Tuesday, April 25, 2017

LOS DORADOS RACIMOS DE ABRIL QUE CADA OTOÑO LLEGABAN A PENCO

Racimos de uva Italia momentos antes de ser cortados de las parras.
En abril la gente esperaba las uvas que provenían de las lomas de la cordillera de la costa; ésas que se producían en rulo en parras de tronco corto casi a ras del terreno. A muchos les parecía que entre más cerca del suelo crecían y maduraban los racimos, el fruto era más sabroso. Este producto llegaba a Penco en carretas tiradas por bueyes, que bajaban desde lugares cercanos: Roa, Cieneguillas, Guariligüe, Peña Blanca, Florida. Los racimos venían acomodados en cajones. Las variedades más familiares eran la Corinto (tempranera) y la Italia, más tardía. Las cargas también incluían las uvas negras país. ¡Inigualable el dulzor de estos frutos! Los baquianos picana en ristre con sus carretas iban por las calles ofreciendo el producto de su vendimia. Ellos cuidaban de la buena presentación: racimos enteros, no desgajados, con todos sus granos. Esta oferta era una fiesta callejera, una tradición, un clásico en Penco.
Uva negra de viña El Quillay, Portezuelo.
La imagen de los vendedores de uva a granel –directa del productor al consumidor-- era coherente con el entorno. Las carretas se entrecruzaban en nuestras calles de tierra o adoquinadas. Algunas llevaban otras frutas: manzanas, peras. Sin embargo, el mayor número de éstas transportaban sacos de carbón o iban cargadas con leña de madera nativa de excelente calidad para el fuego. No todos los campesinos vendían la leña cortada a la medida de las cocinas o estufas, muchos ofrecían los palos secos de dos o tres metros de largo. Había una diferencia en el precio, por cierto; más cara, aquella lista para echarla al fuego. Tan familiares como las carretas eran carretones tirados por caballos. Sin embargo, estos últimos no provenían de los campos, eran el medio de transporte de los almacenes pencones para distribuir mercaderías al por mayor.
Pero, no sólo carretas con yuntas de bueyes circulaban por todas partes en Penco; también iba gente montada en caballos con sus atuendos, montura, sombrero, chupalla y rebenque. Y no eran unos pocos, si a ello sumamos que Carabineros tenía ganado en pesebreras detrás de la antigua comisaría. Parejas de policías montadas circulaban con frecuencia por las calles de Cerro Verde y Lirquén. Y, por otro lado, cabalgaban los mencionados jinetes que bajaban a Penco para trámites o para hacer compras.
Carabineros en patrullaje en Cerro Verde.

Pero, volvamos al tema del comienzo. Abril con las carretas con uvas marcaban el final de las ofertas de la temporada estival de los campos. Y los racimos de Italia, los tardíos eran los más dulces del pasado verano. Una característica de esta oferta doméstica fueron las abejas. Cebadas por los jugos de los granos pegajosos por el sol volaban en buena cantidad alrededor de las carretas. Por eso, luego de comprar, el carretero advertía de tener mucho cuidado para no enredarse con ellas y sufrir un lancetazo.
Alejandro Millao y Gladys Ponce, viñateros de El Quillay en Portezuelo en plena labor de vendimias.

Wednesday, April 19, 2017

LOS CAMBIOS DE 50 AÑOS EN LIRQUÉN Y CERRO VERDE ALTO


Una imagen habla por mil palabras, dicen. Y esta foto, del actual calendario municipal, nos transporta a los inicios de los años sesenta (1960). Los cambios han sido notables en más de 50 años. Por ese motivo, para las nuevas generaciones en necesario una breve explicación para conjugar pasado y presente. Con ese propósito he enumerado los puntos emblemáticos de esta imagen para aportar algunos antecedentes.

