Thursday, December 08, 2016

EJEMPLO DE LEY NATURAL Y BENEVOLENCIA EN UNA ESCUELA DE PENCO

Un curso de la Escuela N° 31 de Penco en los tiempos del episodio desarrollado en el presente post. Al centro, el director Amulio Leyton y el subdirector Miguel González. La foto fue cedida por el profesor Rosauro Montero.
El propósito de la ley natural es permitir que las cosas alcancen su plenitud y la acción de favorecer su cumplimiento se llama benevolencia1. Sin embargo, muchos tienen la idea que ley es prohibición y por tanto, sanción. Manuel Suárez, de la Sociedad de Historia de Penco, me contó una experiencia que bien podría servir de ejemplo.
Ocurrió en los años en que él fue alumno de una escuela local. Y a las escuelas, sabemos, concurrían niños de distintos estratos sociales. El establecimiento exigía que cada cual llegara a la sala con los útiles mínimos para tomar apuntes de la clase. Pues bien, aquel día del relato de Manuel, uno de los niños se presentó sin su lápiz (de madera y grafito) que la escuela le había entregado un par de días antes. El alumno, que provenía de una humilde familia de pescadores, lo había extraviado. Desamparado y muerto de timidez frente a su profesora no supo qué responder. Ella lo miró fijamente sabiéndose, a su vez, observada por el resto del alumnado. Sin duda con el fin de sentar precedente sobre la responsabilidad, le impuso el castigo de irse de la sala.
El curso guardó silencio mientras el aludido  comenzó a ordenar sus pocas cosas para abandonar la sala, compungido en una humildad extrema y sin tener un solo argumento para apelar a la sanción. Y ocurrió que, mientras la profesora regresaba a su pupitre, el compañero de banco del afectado tomó una decisión relámpago: quebró su lápiz en dos y le pasó una mitad. Y entonces dijo en voz alta: “señorita, señorita, Pedro tiene lápiz, estaba entre sus cuadernos…” La profesora volvió, comprobó y Pedro pudo continuar en la sala.
Sin saberlo, el compañero de banco ayudó a que se cumpliera la ley natural de cada individuo. Esto fue que su amigo no perdiera al menos una oportunidad en la vida para avanzar, igual que el resto, hacia el logro de su plenitud como persona. Según lo dicho al principio, al hacerlo de esa manera aquel alumno actuó en el marco de la absoluta benevolencia. Este ejemplo notable de solidaridad se supo y se comentó incluso muchos años después de haber ocurrido en distintos círculos sociales de Penco.
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1 Fundamentos de Antropología; Yepes, Ricardo; Aranguren, Javier.  11.1. Noción de ley y sus clases.

Sunday, December 04, 2016

MASTODONTES BAJANDO DESDE PRIMER AGUA

La figura de un mastodonte, según una concepción artística. Imagen tomada de Wikipedia, que no hace mención a la presencia sureña de estos grandes mamíferos en tiempos pretéritos.
Las enciclopedias nos hablan de mamíferos prehistóricos y de sus vidas en el hemisferio norte. Sin embargo, si usted observa, esas fuentes no nos dicen mucho de la existencia de semejantes animales también en el sur del planeta. Y ocurre que descubro que sí hubo, por ejemplo,  mastodontes en Chile: en La Reina, en Santiago; en Los Vilos; en Osorno y en los alrededores de Penco. Las comprobaciones, en particular en nuestra comuna, las hizo hace más de 70 años el sabio penquista Carlos Oliver Schneider, según narra el libro de Boris Márquez Ochoa. En la página 92 del mencionado texto se dice que don Carlos halló restos óseos de mastodontes en Primer Agua.
Pues bien, los mastodontes eran unos animales con una alzada de casi tres metros, que poseían una trompa y un par de enormes colmillos. Su aspecto semejaba a un elefante, pero el parentesco entre ambas especies es lejano y su piel presentaba un abundante pelaje grueso. De acuerdo con los estudios de peleontólogos, estos proboscidios desaparecieron de la faz de la tierra hace unos diez mil años, en parte por la cacería que practicaron nuestros lejanos parientes y por razón de alguna enfermedad. De modo que en nuestra memoria ancestral la imagen de estos animales pareciera estar presente aún. Es común oír a alguien decir sobre una persona de gran envergadura “¡tremendo mastodonte!”. Si la afirmación se usa, debe ser por los ecos pretéritos de la cultura oral.

