Monday, August 24, 2015

COSMITO: EL PARAÍSO PERDIDO DE PENCO

Aspecto de la granja Cosmito, según una foto de un calendario de 1945.
Don Osvaldo Vega, uno de los cuatro medieros que tuvo Cosmito, cuando ese fundo pertenecía a la Refinería de Penco, declaró al diario El Sur el miércoles 20 de abril de 1977, que la granja pencona fue un Paraíso. “Pese a ser un fundo tan chico –dijo entonces—era un verdadero Paraíso que asombraba a los visitantes”. Al momento de hacer esa afirmación, el señor Vega había cumplido 31 años como residente de ese fundo, pero la granja a la que se refería ya había desaparecido. El mediero falleció hace años. Le sobreviven su viuda, la señora Luz España, quien vive en su casa del predio y sus hijos.
La afirmación contenía una buena cuota de experiencia y también de nostalgia y la hizo pública cuando se supo en Penco la noticia de la muerte del creador de Cosmito, el ciudadano austríaco Walter Zwillinger. El señor Vega destacaba así su admiración por el agrónomo europeo que vino a Penco contratado por CRAV para crear la granja.
Decíamos nostalgia por la inspiración que significó la persona de Zwillinger en desarrollo del gran proyecto de la granja modelo en los años 40. En sólo un par de temporadas dio forma al orgullo agrícola de Penco con una formidable lechería, un criadero de cerdos, gallineros, una planta procesadora de alimentos para animales, galpones  y chacras productoras de hortalizas con semillas certificadas. Cuando ya han pasado más de setenta años del inicio del proyecto de la Refinería en ese fundo, aún es posible oír testimonios de personas que conocieron la granja.
Don Osvaldo Vega no cometió ninguna exageración al afirmar en la nota del diario que Cosmito fue un Paraíso porque empleó una metáfora para graficar la abundancia y la calidad de los productos de la granja incluyendo por cierto el bello entorno natural y de edificaciones que significó poner en marcha el proyecto.
Cosmito siguió pautas de producción europeas traídas por Zwillinger, muy avanzadas respecto de las prácticas en Chile. El Paraíso, al que se refería el señor Vega, producía las mejores lechugas, zapallos, apio, betarragas y el más variado abanico de hortalizas; leche, carnes, huevos, etc. Todo, con los mejores estándares de calidad conocidos. Por su abundancia natural Cosmito también pudo ser comparado con la bíblica Tierra Prometida, sin duda.
Como ya hemos informado en otros posts de este blog, el señor Zwillinger falleció en el choque de dos Jumbos en la pista aérea de Los Rodeos, en Tenerife, islas Canarias, tragedia registrada en marzo de 1977. Y Cosmito como proyecto agrícola terminó en 1970.

Monday, August 17, 2015

PRESENTAN LIBRO DEDICADO A LA VIDA Y OBRA DE DON CARLOS OLIVER SCHNEIDER

NOTA DE LA EDITORIAL: El siguiente texto lo preparó Jaime Robles Rivera, presidente de la Sociedad de Historia de Penco.

“El próximo jueves 27 de agosto, a las 18:30 hrs., en la Sala de Exposiciones del Museo de Historia Natural de Concepción (Plaza Acevedo), será presentado a la sociedad pencopolitana, el trabajo del joven historiador pencón Boris Márquez Ochoa dedicado a uno de los más notable promotores de la investigación y divulgación científica de la región del Bio Bio, por ello el libro lo ha titulado clara y llanamente: “Carlos Oliver Schneider, Naturalista e Historiador de Concepción”
El autor: Boris Márquez Ochoa.
Boris Márquez, Magister en Historia © por la Universidad de Concepción, Investigador en temas regionales, es actualmente Director de la Galería de la Historia de Concepción, y con orgullo destacamos su pertenencia a nuestra Sociedad de Historia de Penco.
Hemos dado viva lectura al texto elaborado por Boris, y si ya nos había dejado gratamente sorprendidos con su trabajo anterior “Cerámica en Penco: Industria y Sociedad 1888 -1962”, en esta oportunidad se manifiesta una elaboración de una factura contundente para dar valor y hacer justicia a una trayectoria injustamente postergada de reconocimientos formales. Si en su libro referido a la cerámica, estructura formidablemente la génesis de la industria locera en Penco, y sus distintas etapas de crecimiento y crisis; ahora lo que mueve a Boris, es lograr dar cabida en un solo texto, a la fructífera vida de entrega a su vocación de don Carlos Oliver.
Para quienes, ya sea por profesión como por afición, estamos ligados al estudio y difusión de la historia, personajes como él son referentes a imitar, claro está, sólo a nivel precisamente de imitar; sería iluso pensar siquiera en llegar a igualar tan abundante contribución a la ciencia.
Según nos detalla Boris Márquez, en lo referente a la deuda que Penco mantiene impaga con Don Carlos Oliver Schneider, cabe señalar que ésta se da en varios aspectos:

