lectura.

El alcalde Víctor Hugo Figueroa destacó la acción social de quien fuera jefe de la comuna.

Terminada la misa la urna fue sacada del templo en medio de los aplausos de los vecinos.

 Últimos preparativos en la puerta de la iglesia de Penco antes de dar inicio al funeral de Ramón Fuentealba.

NOTA DE LA EDITORIAL, las fotos y la información de los actos fúnebres las proporcionaron  Jaime Robles y Manuel Suárez, presidente y tesorero respectivamente de la Sociedad de Historia de Penco. 

Sunday, July 19, 2015

EL PROFESOR MIGUEL GONZÁLEZ DESTACÓ EN LA HISTORIA EDUCACIONAL EN PENCO

El profesor don Miguel González Gutiérrez, su esposa la señora Ana Parada Garrido y Gustavo González Contreras (nieto). La foto fue cedida a este blog por su nieta Ana Vera González.
Una escuela de niñas funcionó por años en el espacio que hoy ocupa el mercado municipal de Penco (que está clausurado), en el pasaje entre calle Freire y la línea férrea. Fue director de ese establecimiento don Miguel González Gutiérrez, recordado educador de Penco. Aquella era una escuela elemental de segunda clase, según las clasificaciones que se usaban entonces. Y como la mayoría de las escuelas de niñas, tenía grado vocacional. Esto era que a las alumnas se les entregaban conocimientos prácticos como costuras, modas, bordados y tal vez trabajos de cocina.
Lamentablemente la escuela elemental se incendió probablemente a mediados de los años 40 (no tenemos precisión de la fecha de ese evento). Para entonces la gente en Penco decía que la causa de ese siniestro fue que una plancha de carbón que usaban las alumnas quedó sin ser apagada y que por ahí comenzó el fuego. El espacio que se creó tras el incendio se convirtió durante un tiempo en una cancha de fútbol, hasta que las autoridades locales decidieron la construcción de un mercado municipal, el que funcionó por décadas hasta su cierre actual.
En el espacio del mercado hubo antes una escuela de niñas.
Don Miguel González asumió más tarde la subdirección de la escuela N° 31, cuya historia la hemos narrado en otro post. En ese establecimiento, que dirigía don Amulio Leyton García y un equipo de estupendos profesores y profesoras, se forjaron en los años cuarenta y cincuenta generaciones de pencones y penconas, de los cuales algunos se fueron de la ciudad y otros decidieron establecerse. Sin duda esa gente recordará todavía las excelentes clases recibidas en aquellos colegios de Penco.
El señor González era casado con la señora Ana Parada Garrido, también profesora. Vivían frente a la plaza local por calle Maipú. Tuvieron cinco hijos: Miguelina, Néstor, Gustavo, Gastón y Raquel. En el campo profesional, destacó por su abnegada labor docente en todos los ámbitos desde la disciplina del estudio a la formación integral de los estudiantes.  
Ya en sus tiempos de jubilado, don Miguel disfrutaba de la plaza, donde se paseaba y conversaba con amigos recordando antiguas anécdotas. Muchos lo recuerdan correctamente vestido de traje oscuro y chaleco en cuyos bolsillos guardaba su reloj de cadena. El señor González falleció en 1978.

NUESTRA ISLA QUIRIQUINA, TAN CERCA Y TAN LEJOS

foto cbk-zam Wikipedia.
En Penco existe la creencia y con fundada razón que la isla Quiriquina ha servido de protección para la bahía, que gracias a ella el impacto de los tsunamis ha sido moderado, porque ha contenido el golpe de sus olas caóticas. Puede que sea así.

Sabemos poco de la isla Quiriquina a pesar que está frente a nosotros en la bahía de Concepción. Los geólogos dicen que es la prolongación de la península de Tumbes, que por algún motivo se separó creándose el canal que en Penco llamamos la boca chica. Hay dos versiones para el significado de su nombre. Según el mapudungún es “muchos tordos” o “pajonal de los zorros”. Tiene una superficie de 5,22 km2, con un largo máximo de 5.556 metros y 1.500 metros de ancho en promedio. Sus cerros se empinan hasta los 130 metros de altura.  Es parte de la comuna de Talcahuano pero administrada por la Armada de Chile. En ella se encuentra la escuela de grumetes Alejandro Navarrete y en todo el ámbito isleño reside solamente  personal a cargo de las instalaciones navales allí existentes. Un viaje en embarcación desde Talcahuano toma alrededor de 40 minutos.