No imagino a estos animales pululando por ahí. Pero, a juzgar por los hallazgos y las publicaciones de científicos –Oliver Schneider, entre otros--, los mastodontes estuvieron aquí. Sus huesos son los testimonios. Lo que no sabemos todavía es si nuestros mastodontes presentaron alguna característica singular, algún rasgo propio, que hubiera permitido clasificarlos como “mastodontes de Primer Agua”.  

Tuesday, November 29, 2016

LAS BATEAS FUE UN BALNEARIO DE PENCO QUE DELEITÓ A FAMILIAS REFINERAS

Vista de la autopista del Itata desde el paso superior Primer Agua (orientación hacia el sur).
La autopista del Itata significó un tremendo avance en la conectividad de la zona. Cambió el paradigma de las comunicaciones terrestres en el área del gran Concepción, reduciendo, por ejemplo, a seis horas un viaje en bus a Santiago, cuando antes era de ocho horas o más…
Pero, el desarrollo también pasa la cuenta. La mencionada ruta cortó la ladera del cerro Copucho desorientando a muchas personas que antes transitaban libremente por los bosques y valles de esa elevación pencona. Porque la carretera no se puede atravesar a discreción. Así, se convirtió en una suerte de muralla que tiene sólo algunos pasos habilitados a diferencia de antaño.
Pues bien, una combinación de factores que incluyó a esa carretera y el crecimiento de Penco en el sector de Desiderio Guzmán arrasaron con un balneario natural que habitualmente aprovechaban las antiguas familias refineras: Las Bateas.
Las Bateas, ubicada en un rincón al inicio del cerro Copucho, consistía en un amplio espacio bajo pinos añosos, al lado de un empinado camino de tierra por donde rara vez transitaban vehículos madereros. Caminando unas tres cuadras desde la población Guzmán uno llegaba a una casa abandonada. En ese punto, saliendo del camino había que girar un poco hacia el norte; venía una pequeña pendiente y ya estábamos en Las Bateas. El lugar tenía una superficie plana un poco menor que una cancha de fútbol. Los pinos gigantescos rodeaban este espacio que permanecía mayormente con sombra. Una vega lateral aportaba un persistente aroma de poleo. Si uno cruzaba, caminando unos pasos más al norte se encontraba con un estero que corría naturalmente acanalado a un nivel más alto y cuyas aguas brincaban entre grandes piedras de canto rodado cubiertas de musgo. Bastaba saltar o pisar una de las piedras para atravesarlo. Ese curso de agua fresco y a la sombra, que se abría paso entre zarzamoras y chilcos seguramente abastecía a los antiguos moradores de la ahora casa deshabitada que marcaba el ingreso a Las Bateas.
Un aspecto parecido a este espacio, ubicado en el fundo Coihueco, tenía el balneario de Las Bateas.
Allí se reunían los refineros para convivencias al aire libre en la bonanza del verano. Hacían asados, preparaban ponches, jugaban a la rayuela, jugaban a la pelota, desparramaban barajas de cartas, contaban historias, se reían, cantaban o dormían largas y reparadoras siestas. Al caer la tarde, las familias regresaban caminando, llevando consigo la parafernalia que les había servido para armar la fiesta. Entonces, los últimos en retirarse podían recrear la vista en torno al hermoso lugar que quedaba nuevamente en silencio sólo con un suave sonido allá al fondo: el murmullo del estero.

Hace apenas un par de meses, intenté llegar a Las Basteas por primera vez después de muchos años, pero sólo encontré calles y casas. Me dicen que la población que ahí existe se llama El Radal; un poco más allá hay una muralla y detrás, la autopista del Itata. ¿Y el estero? Desapareció. Seguramente está entubado por debajo de las nuevas poblaciones…
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PD: Me informan que dicho estero asoma por el fundo Landa, corre junto al camino a Concepción y desemboca en el río Andalién entre Cosmito y el fundo Playa Negra.