El profesor Oliver realizando su trabajo de investigador.
En 1929 publica en el diario El Sur sus investigaciones, las que dan fundamento a la existencia de la Universidad Pencopolitana.
En 1935 dedica sus esfuerzos al estudio de lo que fue uno de sus mayores desafíos: El Fuerte La Planchada. Nuestro actual Monumento Histórico, quizás le debe a él precisamente que haya alcanzado esta categoría. Con franqueza y con algo de vergüenza, demos reconocer que esta fortaleza hispana no siempre fue tomada en cuenta, luego del traslado de Concepción, desde Penco, al valle de La Mocha. Nuestro fuerte ha transitado entre la desidia por décadas, y cuando no, ha sido objeto de intervenciones desacertadas.
No fue un Pencón de cuna, pero sí de adopción, como el propio Don Carlos lo manifestara, y por ello se dio con ahínco a la tarea de poner en los registros históricos, el Fuerte La Planchada, para lo cual se instaló a trabajar en él, junto a sus colaboradores, con las herramientas que era menester fueron cavando, limpiando el entorno, registrando cada detalle de su construcción, y de los efectos del tiempo, el clima, y de la indefectible mano del hombre. No sin contratiempos. Las autoridades de la época más que apoyarle, le dificultaban los esfuerzos; pero con decisión intransable, y por el bien de Penco, pudo avanzar en sus investigaciones.
En 1939 inicia la creación de bibliotecas públicas para las comunas aledañas a Concepción, lo que da cuenta de su generosidad a la hora de masificar el conocimiento, gracias a él Penco contará con su primera biblioteca pública, la que se establece además con libros donados por don Carlos.
En 1946 hace hallazgos notables en la investigación de nuestros ancestros aborígenes, trabajo que centró en excavaciones en Cerro Verde.
Lo señalado sólo son esbozos de lo que Carlos Oliver Schneider aportó a nuestra ciudad.
Al conocer más profundamente de ello y de muchos otros aspectos de la prolífica vida de Carlos Oliver Schneider, es a lo que Boris Márquez Ochoa nos convoca en la lectura de su libro, que pronto estará disponible, para deleite de quienes hurgamos en el pasado transcendente, y como ya hemos señalado, para hacer justicia a uno de los pilares de la investigación científica de nuestra región del Bio Bio, y de Penco en lo particular”.
Jaime Robles Rivera
Presidente
Sociedad de Historia de Penco

Sunday, August 09, 2015

ORGULLO Y DOLOR BAJO LA PIEL: LOS TATUAJES EN PENCO Y LIRQUÉN

Vista del puerto de Lirquén
Los tatuajes eran un asunto exótico en Penco. Se tenía la idea que quienes se tatuaban eran los piratas, los filibusteros y los maoríes. No se sabía de alguna persona que tuviera el cuerpo tatuado en la comuna. El tema pertenecía al mundo de las revistas y de las novelas de Salgari. Incluso Ray Bradbury escribió el cuento El Hombre Ilustrado, que narraba la vida de una persona con todo su cuerpo lleno de dibujos bajo la piel. O sea, los tatuajes fueron una materia lejana. Hasta que asomaron los primeros. Entraron por el muelle de Lirquén. Marineros del otro lado del mundo con ropas extrañas y lenguas ininteligibles llegaron con los brazos tatuados. Llevaban los dibujos en la cara interior del antebrazo y lucían sirenas, anclas, serpientes, leones, murciélagos e insignias de sus países. Contrayendo los músculos creaban la ilusión de que esas figuras de movían. Los tractoristas y los estibadores del puerto de Lirquén que eran los primeros en tomar contacto con estos extranjeros los miraban y admiraban.
Uno de esos días, un comerciante que detectó este deseo trajo a Lirquén un tatuador ambulante y lo instaló con una mesa y una silla a la salida del muelle, cerca de las líneas del tren. Y allí  mismo el hombre comenzó a hacer su trabajo. Tractoristas y estibadores podían elegir qué imagen colocar bajo el pellejo de los brazos y lucir así como esos marinos de costas lejanas. El experto tatuador que trajeron a Lirquén tenía un equipo rudimentario y carecía de mano suave… Así quienes querían parecerse a Sandokán y pagaban, tenían que estar dispuestos a sufrir un rato…
Imagen de referencia tomada de Imagi en internet.
Las bodegas de vino, donde algunos trabajadores apagaban sus penas o manifestaban sus alegrías, se convirtieron en los escenarios para exhibir sus nuevos tatuajes: serpientes, buques de vela, escudos, banderas, etc. Hasta que un amigo que era tractorista  de Lirquén y que no quería ser menos, se atrevió y un día después del trabajo, se presentó donde el extraño tatuador que hacía su pega ahí en la calle a la vista de todos. Eligió un ancla rodeada por una sorpiente.
Me lo encontré en la estación de Penco, pálido, con cara de preocupación. ¿Qué pasó? Me mostró el brazo, hinchado y rojo, inflamado. Me dijo que sentía un dolor enorme, como que se hubiera quemado con agua caliente. El tatuador seguramente no tenía ninguna preocupación por la higiene y tal vez le inyectó una infección a mi amigo con sus agujas. Debió presentarse en el hospital de Lirquén para atenuar sus dolores. Sin embargo, pasada una semana se recuperó y él también pudo mostrar orgulloso su antebrazo serpiente incluida. Así comenzó la era de los tatuajes en Penco.