Mapa de Google.

 Lamentablemente la isla tiene una historia violenta. Quizá  por esa razón la gente local prefiere omitirla y muy pocos tienen interés en visitarla, aunque Quiriquina es un lugar por naturaleza maravilloso; dicen que está poblada de ciervos. Si uno mira los mapas, tiene la forma de un pez que se va escapando de la bahía. En la punta norte hay un faro para orientar a los buques cuyos destinos son los puertos locales. El haz de luz dicen que cubre 36 millas náuticas o alrededor de 67 kilómetros.  La parte más ancha de la isla está en el centro, pero el extremo que da al faro es muy estrecho y escarpado con caídas a acantilados por ambos lados de la senda que existe en la parte alta.

Ambas fotos las publicó Sernatur. Arriba, el faro en el extremo norte y abajo, parte de la senda para llegar ahí.
Cuando llegaron los conquistadores españoles, la Quiriquina estaba habitada por comunidades mapuches y consta que opusieron gran resistencia al invasor. La historia dice que el gobernador García Hurtado de Mendoza tomó posesión de ella en 1557 y que él mismo permaneció allí por cuarenta días trabajando en la planificación para reconstruir Concepción, para entonces asentado en Penco. El gobernador de Chile le dio destino a la isla como base militar. Los soldados españoles descubrieron carbón mineral, con las que lograron hacer fuego.

Foto de Wikipedia. Vista de la isla captada desde Rocuant.
Desatado el movimiento independentista, la isla Quiriquina fue utilizada como centro de reclusión por parte de los españoles para destacados patriotas penquistas, entre los que destacan: Esteban Fernández del Manzano de la Sotta, Marcelo de Molina y Andrés Sanhueza Vergara, quienes lograron escapar; Gregorio de Alemparte Merino y Pedro Alemparte Vial, los que al huir murieron ahogados; Justo de Molina Vasconcelos, murió en presidio. También estuvieron allí detenidos Ángel José Prieto Vial, Ángel José Puga Gómez, Salvador Puga Vidaurre, José Salvador Arce Vázquez, entre otros. El recinto penitenciario estaba a cargo del capitán realista Manuel Vial Cardigonde, quien murió en combate hacia 1818.
A mediados del siglo XIX la Quiriquina fue habitada por cazadores de ballenas. En 1915 se mantuvo retenidos allí a los marinos del acorazado alemán SMS Dresden. La tripulación quedó en libertad en 1921. Uno de ellos fue el teniente Guillermo Canaris, quien después combatió en la Segunda Guerra Mundial alcanzando el grado de almirante. Sin embargo, fue condenado a la horca y murió en 1945 por haberse involucrado en la Operación Walkiria que intentó el derrocamiento de Hitler.
A pesar de su escondida belleza natural, la isla Quiriquina tiene una historia nada apacible. La tragedia que se desarrolló allí en 1973 es tema de otro post.