1.    El sector conocido como la Huasca fue entonces un bosque; un poco a la derecha de la imagen se ve el camino a Tomé con una pista sencilla.
2.   La población de los mineros tenía dos corridas de pabellones construidos en ladrillo, madera y tejas. Ese espacio hoy es ocupado por bodegas del Puerto Lirquén.
3.   La cancha del club deportivo Minerales fue construida con tosca extraída de la mina de carbón de Lirquén. Este material le dio una cierta altura respecto del nivel normal del terreno. Por tal motivo si la pelota se escapaba había que bajar el talud, recuperarla y devolverla a la cancha. Sin embargo, ex jugadores de ese club, como Pedro Avendaño, por ejemplo, la recuerdan como un campo de gran calidad para jugar al fútbol, sólo que no tenía pasto. Tampoco había galerías para sentarse.
4.   El cerro la tosca fue la estampa industrial y minera de Lirquén. Se levantó con material inerte sacado de la mina junto con el carbón a lo largo de cien años. Tal vez alcanzó unos 40 metros de altura. En su cara opuesta al mar la empresa carbonífera sembró pinos, los que crecieron sin problemas, a pesar de la pobreza del suelo. En la actualidad, Puerto Lirquén aplanó este cerro artificial para crear bodegas y espacios para mercaderías en tránsito. Y ahora se llama “patio la tosca”. La entrada de terreno hacia el mar está rotulada con el nombre punta Quintero, según el mapa del SHOA.
5.  Sector El Refugio fue una playita protegida del viento norte que miraba al suroeste. La línea del tren separaba la arena de una agradable superficie empastada que durante un tiempo fue propiedad del Automóvil Club de Chile, entidad que edificó ahí un inmueble denominado el refugio con restaurant para sus socios. De seguro que los años más esplendorosos de ese balneario privado fue en los cuarenta (1940). La playa desapareció con la ampliación del Puerto Lirquén.
6.   La cancha de Vipla. Si bien la Compañía Carbonífera de Lirquén tenía su cancha propia y su club participando del campeonato regional de fútbol, la empresa Vidrios Planos Lirquén no era menos; también tenía su campo deportivo y su club. El Vipla jugaba en ese reducto junto al estero Lirquén. En el lugar que ocupan los pinos que se observan entre la cancha y el camino en esta foto se levanta hoy la empresa Indura.
7.  Todavía no se había poblado del todo Cerro Verde Alto. Se observa con claridad el campo de entonces con sus lomas. En la zona baja había una chacra de gran extensión donde se producían hortalizas de muy buena calidad.



Como decíamos en el inicio de este post, aunque una foto nos hable por sí misma, siempre viene bien un complemento en palabras. 