Saturday, August 08, 2015

EN PENCO LOS AMIGOS SON ETERNOS

Pencones en su feria de los sábado en calle El Roble.
 
En Penco las amistades son eternas. Sabíamos de la salud de los vecinos, conocíamos incluso sus relaciones fuera de Penco. Si íbamos al cementerio, pasábamos a visitar las tumbas de los que se habían ido. Calaba hondo esto de la amistad. Eran amistades para toda la vida.
En Santiago es al revés. Las amistades existen, pero son instrumentales. Esto es que duran mientras nos sirven para un propósito concreto. Si ese fin no existe, adiós amistad. Aquí se oye con frecuencia “con fulano de tal somos compañeros de trabajo, no somos amigos”. La relación entre personas es distante. Para reafirmar este concepto, baste tener en cuenta el efecto de los pencones que vivimos en Santiago. Cada encuentro es como abrazar a un hermano, a un primo. La distancia calculada entre personas amigas aquí en Santiago hace que esta relación de amistad sea hipócrita, sin compromiso. La gente es sólo un medio para alcanzar un fin en la gran ciudad. La amistad en sí misma carece de significación para muchos, si no para la mayoría, de los capitalinos.
En Penco, recuerdo, nos  visitábamos sin aviso; la gente simplemente llegaba. Si era a la hora del almuerzo, se almorzaba a la suerte de la olla; si era a la once, un té o un café con lo que hubiera. Nadie se hacía anunciar para ir a visitar a alguien.
Aquí no, si hay onda, simpatía para una visita, hay que hacerle saber al anfitrión en forma anticipada. Tal es la cultura de una ciudad con seis millones de habitantes, no se sabe quién vive en el vecindario y si lo llegas a conocer, pronto desaparecerá porque se cambia de domicilio. No hay gente que viva establecidamente por mucho tiempo. Sólo en Penco es posible llegar a saludar a los conocidos que en realidad son amigos. El mundo social es quieto, casi todos se conocen. No hay sorpresas. Lo que he dicho puede resultar monótono, pero esa monotonía guarda el valor impagable de una amistad para toda la vida…