Monday, November 28, 2016

EN PENCO ERA MEJOR EVITAR ENCONTRARSE CON UN GUARDABOSQUES

Hermoso bosque de pinos cerca de Agua Amarilla en Penco.
Había un oficio en Penco que se desempeñaba en solitario, a lo más arriba de un caballo. Sin otra música que el silbido del viento entre las copas de los pinos, sin más bebestible que el agua de alguna vertiente, sin más comida que un pedazo de pan con charqui. Para cumplir esta labor ese trabajador debía ir cerro arriba y cerro abajo todos los días con calor o frío extremo. El oficio al que hacemos referencia era el de guardabosques, hombres casi ermitaños (así los percibíamos). Cuidaban la riqueza de los fundos.
De los guardabosques se contaban historias. Por ejemplo que avanzaban sin hacer ruido, que se asomaban sin anuncio y que llevaban un lazo que usaban como látigo para corretear con fuertes azotes a quien sorprendieran recorriendo sin permiso los bosques a su cargo. Así que ir al cerro tenía sus riesgos, hallarse con estos míticos personajes huraños no dispuestos a parlamentar, sino a actuar.
Fundo Manco situado entre Florida y Penco por el camino de Villarrica, bien resguardado con alambradas y tranca.
Mientras anduve por los cerros de Penco, en dos oportunidades me encontré con guardabosques. En una de esas ocasiones, uno de ellos iba cabalgando. Llevaba sombrero negro, una gruesa manta de castilla y un bien cuidado bigote. Supongo que su nombre era Arturo, porque uno de los integrantes de mi grupo al verlo, lo saludó diciéndole “hola don Arturo”. Hubo una pequeña conversación en la que el hombre nos dijo a todos, que tuviéramos cuidado con los árboles, que no estaban allí para ser derribados por nuestras hachas que llevábamos escondidas y él lo sabía. Se despidió y se fue con su caballo alazán. Me di vuelta para mirarlo mientras se perdía en la quebrada y, precisamente llevaba un lazo…
Forestín, ícono de la Corporación Nacional Forestal, Conaf.

En otra oportunidad tuve el segundo de estos encuentros cercanos, pero este hombre cumplía su trabajo a pie e iba vestido en forma común y corriente. Nos encontrábamos en los cerros detrás de Villarrica. También nos advirtió muy cortésmente que no había que cortar árboles, en particular los nativos que ya comenzaban a escasear en los alrededores de Penco frente a la invasión  del pino. No pasó a mayores este encuentro y el hombre se fue caminando por la espesura. Iba sin lazo.
Es cosa de recordar algunos nombres, apellidos o apodos de estos personajes; uno que vivía en la calle O’Higgins con Alcázar lo conocían como “el cazuela”; otro del lado de la refinería era un tal Parada, decían que era el más temido de todos, quien montaba un pingo negro llamado “el Alonse” ; y el ya mencionado bonachón don Arturo, del fundo Playa Negra. Pero, pudieron ser muchos más.
El trabajo de los guardabosques en Penco era controlar a las personas que ingresaban a los fundos advirtiéndoles que no podían portar fósforos (como una forma de prevenir incendios forestales); revisaban el estado de los caminos interiores ésos que se usan para las cosechas de pinos o que sirven a las brigadas forestales en caso de siniestro; también evaluaban el estado de los puentes de madera sobre los esteros. El guardabosques se reportaba con el administrador del fundo y éste con la gerencia o directamente con la propiedad.

En esos años, estos trabajadores solitarios permanecían incomunicados mientras desempeñaban su quehacer, muy lejos del ruido de las industrias y los pitazos de la ciudad. Hoy en día, en cambio, montan motos todoterreno y están on line a través de equipos de radio… tampoco exhiben lazos. 
Un bosque bastante descuidado en las proximidades de Aguas Sonadoras en Penco.

Sunday, November 27, 2016

OBRA TEATRAL INSPIRADA EN CERRO VERDE ADELANTÓ LA VISIÓN DE LOS PROBLEMAS POLÍTICOS Y SOCIALES QUE ESTALLARON EN LOS AÑOS 60


NOTA DE LA EDITORIAL: Presentamos el siguiente trabajo preparado por la profesora María Teresa Sanhueza especialmente para nuestro blog de Penco sobre la pieza teatral Las redes del mar, de José Chesta, obra inspirada en la vida de los pescadores de Cerro Verde. Agradecemos esta valiosa colaboración que nos ha hecho llegar desde Estados Unidos.