Thursday, April 13, 2017

UN TERRÓN DE AZÚCAR PARA HACER CARAMELO

Cubos de azúcar en una imagen tomada de Internet. Los panes de azúcar de la Refinería eran más grandes y compactos.
Un pan de azúcar fue una expresión familiar en todo Chile durante la mayor parte del siglo XX. No sólo por muchos cerros distribuidos en la geografía que llevan ese nombre, sino por el bloquecito dulce que se agregaba a la taza de café y que se disolvía al cabo de unos segundos. Sinónimo era la combinación terrón de azúcar.
En una clase de filosofía en la Universidad de Concepción, el profesor Menanteau de esa facultad decía a sus alumnos en el capítulo de lógica formal: “hablamos de un pan de azúcar, por ejemplo, sin darnos cuentas acerca de todas las cualidades que encierra esa expresión. Así, cuando le echamos un pancito a nuestro té no analizamos el contenido y decimos aquí va la blancura, la dulzura y la dureza, decimos implemente ‘agrego un terrón de azúcar’ ”. El profesor se basaba en el elemento pan de azúcar para para ejemplificar que el razonamiento emplea abstracciones.
Panes o terrones de azúcar eran la unidad básica producida por las plantas de CRAV en Penco, Valdivia y Viña del Mar para satisfacer las necesidades del consumidor. Ambas expresiones se usaban en el país con naturalidad. El trocito equivalía en contenido más o menos a una cucharada de té de la azúcar granulada de hoy. El pan de azúcar era el fruto final de los largos procesos de refinación del producto en bruto que llegaba a Penco de países productores como Perú, Ecuador y otros. El endulzante blanco precipitaba en pequeños gránulos que eran prensados en moldes; cuando habían endurecido en forma de bloques se los cortaba con guillotinas.
Algunos consumidores hacían caramelos con la azúcar en panes. Bastaba con poner los terrones sobre una lata expuesta al fuego para que el blanco comenzara a ponerse dorado y marrón. Acto seguido se echaba el caramelo a las infusiones de hierbas con el fin de darles un tinte agradable. En los campos de Penco, la gente fabricaba dulces con la azúcar chamuscada. Y les daban a los niños los terrones dorados como sucedáneos de golosinas. Flora, quien trabajó en la casa del doctor Suárez, en aquellos años contaba que ésas eran las pastillas de los pobres, aludiendo a aquellos que no alcanzaban para comprar dulces para sus hijos con sus escasos recursos.
Un segmento de la portada del número 102 de la revista de octubre de 1964, cuyo tema fue el 35° aniversario del sindicato.
Pero, Pan de Azúcar fue también el nombre de la revista que publicó por muchos años el personal de la Refinería de Penco que destacó por sus contenidos e historias y que alcanzó gran notoriedad. Hoy en día es posible reconstruir parte del pasado refinero gracias a sus textos muy bien elaborados por sus trabajadores. Son muy entretenidos los relatos impresos en sus páginas. Un siete para ese cariño por la cultura local que defendieron  sus editores responsables.
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* Contribuyó a la elaboración de este texto Manuel Suárez B., de la Sociedad de Historia de Penco.

Sunday, April 09, 2017

EL REMEDIO PARA EL ESTRÉS QUE RECETÓ UN BIBLIOTECARIO

El rector del Liceo Enrique Molina Garmendia de Concepción entonces era el profesor de biología señor Luis Céspedes, un hombre bajo de estatura, delgado, de frente amplia y una gran personalidad. En el otro extremo del organigrama del establecimiento estaba el encargado de la biblioteca, un hombre mayor, sonriente y de aparente gran dominio sobre los volúmenes que estaban a su cargo.
Un viernes en la tarde, con ganas de irme luego a mi casa en Penco, pasé a la biblioteca a retirar un libro para una tarea que debía presentar el lunes. Había un mesón largo y al otro lado, los estantes con los libros, una escalera de tijeras para acceder a los que estaban más altos, un piso y nada más. El grueso de los alumnos se había retirado, así que yo debía ser el último cliente que se apersonaba allí con mi solicitud. El bibliotecario me saludó y estaba a punto de atender mi pedido, cuando me di cuenta que miró hacia la puerta por encima de mi cabeza. Sentí unos pasos primero y después un cortés buenas tardes. Quien había llegado era el mismísimo rector, señor Céspedes.
Por cierto que el bibliotecario se olvidó de mi pedido y se dispuso a atender al rector. “Señor Céspedes, en qué puedo ayudarlo”, le dijo solícito el encargado desde detrás del mesón. “Mire, es que quiero descansar este fin de semana. Estaré en el campo y me gustaría leer algo no complicado y que me entretenga después del almuerzo”, le dijo el profesor con aire de apurado (la verdad es que él siempre se veía así). La pregunta la formuló como alguien angustiado que recurre a un médico en la esperanza de que le recetaran un medicamento. Pues bien, la solicitud y la urgencia complicaron al bibliotecario quien debía dar una respuesta eficaz, rápida y además disponer del libro que eventualmente ofreciera; no fuera cosa que no estuviera en su casillero, por ejemplo. Junto con ello su propuesta tenía que ser novedosa que el señor Céspedes no conociera o hubiera leído ya. ¡Buen problema para un viernes! debió quejarse para sus adentros el bibliotecario.