Thursday, August 06, 2015

PENCO Y TOMÉ PODRÍAN INTEGRARSE MÁS

Tomé, vista desde el cerro Navidad. Foto Wikipedia.
Un día en La Moneda tuve la oportunidad de conocer y conversar un par de minutos con la alcaldesa de Tomé, señora Ivonne Rivas. Ella concurría a una audiencia con el subsecretario de Desarrollo Regional. A la cita también asistían los otros alcaldes de la zona, el titular de Penco, Víctor Hugo Figueroa, entre ellos. Para prestarme atención a lo que yo iba a decirle, ella se apartó un poco del grupo. Le dije: “Alcaldesa, Tomé es la ciudad más bella de Chile, por su geografía, sus cerros, sus calles, su arquitectura, su balneario, sus barrios y su gente…” Ella sonrió con mi confesión seguramente porque la halló exagerada y me respondió: “¡Dígaselo a ellos, que lo escuchen clarito!” e indicó con el dedo a sus acompañantes, los otros alcaldes, quiénes no sabían de qué se trataba el cuento…
Ivonne Rivas, alcaldesa de Tomé.
¿Por qué este sentimiento hacia Tomé, que tuve la ocasión de comunicarlo directamente a su autoridad edilicia? Los fundamentos están en mi historia personal y en las subjetividades que asoman desde mi memoria y me evocan cuando visito esa ciudad. En una oportunidad, quizás en 1954, nos fuimos de Penco a Tomé para residir por un par de meses en una casa del cerro Alegre que estaba al final de una larga escala que daba a una plazuela. La casa tenía el patio que miraba hacia la bahía. La vista era increíblemente hermosa y vasta. El sitio que tenía unos manzanos, estaba en pendiente y terminaba en un cerco, después el terreno caía como un acantilado de varios metros de altura sobre la calle adoquinada. Cruzando la calzada estaba la estación ferroviaria. Yo me sentaba en un banco que había a la salida trasera y extasiaba mi vista con el mar, la isla Quiriquina, las operaciones de las máquinas de vapor en la estación local, la marcha del tren hacia Bellavista, Punta de Parra y su entrada en el túnel. Veía desaparecer el último vagón y la estela de humo que seguía emanando del boquerón. Yo pensaba con nostalgia que ese tren iba a Penco. Después miraba como trabajaban los estibadores con la carga de buques. Las naves anclaban varios metros más allá del cabezal del muelle y el trasvasije se realizaba con enormes lanchones negros de madera arrastrados por remolcadores. Esos faluchos hacían la interface entre el buque y el muelle transportando la carga, mayormente barriles de vino. Todo eso se apreciaba desde el patio de nuestra casa en el cerro Alegre.
Fui matriculado en la escuela número 47 situada en ese cerro, que hoy se llama República de Panamá. Llegué a mediados de año, proveniente de la escuela 31 de Penco. Yo iba en primero. El director del establecimiento tomecino, el señor José Tomás Aliaga Navarro, una persona muy agradable, me presentó ante mis nuevos compañeros. Recepción con aplausos. Debí estar unos tres meses allí para después regresar a Penco con nuestro nuevo cambio de casa. En la 47 protagonicé una anécdota que resumo: los alumnos estábamos formados antes de entrar a la sala, como se usaba antes. Mientras esperábamos la orden para ingresar noté que algo me molestaba entre los dientes, con un dedo intenté retirarlo, pero no pude. La formación de mi curso estaba justo bajo un árbol de ramas largas, así que estiré la mano y tomé y corté la ramita más fina para usarla como mondadientes. Una punta de esa ramita verde era filuda como una aguja, de modo que me la llevé a la boca. En ese mismo momento, la alumna que estaba a mi lado dio un grito aterrador que sorprendió a toda la escuela y mí. “¡Ayyyyyyyyyyyy… un palote!”. Todos gritaban y yo también comencé a gritar sin saber por qué. Se desarmó la fila, se desarmó el orden del alumnado y todos los compañeros huían despavoridos. Los alumnos y alumnas me miraban con caras de espanto como si yo fuera de súbito el causante del horror.  La razón es que yo tenía agarrado de una pata un palote, ésa era la ramita que saqué del árbol. Por eso cuando miré con detención mi mondadientes, me percaté que se movía, ¡era un palote! Lo lancé lejos (pobre palote) y también salí arrancando. Cuando pasó el susto, los profesores ordenaron de nuevo todas las filas y trajeron de regreso al patio a los alumnos y alumnas que arrancaron a la calle. Antes que finalizara ese año regresamos a Penco. Cuando me fui de la N°47 el señor Aliaga me hizo un regalo por buenas notas: un lápiz de grafito y una goma nuevos, que yo guardé como un recuerdo hasta hace un par de años.
En esa etapa de mi niñez recorrí otros cerros de Tomé: Navidad, Frutillar, Estanque. Conocí el interesante sector de California donde mis parientes tenían unas familias amigas. California está situada en un estrecho valle entre altos cerros tomecinos, en el inicio del camino a Rafael.
Cada vez que visito esa ciudad vienen a la mente esas imágenes. Por eso no tuve empacho en decirle a la alcaldesa que Tomé era una ciudad bella. Y siempre me pregunto por qué entre Tomé y Penco no hay más intercambios de actividades si somos comunas hermanas, vecinas, compartimos la misma costa y tenemos tanta historia relacionada gracias al pasado del ferrocarril. Hay montones de familias consanguíneas que se reparten entre Penco y Tomé. Sería cosa de manejar un par de ideas y hacer el intento…        