María Teresa Sanhueza Carvajal es profesora asociada  en Wake Forest University en Carolina del Norte, Estados Unidos. Obtuvo su doctorado (Doctor of Philosophy) en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Michigan, Ann Arbor, un Magíster en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Concepción donde también se recibió de Profesora de Español. Su área de especialización es el Teatro Latinoamericano, especialmente el argentino y el chileno. Ha publicado tres libros y numerosos estudios críticos en revistas especializadas. En los últimos años se ha dedicado también a la difusión del teatro penquista. Su correo electrónico es sanhuemt@wfu.edu.



Las redes del mar de José Chesta, un clásico penquista
María Teresa Sanhueza

José Chesta llegó a Concepción en el año 1955, después de licenciarse de la escuela Normal Camilo Henríquez de Valdivia en 1954. El joven, de 18 años, venía a enseñar a una escuela rural de Penco y a estudiar en la Universidad de Concepción. En la ciudad, se incorporó al famoso y legendario Teatro de la Universidad de Concepción, TUC, formado en 1945, el único grupo teatral universitario regional que tuvo el mismo nivel de profesionalismo e importancia que los grupos de Santiago renovando la escena teatral, explorando lenguajes y poéticas dramáticas innovadoras, difundiendo la dramaturgia de autores locales, nacionales e internacionales y poniendo a la ciudad de Concepción en el mapa nacional1. Allí también conoció a su futura esposa –la actriz Berta Quiero—quien continúa residiendo en la zona.
El dramaturgo José Chesta captado durante un paseo frente a la antigua municipalidad de Penco.

Las redes del mar, su primera obra, se estrenó el 19 de diciembre de 1959. Según Marta Contreras et al, el texto escrito impresionó a Pedro de la Barra –director del TUC en esos momentos—quien quería presentar obras regionales. Así “José Chesta se convertía en el primer dramaturgo penquista que escribía sobre un tema regional”. Los críticos agregan además que la obra se presentó en Santiago y que por ella “el TUC recibió reconocimiento como el mejor Grupo de Teatro Nacional” (1194:17). De la Barra puso la obra en escena con un elenco de grandes figuras del TUC: Roberto Navarrete (Miguel), Brisolia Herrera (Mercedes), Gastón von Dem Busche (Mauro), Alberto Villegas (Luis), Mireya Mora (Ester), Luis Alarcón (Ramón) y Tennyson Ferrada (don Eduardo) en los personajes principales. Inés Fierro (Candelaria), Verónica Cereceda (Juana), Jaime Vadell (Pedro), Andrés Rojas Murphy (Pescador 2) y Nelson Villagra (Pescador 1) encarnaron a los personajes secundarios. Para la prensa penquista, Las redes del mar significó el éxito de las políticas teatrales locales. También generó una discusión importante sobre la importancia de valorar lo local (Centreras et al. 2002: 169-170).

Obviamente su agudeza y su capacidad de observación de su entorno contribuyeron a la creación de Las redes del mar2, la cual transcurre en la caleta de pescadores de Cerro Verde en Penco, cerca de Concepción y donde Chesta ejercía la docencia. Estructuralmente es una obra simple, dividida en tres actos siguiendo el modelo aristotélico. Los personajes tienden a se maniqueos, es decir, tienden a definirse como positivos o negativos en su accionar para representar a cualquier familia de pescadores que se encuentre en estas circunstancias.

La acción sucede durante el invierno, una estación particularmente dura en las caletas; con mal tiempo y abundancia de temporales. Chesta muestra un conflicto familiar que tiene su base en un problema social.. La acción se desarrolla desde el punto de un padre de familia que se enfrenta a la falta de recursos para mantener a los suyos. La tensión aparece encarnada en un conflicto generacional en el que la voluntad del padre se enfrenta con la de su hija Mauro. Mauro odia el mar y quiere estudiar para ser electricista en la Escuela Industrial de Concepción. Esto contradice los deseos del padre –Miguel—quien anhela que su hijo continúe con la tradición familiar de ser pescador y no entiende que al joven no le guste el mar. Tozudamente, afirma que “Él es hijo de pescador, tiene que gustarle el mar” (81):

MIGUEL.- No quiero conocer naa más… en mi familia habimos sido pescadores, lo llevamos en la sangre. Al mar hay que aprender a quererlo …no es tan bravo… hay noches calma de luna en que puedes irte más allá de la punta y ver como los pescaos andan a flor de agua… cada noche así me recuerdan la primera vez que mi padre me llevó, no como su ayudante, sino pa’hacer too el trabajo; ese jue mi bautizo… Tú todavía no lo habís probado… (87).