Thursday, July 16, 2015

UN CURA NOS DEVOLVIÓ EL ÁNIMO CUANDO EL MUNDO SE CAÍA A PEDAZOS EN 1960

El recordado padre Patrick Peyton
Como consecuencia del terremoto de mayo de 1960, mucha gente sufrió problemas psicológicos y depresiones en Penco, Cerro Verde y Lirquén. Aquel fue un invierno duro, más duro aún por la cadena interminable de réplicas sísmicas muy intensas algunas. En esta circunstancia mi amigo Víctor preocupado me preguntó, por ejemplo, que dónde no se sentían los temblores, porque ya estaba hasta la coronilla. Y él mismo se respondía: hay que subirse a un avión… Era la pregunta que nos hacíamos todos ¿cómo escapar del miedo a los temblores? Para entonces  las radios de Concepción difundían un programa católico grabado --de gran sintonía-- que lo hacía un cura carismático, amigo de los medios de comunicación. No era chileno. Esos programas llegaban en discos de acetato desde Los Ángeles, California. El cura predicador era el padre Patrick Peyton quien promovía el Rosario, para ser rezado en familia. Sus mensajes calaban hondo entre la gente de Penco, de la zona y hasta donde llegaran las ondas radiales. En el mundo entero las multitudes lo llamaban sencillamente el padre Peyton. Digo multitudes porque en la ciudad que se presentara el padre Peyton con el rezo del Rosario, allí se congregaban miles de personas a oírlo con devoción.
El padre Peyton frente a la multitud en San Francisco, California, en 1961.
Ese frío invierno del 60, la Iglesia trajo al Padre Peyton a Concepción, Chile. Fue una muy buena idea porque los desmoralizados y asustados habitantes de la zona necesitaban una voz amiga, potente y con autoridad para restablecer la creencia que lo peor ya había pasado. Para mí y para todos, en realidad, el padre Peyton era un rock star, un hombre que, a pesar de su castellano básico, comunicaba energía, alegría, entusiasmo y fe. Su voz nos dio esperanzas en un mundo que parecía caerse a pedazos por las fuerzas de la naturaleza.
A la salida de la Catedral penquista se ubicó el estrado desde donde nos dirigió la palabra el padre Peyton.
El padre Peyton nació en Irlanda el año 1909 y emigró a Estados Unidos donde se hizo sacerdote. La autoridad de la Iglesia acogió su propuesta de promover el Rosario en familia, que se convirtió en su caballito de batalla. El padre Peyton usó todos los medios para transmitir su mensaje. Pero fue su aura comunicadora la que le abrió las puertas de los creyentes.
Vi en persona al Padre Peyton cuando se presentó en Concepción. Lo hizo una tarde invernal de fines de junio. Se dirigió a nosotros desde una tarima que se instaló en el portal de la catedral penquista. La Plaza Independencia se colmó de gente que venía de todas partes y también de Penco. No cabía un alfiler. Yo, aún niño, me tuve que empinar para verlo desde una distancia de cien metros mientras predicaba pegado al micrófono. Era un tipo agradable, creíble, de voz grave y pausada.
El Papa Santo Juan Pablo II saluda al padre Peyton en el Vaticano. 
Me acuerdo con alguna frecuencia de este cura mediático, a quien hoy comparan con el santo Papa Juan Pablo Segundo, por ese don maravilloso para comunicar y encantar. Averiguando en internet supe que el querido padre Peyton  falleció en 1992 y que hoy es considerado Siervo de Dios, una categoría previa a la santidad.