Enfrentado a este asunto, meditó un poco, mientras el rector miraba su reloj. Había dejado su porta documentos sobre el mesón. Entonces, el dependiente pareció tener la respuesta. “Ya sé lo que le facilitaré”, le dijo y caminó por los pasillos interiores en busca del libro. Regresó a los pocos segundos y le extendió un volumen al rector. Y le dijo: “Este libro lo he leído un par de veces, por lo entretenido. Está muy bien escrito y se lo lee en una tarde, señor Céspedes”. Esperando haber dado en el clavo y frente al jefe, el bibliotecario giró la cabeza y me miró a mí, sin duda, porque necesitaba un aliado en esa situación… “Y de qué trata este libro, recuerde que no quiero problemas, que ya tengo bastantes”, le dijo con algunas dudas y el ceño fruncido el rector. “Bueno, es un cuento de marineros en el litoral central de Chile y del ingenio para saciar el hambre por parte del protagonista”, resumió a buena velocidad entusiasmado el bibliotecario. En ese momento, me di cuenta que ambos me miraban con cara de interrogación. “Debe ser bueno este libro, ¿verdad?”, me preguntó directamente el rector considerándome ya parte de la conversación. “Sí, profesor”, le dije arriesgando con mi respuesta que el libro no le agradara. Pero, por el momento había quedado bien con el bibliotecario…

Pensé que el error fue ofrecerle un solo libro, cuando el bibliotecario le pudo pasar a lo menos cuatro, porque el maletín del señor Céspedes era grande y se veía vacío. Así que con mucho esmero el rector guardó la novela de Manuel Rojas “El Vaso de Leche” en su porta documentos, se despidió y se retiró.

Thursday, April 06, 2017

UN PRESIDENTE DE CHILE PUSO LA PRIMERA PIEDRA DE LA POBLACIÓN VIPLA EN LIRQUÉN

Inscripción que recuerda el inicio de la construcción de la población VIPLA en 1951.
Antiguos pencones guardan ingratos recuerdos del Presidente Gabriel González Videla (PR), cuyo mandato constitucional se extendió entre los años 1946 y 1952.  Su gobierno fue políticamente muy controvertido. Mencionaremos un ejemplo de esa experiencia en el ámbito local: las huelgas de mineros del carbón en Lirquén y Cerro Verde; se recuerda el despliegue militar para reprimirlas. Permanece en muchos la imagen de soldados con ametralladoras en las lomas entonces despobladas de Cerro Verde Alto apuntando al caserío. Ése fue un aspecto. Otro, opuesto, está grabado a la entrada de la población  VIPLA, frente al Hospital, al otro lado de la carretera. Porque González Videla y su esposa Rosa Markmann pusieron allí la primera piedra de ese conjunto habitacional en enero de 1951. Imagino cómo habrá sido la fiesta después de ese evento, porque al Presidente de Chile le gustaba el glamour y pasarlo bien. Imagino también cómo andaría de resguardado debido a la cercanía de la mina de Lirquén y sus indignados obreros. La población fue terminada al año siguiente y sus primeros vecinos fueron trabajadores de la fábrica VIPLA.
La plazuela que está en el centro de la población VIPLA de Lirquén.
Tuve un compañero de escuela en la población VIPLA así que solía visitarla. Jugábamos en la plaza y hacíamos las tareas en su living del primer piso. No recuerdo su nombre, pero se trataba de una persona agradable y padres cariñosos. En una oportunidad asistimos a un partido de básquetbol en el gimnasio que está a la salida y me asombró que los tableros de los arcos hubieran sido de vidrio, súper modernos. Estaba acostumbrado a los tableros de madera de los gimnasios de Refinería y Fanaloza. Y, bueno, no podía ser de otro modo tratándose de una población de VIPLA, la fábrica de vidrios. Esos tableros uno los veía sólo en el cine en partidos de la NBA.
Gabriel González Videla y su esposa Rosa Markmann, conocida como Mitti.
La población VIPLA hoy en día tiene el mismo aspecto de entonces, cuidada, limpia y apartada del mundanal ruido. Allí sólo ingresan los moradores y, sin duda, todos son gente conocida. O sea, nadie molesta y la vida es tranquila como debe ser. Me alegró haber dado un recorrido por ahí y comprobar que las casas son las mismas, que están bien mantenidas y que su cara exterior no ha sido modificada.   