La voluntad de Miguel nace de haber vivido cerca del mar toda su vida pero el padre también sabe que es una vida difícil, y por ello, intenta aprender a leer optar a trabajos de mayor responsabilidad en el área de la construcción o de la mina. Después de un breve período de esperanza, Miguel pierde su embarcación, se refugia en el alcohol y termina con una enfermedad incurable. El conflicto se resuelve, de este modo, con la imposición de un “destino fatal” que hace que Mauro tenga que renunciar a sus sueños. La obra termina cuando Mauro se da cuenta que debe renunciar a su sueño y el telón se cierra con el espectáculo patético de su llanto, que se hace más intenso y termina por abarcarlo todo; sin embargo, la esperanza de la familia se mantiene porque el hijo asume el rol de jefe del hogar y proveerá para la familia.
El actor nacional Luis Alarcón, quien actuara en la obra Las redes del mar. Imagen tomada de Penco TV.
Chesta busca favorecer una mirada comprensiva en el lector/espectador al mostrale el proceso íntimo de Mauro, el fracaso de sus sueños solo porque no cuenta con los medios necesarios y la vida tradicional del pescador se impone por sobre la concepción moderna humanitaria de la vida: el acceso a la educación. Así, la pobreza, la superstición y la tradición se erigen como elementos infranqueables para la voluntad del joven Mauro.
Un personaje muy importante es Ramón, el profesor de la Escuela de Cerro Verde (alter ego del propio Chesta) y quien representa el elemento dinamizador de la tensión dramática que se produce entre padre e hijo.  Ramón apoya las aspiraciones de Mauro, y por eso trata de convencer al padre y de conseguir el apoyo económico necesario para poder enviar a Mauro a estudiar a Concepción. Ramón es también quien organiza solidariamente al resto de los pescadores para ayudar a la familia de Miguel a conseguir una nueva embarcación y ganar el sustento. Por medio de este personaje, Chesta muestra también la noción de educación como uno de los medios para salir de la pobreza “…Nosotros [a Miguel], usted y yo somos los responsables de Mauro. Nuestro país necesita técnicos también, gente segura, clara, que sepa hacia dónde va, no frustada” (Ramón, 105). Ramón es el agente de cambio, el progreso.
Otro personaje importante es Mercedes, esposa de Miguel y madre de Mauro, quien reproduce una visión machista de la comunidad de pescadores y un rol subordinado frente a su marido, su principal papel es ser madre y esposa sacrificada. Estas ideas se confirman claramente en el argumento cuando Mercedes señala que ella puede conseguir trabajo para ayudar a la manutención familiar y Miguel inmediatamente responde “¡Eso sí que no! Siempre me ha bastado para mantenerlos…” (87). En el mundo representado por Chesta, tanto hombres como mujeres son víctimas de la situación social, pero las mujeres son, además, víctimas del doble  estándar impuesto en el sexo femenino por años de tradición y autoimpuesto por ellas mismas como forma de vida. Por lo tanto, es obvio que los personajes femeninos de Chesta reproduzcan las tradiciones patriarcales y ni siquiera se los cuestionen. El hombre es quien posee la autoridad y el poder de decisión, no importa cuán joven sea. Esto se ve en la actitud de personajes como Ester, la madre viuda del amigo de Mauro, quien convence a su hijo adolescente a que se quede en Cerro Verde, entregándole el mando de la casa y de la familia: “…Mi mamá me rogó tanto que volviera que me convenció… ¿Sabes lo que me dijo?...”Si vuelves a la casa, vas a ser el dueño de too…” (Luis, 134).
El mensaje final expresado en una hermosa metáfora, es que el mar atrapa a todos, el destino es el mismo tanto para los hombres como para las mujeres: una vida pobre de trabajo duro. Las redes de los pescadores del título adquieren últimamente una connotación negativa y aglutinante que completa el círculo de la obra teatral. No sólo instrumentos de trabajo sino  que designan el poder del mar que teje sus redes para atrapar en ellos a su presa: los pescadores de Chile y sus familias. Es por esto que las palabras que Miguel había pronunciado se convierten en una verdad universal que caracteriza la vida de los personajes:

MIGUEL.- …cuando me volví denantes dejé de remar un buen rato… miré el cielo y el mar y no sabía cuál era uno y otro… me sentía como…como… no sé… pero parecía que el mar había tendido sus redes también, y yo estaba ahí preso… sin moverme… sin poderme defender… como encandilao… (80).

José Chesta quería hacer visibles las condiciones de vida de los pescadores y su falta de oportunidades pero también el color local, el lenguaje y las tradiciones. Al poner en escena a uno de los grupos sociales más desposeídos de nuestra sociedad, los personajes se configuran como arquetipos de la clase social a la que pertenecen y de la profesión a la que se dedican. Es por ello que Las redes del mar   pertenece al neorrealismo social. El mismo Chesta afirmaba que el realismo había olvidado los valores fundamentales del hombre y señalaba “el realismo se ha quedado en nuestro país en la anécdota pequeña, en diálogo coloquial…” y pensaba que la misión del dramaturgo era “cambiar de actitud, de ser más profundos y tener más conciencia de que ser dramaturgo no es cosa tan sencilla como hasta el momento ha sido” (Cita reproducida en Fernández 1982: 102). Para él, los elementos de la obra dramática se subordinaban a la crudeza de la realidad representada para poder, de este modo, hacer una crítica más aguda y directa. El mismo dramaturgo confirmó estas ideas estéticas al afirmar que:   “En teatro no sólo quiero mostrar ambientes y personajes, deseo plantear posiciones. Me interesa esta forma literaria porque se establece un diálogo directo entre el autor y el público: hay un hombre hablándole a otro hombre (Citado en Contreras el al. 1994:12). Sin embargo, la denuncia social de Chesta no es el fruto de una determinada óptica política, sino de la simple constatación de las desigualdades nacidas en el seno de una sociedad industrial o con pretensiones de serlo3 y en la cual  la distancia hasta Concepción y el aislamiento de comunidades como la de Cerro Verde representan una metáfora de que desde Santiago la provincia es invisible, premisa que 50 años más tarde sigue siendo relevante. Personalmente, creo que uno de los grandes valores de La redes del mar, reside en la comprensión de que lo importante no es presentar la problemática de clase al estilo brechtiano sino plantear la necesidad de transformar las estructuras sociales, políticas y económicas que dan origen a estas situaciones. Con ocasión del estreno de la obra, en el diario El Sur del sábado 19 de diciembre de 1959 (“Estreno de Las Redes”), Chesta afirmaba: “Las condiciones de vida de un pequeño pueblo como Cerro Verde, determinan en un país subdesarrollado como Chile, el destino de sus habitantes”.

Escrita y estrenada en 1959, Las redes del mar adelanta algunas de las preocupaciones político- sociales que serán importantes a partir de los años sesenta: educar a los marginados, llevar el arte y la cultura a sectores desposeídos. Chile se empezaba a transformar social y políticamente y la dramaturgia trataría de reflejar en sus obras estos cambios4 . Chesta, por lo tanto, fue un precursor de esta nueva corriente que a partir de los años sesenta hizo que los dramaturgos plantearan problemas específicos de la idiosincrasia chilena, en este caso, el atraso social de la provincia. Chesta también llevó a escena un grupo social marginado adelantando el proceso de nacionalización teatral de los sesenta que, según Elena Castedo-Ellerman, “implicó traer el texto dramático, ciertas clases sociales, ciertos grupos, ciertos personajes y ciertos ambientes que, aunque descritos por diversos medios estilísticos, revelan una específica autovisión nacional” (1982:22).