EL MARISCADOR DE CERRO VERDE QUE SE VISTIÓ DE CABALLERO

Imagen referencial.
Un pescador de Cerro Verde se presentó un día en nuestra casa para consultar si le podrían arreglar un traje, necesitaba virarlo y ajustarlo porque la talla era más grande. Mi tía Ana hacía trabajos para sastrerías así que ella sabía perfectamente responder a esa solicitud. Mientras el hombre explicaba lo que quería se dio cuenta de mi presencia, me saludó de mano y su cara dibujó una amplia sonrisa. Siendo niño le respondí el saludo con un fuerte apretón. Yo había sido instruido que para dar la mano había que hacerlo con franqueza y sin debilidad. Y desde ese momento, diría, sentí que ese hombre era mi amigo. Él le explicó a mi tía que el traje tenía una rotura en el codo y que por favor lo remendara también porque, dijo, no quería verse él mismo como un rotito. Y ahí yo estallé en risa y él también. Así que sin saber su nombre mi amigo era “el rotito”. Se fue para volver a buscar su traje virado y remendado a la semana siguiente. El tipo era bajo, ancho de espaldas y de mirada honesta, tendría unos 30 años, el pelo corto y de tonalidad rubia. Cuando salió y caminó por la calle miré en detalle  su ropa, iba vestido como para ir a su trabajo de pescador. Pantalón de mezclilla con pechera y tirantes,  un sweter de lana cruda tejido a mano de color gris, zapatos viejos cafés despaturrados, el hombre no usaba calcetines. De modo que mi amigo “el rotito” se fue chancleteando y se perdió al doblar la esquina. Mi tía comenzó a trabajar en ese encargo más tarde.
Dos días después caminando por calle Cochrane escuché que alguien me gritó desde la otra vereda. “Hola rotito”. Era el pescador que iba con la misma ropa y con un canasto de mariscos a entregarlo a alguna dirección. Yo le grité igualmente “hola rotito”. Así que vez que me hallaba con este personaje el intercambio de saludos era “hola poh rotito”.
El día señalado se presentó en nuestra casa a buscar su traje, el que estaba listo, remendado, virado, planchado y expuesto en un colgador. Se veía de un tono azul oscuro como nuevo. Al pescador se le iluminó el rostro de alegría al ver que mi tía Ana había hecho un trabajo de joyería, de uno despojo que él compró en malas condiciones quién sabe dónde, ella lo transformó en un flamante terno como recién salido de la sastrería. Pagó el cobro y se retiró despidiéndose sonriendo de oreja a oreja. Pero, regresó dos horas después, cuando ya caía la noche. Traía al hombro un saco que dejó caer al suelo antes de golpear la puerta. Le dijo a mi tía “es un regalito para la casa, señora”. Él arrastró el pesado saco hasta nuestra cocina. Era un saco de cholguas que había mariscado  temprano. Me miró y me dijo “chao rotito” a lo que yo me respondí igualmente.
Nunca he comido en mi vida tantas cholguas y tan ricas. Las conchas eran de color café claro y la carne blanca exquisita. Pusimos una lata sobre un brasero y esperamos a que se asaran. Mientras consumíamos otras crudas con jugo de limón. Mi tía salió a repartir cholguas entre los vecinos más cercanos. Todo el mundo en el barrio estaba feliz, festín de cholguas.
Una mañana, un par de domingos siguientes a este episodio me encontré con mi amigo en la calle y me llevé una gran sorpresa. El rotito vestía un impecable traje azul oscuro, llevaba los mismos zapatos cafés pero bien lustrados y calcetines. Su camisa blanca contrastaba con una corbata color violeta. Era otro hombre, otra persona, un caballero. Muerto de la risa al ver mi sorpresa me dijo ¡hola rotito! Y yo le dije casi al mismo tiempo “¡hola rotito, estaban ricas las cholguas! Y cada uno siguió su camino. Lo seguí viendo por años, nunca me desconoció, yo ya era un hombre y nos saludábamos ¡hola rotito! Hasta que despareció de mi horizonte.

Wednesday, July 15, 2015

PENCO TUVO BARRIOS CON SABOR A FAMILIA

Algunos miembros del barrio de los pabellones de emergencia durante la celebración de un bautizo en 1951: Atrás de sombrero don Eleuterio Riquelme, don Baldomero Ortiz, la niña María Angélica Ortiz, la señora Flor Poblete, la señora Elisa Montoya, madre de la señora María Ortiz Montoya; en segunda fila de izquierda a derecha: Nicolás (Kiko) Constanzo, Juanita Ortiz, la señora María Ortiz, la niña Cecilia Ortiz; Humberto Valderrama. En primera fila: Jaime Ortiz, Roberto Contreras, Miguel Ortiz, Maruja Contreras y Fernando Contreras. (FOTO captada por don José Riquelme y cedida a este blog por Andrés Urrutia Riquelme).
Los barrios de Penco tenían identidad.  Más aún, quienes pertenecían a uno de ellos sentía a sus miembros como parte de su familia. La gente de los barrios no temía a la soledad. Se socorrían en los momentos malos y hacían causa común con el afectado o la afectada en algún trance. Del mismo modo, si había algo que celebrar, la fiesta era para todos. Si había una exclusividad a la hora de la comida, se repartía. Era común ver platos cubiertos por servilletas yendo de aquí para allá, de allá para acá. Esos platos llevaban sopaipillas, empanadas o algún tipo de guiso. La cantidad no era mucha porque este intercambio o regalo era sólo “para probar”, como se decía entonces. La generosidad recíproca entre los componentes del barrio fue una de sus características más importantes.
No nos hemos referido al gran barrio, a ese que cubría mucha superficie, sino al vecindario ahí donde se generaba este microclima de amistad y solidaridad. En estos vecindarios no había gente de mal vivir; por el contrario si bien modestos, sus habitantes expresaban dignidad y frente en alto. Gente trabajadora, empleados, obreros, artesanos, comerciantes, emprendedores. Y los niños del barrio guardaban respeto por sus padres y se sometían a una disciplina fuera de toda discusión. La gente se visitaba en sus casas. Armaban reuniones informales espontáneas para contarse historias. Compartían. El vecindario funcionaba bien, era un agrado vivir allí. Entre sus moradores había de todo: católicos, integrantes de sectas evangélicas, militantes  de partidos políticos, candidatos a algún cargo de elección popular en la alcaldía, alcaldes y regidores (concejales). Se organizaban paseos en conjunto, etc.
Como en todo conglomerado humano estable había aquí pololeos, noviazgos, fiestas de matrimonio,  bautizos y funerales. Todos los  miembros del barrio estaban al tanto de todo, eso sí. Las noticias buenas y malas corrían como empujadas por el viento.
Los barrios más conocidos: Playa Negra, el alto de Villarrica, Gente de Mar, Membrillar, los zepelines (Lirquén), etc. Pero, los micro barrios eran, por ejemplo, los pabellones, llamados de emergencia porque se construyeron en 1940 luego del terremoto de Chillán y que tuvieron una vida de treinta años (Freire esquina Alcázar).  Lo cierto fue que de emergencia tenían poco porque reunían las condiciones y los servicios básicos para un buen vivir. Pues bien, los habitantes de ese micro barrio eran creativos: tenían un club de fútbol (Atlético de don José Riquelme),  hacían fiestas de la primavera con elección de reina y rey feo. Se celebraban bautizos y matrimonios y también, como parte de la naturaleza humana, los vecinos participaban tristes en velorios e iban al cementerio a despedir a algunos de sus integrantes idos.