Wednesday, April 05, 2017

EL SHOA USA SUS PROPIOS NOMBRES PARA LA GEOGRAFÍA DE PENCO, LIRQUÉN Y CERRO VERDE

El mapa de Penco y Lirquén del SHOA. Las zona en verde turquesa son inundables por el mar.
Resulta curioso analizar un mapa de la bahía de Concepción confeccionado por el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada, SHOA, --disponible en internet-- en el que aparecen lugares con nombres distintos a los que habitualmente usamos con tanta familiaridad los pencones y lirqueninos. Se trata de una carta que simula zonas potencialmente inundables durante un tsunami de gran magnitud. Para diseñarlo, se tomó como referencia los episodios registrados en 1835 y el 2010. El modelo constituye una advertencia para enfrentar con rapidez futuros terremotos y su consecuencia inmediata, las salidas de mar. Pero, por ahora, este no es el punto.
Al fondo, punta de Parra; a la derecha donde se ve un techo es punta Lirquén, para nosotros es "La Cata".
Lo que causa extrañeza son los nombres oficiales para sitios que nosotros llamamos de otra manera. Comencemos a mirar el mapa por el norte. Allí se ve punta de Parra, cuyo nombre está bien, no alterado. Después viene punta Lirquén, que desde hace años nosotros llamamos “La Cata”. A nadie se le ocurriría decir que ese sitio de la geografía local es punta Lirquén. Otro ejemplo, el antiguo cerro la tosca, convertido hoy en día en el patio la tosca por Puerto Lirquén, según el SHOA es punta Quintero. ¿Sabía usted eso?
Donde se ven los contenedores es punta Quintero (la tosca); y un poco más allá a la izquierda: punta Elisa, en realidad el faro de Cerro Verde.

En Cerro Verde está el sector del faro, todos lo conocen así: el faro. Pero, para la Armada es punta Elisa. Ahí me pillaron… Y dirigiéndonos hacia Penco, ahí donde se proyecta un emisario hacia el mar se llama punta Espolón. No sostenemos que haya error en todo esto, es simplemente un asunto de nomenclatura oficial. La gente seguirá diciéndoles como siempre.  Bueno, cada día se aprende algo...
Aquí se ve donde aparece punta Espolón, entre Penco y Cerro Verde.

Monday, April 03, 2017

LOS LLAMADOS "CLAVOS DE CRISTO" SE USARON PARA CONSTRUIR LA DESAPARECIDA REFINERÍA DE AZÚCAR DE PENCO

Clavos hechizos con los que se sujetaron las estructuras de madera de la antigua Refinería de Penco.
Conservo tres clavos recogidos en agosto de 2012 en la Refinería de Azúcar de Penco durante su demolición. Decenas de ellos estaban desparramados en el suelo junto a los tablones del desmantelamiento. Se los usó para sujetar los gruesos maderos de las estructuras de la planta. Se trata de clavos hechizos, de alambre grueso común y moldeados al rojo. Operadores de fraguas los fabricaron a golpe de combo contra yunque ahí mismo porque no había ferreterías donde comprarlos. Por eso su aspecto es irregular, no los hicieron en serie. Esa sola característica remonta su edad a finales del siglo XIX o comienzos del XX. Así se levantó esa industria.

Pero, permítame querido lector, centrarme en los clavos que los guardo envueltos en papel como un recuerdo personal de la vieja Refinería. Son tres y quien me los alcanzó fue Manuel Suárez, debido a que yo en ese momento estaba preocupado grabando un video. Los tomé, me los eché al bolsillo y aquí los tengo. Los tres clavos vienen al presente por el símbolo, porque evocan las celebraciones cristianas de Semana Santa…

Me dicen que  los trabajadores de las antiguas fraguas que funcionaron ahí durante la construcción de la Refinería los llamaban “los clavos de Cristo”. Y al verlos, claro que retrotraen la mirada a la pasión de nuestro Señor.
Un aspecto de la demolición de la ex Refinería de Penco. Foto captada en agosto de 2012.