Lamentablemente José Chesta falleció tempranamente, a los 26 años de edad, en un accidente automovilístico cuando volvía a Concepción desde Santiago. El accidente se produjo la madrugada del 23 de diciembre de 1961 cuando la citroneta en que viajaba se estrelló contra un camión cerca de San Fernando. El dramaturgo alcanzó a escribir una segunda obra teatral, El Umbral, algunos relatos y varios radio teatros como La bella y la bestia , Revolución e Independencia y Cruces hacia el mar , pieza en la cual sus protagonistas eran también pescadores. Además, su labor como dramaturgo se complementó con la de actor y director. Fue uno de los fundadores –y director—del Teatro Experimental de Concepción, TEDEC, que más tarde pasaría a llamarse Teatro Independiente Caracol, otro importante grupo teatral penquista.

Notas
1 Más información sobre la importancia de los teatros universitarios puede encontrarse en el excelente libro de Luis Pradenas, Teatro en Chile. Huellas y trayectorias. Siglos XVI-XX. Pradenas señala que el TUC “se destaca como el más activo de los teatros universitarios en su búsqueda y construcción de un teatro nacional popular” (299).

2 Todas las citas de la obra serán tomadas de la edición de Las redes del mar en José Chesta. Textos y contextos, que aparece en la lista de obras citadas.
3 Sin embargo, se debe destacar que en Las redes del mar y a través de un subtema, Chesta expone, de una manera poética, el poder magnético que ejerce el mar sobre los pescadores. El mar aparece no sólo como un medio de vida difícil sino como una especie de destino, algo más allá de la conciencia que da sentido a los hombres. Esta fatalidad se revela a partir del título, y será, posteriormente, planteada en el discurso de los personajes. Está, además, estrechamente relacionada y subordinada a la finalidad social de la pieza. Desde este punto de vista, Las redes del mar puede interpretarse como la dramatización de la lucha del hombre para dominar la naturaleza inhóspita que a veces devora a sus hijos.

4 Juan Villegas afirma que la representación en escena de los personajes marginales en el Chile de los años sesenta corresponde a intereses de los sectores medios, es decir, en el potencial de usar estos personajes para conseguir intereses políticos-sociales; objetivos relacionados con la doctrina educativa humanista y cristiana propias de la intelectualidad burguesa de la época, parte de la ideología del Partido Demócrata Cristiano (1988: 162-163).

Obras citadas
Castedo-Ellerman, Elena. Teatro chileno de mediados del siglo XX. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1982.
Chesta, José. “Las redes del mar”. José Chesta. Textos y contextos. Concepción: Universidad de Concepción, 1994, 73-144.
Contreras, Marta, Alberto Albornoz y Patricia Henríquez. Historias del Teatro de la Universidad de Concepción. Concepción: Trama Editores, 2002.
Contreras, Marta, Enrique Luengo y Luz Marina Vergara. José Chesta. Textos y contextos. Concepción: Universidad de Concepción, 1994.
Fernández, Teodosio. El teatro chileno contemporáneo (1941-1973). Madrid: Playor, 1982.
Pradenas, Luis. Teatro en Chile. Huellas y trayectorias. Siglos XVI-XX. Santiago: LOM Ediciones, 2006.
Villegas, Juan. Ideología y discurso crítico sobre el teatro de España y América Latina. Minnesota: The Prisma Institute, INC, 1988.