Tuesday, July 14, 2015

AQUEL EXTRAÑO QUE VENDÍA FICCIÓN PUERTA A PUERTA EN PENCO

Imagen genérica ilustrativa del tema tomada de internet.
Recuerdo a ese personaje con toda claridad. No era un tipo de Penco, se trataba de un desconocido. Se presentó en la casa saludando cortésmente y entregando un cuadernillo impreso en papel del diario. Hizo lo mismo en todas las casas del vecindario. El hombre tendría unos 50 años, con barba de cuatro días, camisa sucia y una chaqueta como un impermeable tres cuarto. La piel de su cara era blanca, pero se la veía quemada por el sol o la bebida o por ambos factores… Dejaba los cuadernillos y se retiraba…
En realidad el cuadernillo de ocho páginas era el cebo. Se trataba del inicio de una novela llorona y pegajosa que en Penco se vendía por partes o por capítulos. Luego de la introducción y cuando la historia comenzaba a tomar cuerpo y ponerse buena aparecía la palabra CONTINUARÁ en la última página.
Sin televisión y sólo con la radio, que presentaba obras de radioteatro, sólo a determinadas horas del día, un cuento escrito leído por capítulos complementaba muy bien las tardes y las vacías noches penconas. De manera que a la semana siguiente se presentó de nuevo el extraño con más copias de cuadernillos, con los capítulos siguientes de la novela. Pero, esta vez había que pagar. Ése era el negocio. El hombre vendía ficción y la gente compraba.
No era un precio caro, poder seguir la lectura, pero en el tiempo, dependiendo de los capítulos, la cosa podría significar harto. Todos los vecinos que recibieron el primer ejemplar, adquirieron el capítulo siguiente. Y los continuará significaba que había que esperar al hombre hasta la semana siguiente. El extraño cumplía como un reloj, hasta que el negocio comenzó a decaer. Claro, porque los vecinos redujeron sus compras y los pocos que seguían comprando prestaban después los cuadernillos a los demás. De este modo, los viajes a Penco no resultaron atractivos para el desconocido y como era lógico, no vino más, no se lo vio nunca más.
Hasta ahí no más quedamos con la enternecedora historia de La Madrecita, una novela de María Teresa Borragán, de nacionalidad española, avecindada en México y que fuera publicada en 1927. Muchas vecinas comentaban que las vicisitudes que tuvo que afrontar la madrecita en su vida eran para llorar a gritos. Lo malo fue que el vecindario no conoció nunca el final, porque faltaban hartos capítulos cuando el vendedor dejó de venir. O sea, no supimos el desenlace de la novela y menos tuvimos alguna información del personaje que nos embelesó a todos con la venta de ilusiones…