Friday, November 25, 2016

EN PENCO LOS ADORNOS NAVIDEÑOS SE HACÍAN EN CASA

Los adornos del árbol de Navidad fueron un tema en Penco. Aquellos que se vendían en los quioscos –no en las tiendas—eran de fabricación casera, así que se podían replicar en las casas si había la voluntad de ahorrar algunos pesos y si alguien estaba dispuesto a tomarse el trabajo. Los ornamentos más importantes eran las guirnaldas, las que consistían en largas tiras de celofán de distintos colores y papel plateado cosidos a máquina por el centro. Una vez hechas las tiras debían ser pacientemente desflecadas con una tijera para convertirlas en guirnaldas propiamente tales. Las de luces tan comunes hoy en día, entonces eran un lujo de estilo Trump.
Otro adorno importante, el algodón, imitaba a la nieve. Ése, al igual que hoy, se compraba en las farmacias. Venía empaquetado en cartulina azul amarrado con hilo de bolsa. Este elemento servía para dar la ilusión de una nevada. Curioso el propósito si se piensa que en Penco debe nevar una vez cada 400 años. Pero, la idea consistía en adornar el árbol como se vía en las revistas con ilustraciones.
Las figuritas angelicales eran el otro ingrediente, generalmente hechas de papel por los niños como tarea del colegio. Y los demás personajes estaban inspirados en el sentido de la Navidad: el pesebre. Las velitas de las fiestas de cumpleaños servían para instalarlas estratégicamente en los lugares más despejados del árbol y encenderlas bajo rigurosa vigilancia.
Pues, bien, el último elemento: el árbol mismo. A pesar que había gente vendiendo pinos cortados por todas partes, lo mejor era ir personalmente al bosque a buscar y traer el más conveniente en tamaño y aspecto. No había vigilantes, nadie se enojaba, nadie decía nada, ni siquiera había alguna alambrada que saltar. Simplemente entrábamos en el bosque sin ningún obstáculo de por medio, elegíamos, cortábamos y para la casa.
En un bosque de árboles de Navidad (en el norte de EE.UU.), una familia elige un ejemplar para comprar o alquilar.. (Foto referencial tomada de internet.)

Las mamás ponían su buen gusto para adornar el pino con los elementos que mencionábamos. Porque entre los vecinos se daba una indisimulada competencia: quien presentaba el árbol más bello. Decíamos que había que vigilar las velitas al momento de encenderlas y el afán consistía en mantenerlas prendidas sólo un par de minutos para evitar el riesgo de un incendio. Fue precisamente por ese riesgo que pude perder mi árbol de Navidad en una ocasión. En un abrir y cerrar de ojos una llama en contacto con una rama produjo una explosión de fuego. Todos alrededor debimos actuar con mucha rapidez para evitar la propagación. Mi árbol quedó chamuscado, pero para eso había algodón para rellenar esa parte calcinada con más motas de nieve… Las velitas de colores de los cumpleaños eran sólo adornos, no había que encenderlas…

Monday, November 14, 2016

CUENTO DE DESCARRIADOS Y CHANTADOS EN EL PASADO DE PENCO Y LIRQUÉN

El puente de la línea en Lirquén que conduce a La Cata. Imagen referencial.
Las drogas actuales que afectan tan fuertemente a algunos sectores de nuestra juventud, no se conocían entonces en Penco. El único escape hacia la falsa felicidad era el alcohol. Y aquí reinaba el pipeño suelto, porque el vino embotellado (filtrado le decían) no formaba parte de la cultura popular. Entre aquellos se conocían algunas variedades como el mangarral, el chacolí, el chichón. Y entre sus calidades: el vino firme, el bautizado (con agua agregada) y el picado. Este último estaba a una pizca de pasar a la categoría de vinagre.
Los obreros –no todos-- hacían vida social en sus horas libres en las bodegas en torno a una caña de vino de las características anotadas más arriba. A algunos se les pasaba la mano, cierto, y otros, los menos, tenían más problemas para dejar de levantar el codo. Entonces entre las familias o los amigos se buscaban soluciones a este problema. Y una de ellas, era dejar el vino drásticamente incorporándose a alguna congregación  protestante, que en Penco y Lirquén había (y hay) muchas. Así, de vez en cuando circulaba el comentario que tal vecino o conocido había abandonado el vicio en consideración a sus hijos, a su mujer, a su salud, a su trabajo, a su vida… Muchos comentaban lo bien que lucía esa persona ahora y cómo había cambiado su relación familiar. Las iglesias protestantes sirvieron para corregir conductas. Otra opción era cortar con la inclinación al alcohol sin incorporarse a ningún grupo necesariamente. En tal caso, se decía, el vecino o el conocido estaba chantado.

En muchos casos ambas decisiones eran firmes, de por vida. Pero, el ser humano es débil, y no todos perseveraban en la decisión de parar con el vicio. Así ocurría que los más débiles pisaban el palito y volvían a la antigua práctica de levantar el codo. Quienes habían celebrado la noticia de que tal o cual se retiró de las pistas  ahora ponían cara de sorpresa, primero, y de pena, después. Los que estaban chantados volvieron a ponerle, decían. Y los que habían ingresado a una congregación, bueno, ésos simplemente se habían descarriado. Y, en ese sentido, se sabía de casos lamentables de muchos descarriados en Penco y en Lirquén.