Monday, July 27, 2015

LOS "MEÑAQUES" QUE CAUTIVABAN A LA PENCONAS



Imagen tomada de www.edym.tv
La gente se las ingeniaba para ganarse unos pesos extras en Penco. Desarrollaba habilidades que le dieran resultados concretos. La abuela Evangelina, por ejemplo, junto con atender todos los menesteres domésticos aprendió y se hizo una experta en tejer a bolillos. Después de almuerzo ella se sentaba en un piso frente a su telar, un pequeño cajón con sostenía una almohadilla y comenzaba a jugar con sus manos y sus dedos entrecruzando artísticamente los hilos enrollados en los palos. Cada hebra del tejido procedía de un bolillo. Se sabía que estaba en esta actividad porque los palos sonaban cuando se golpeaban entre ellos siguiendo el ritmo que imponía la tejedora. Luego, ella iba fijando el avance de la orla con alfileres y un par de centímetros más atrás, se podía ver el fruto de su dedicación, un grueso rollo de encaje finamente tejido. Si hoy la pudiéramos mirar trabajando en su telar nos parecería una joven sentada en un piso digitando su notebook. Un niño que pudiera ver una foto de ella en esa actividad diría “qué computador más extraño”. Para ese niño imaginario la pantalla sería la almohadilla y los bolillos el teclado.
 
Los bolillos con forma de lápices de grafito colgaban de sus propios hilos enrollados a modo de carrete en sus extremos. Un telar era una poderosa atracción para los gatos y los niños menores. Por eso Evangelina guardaba bajo siete llaves tu equipo cuando ella no estaba a los mandos.

Foto tomada de www.edym.tv
Evangelina tejía estos encajes a pedido y los vendía por metros. Unos eran más anchos, otros más angostos, unos representaban pájaros, otros flores… dependía del cliente. Porque eran los tiempos en que las familias compraban las materias primas para fabricar las cosas de casa. Por ejemplo, un mantel. Se adquiría en la tienda el trozo de tela (por lo general en el almacén de Boeri) para ese propósito. La abuela Evangelina ponía el resto: la ornamentación para que el mantel luciera como Dios manda. Otra necesidad era engalanar las sábanas y las fundas de las cabeceras. Doña Evangelina proveía los encajes, que eran el valor agregado de belleza artística para esas prendas de cama, la fantasía. Sus clientas lucían orgullosas sus manteles con esos encajes primorosos que representaban aves, peces, ramas y flores tejidos por la abuela…

Para mi curiosidad ella llamaba a su producto “meñaque”,  tejía meñaques. Y con ese nombre los ofrecía y los vendía. La palabra no está en los diccionarios que he averiguado, sin embargo, descubrí después  que personas en Concepción también la usaban para referirse a un arreglo fino o para un trabajo que requería una dedicación especial, un artilugio, un virtuosismo, una cachaña.  Lidia, hermana de Evangelina, también tenía esta dote del tejido a telar y ambas eran tías de mi madre.

Sunday, July 26, 2015

BUSCANDO GENIOS ENTRE LAS FAMILIAS DE PENCO


Imagen referencial.
Rondaba en algunas casas de Penco la idea que los niños de la familia tuvieran alguna gracia. Esto era que destacaran en algo fuera de lo habitual. Porque los chiquillos de entonces no podían ser fomes y en ocasiones especiales y en lo posible debían sacar a flote su gracia y sorprender a las visitas. ¡Eso era tener alguna gracia!
O sea, exhibir las mejores notas, los cuadernos muy bien presentados, los zapatos relucientes, la camisa blanca limpia y almidonada era un asunto muy importante. Por ahí empezaba la cosa. Pero, debía seguir con algo más, por ejemplo saber ejecutar algún instrumento para que dado el caso de una reunión social,  mostrar esa virtud como algo inesperado…
Pocos, sin embargo, le hacían mucho caso a esta ilusión de sus padres y el concepto de la gracia se convertía en competencia: quién era el mejor para el trompo; quién el mejor para la pelota, para correr, para encumbrar volantines, para cargar leña seca y traerla desde el cerro. Y en este campo siempre había alguien mejor que los demás. Así los niños creían que era tener una gracia. Pero, también sabían que en el fondo no satisfacía la idea paterna de descubrir, quién sabe, la existencia de un genio en la familia.
A mí me sacaban adelante a cantar, o sea me tenía que saber de memoria alguna canción de esos años, tal vez una tonada. Y después del canto, a recitar se ha dicho. Había que saberse una poesía y gesticular con las manos muchas veces siguiendo coordinadamente el compás de los versos. Después venían los aplausos, los cumplidos y el té. Eso era lo más próximo a tener una gracia que yo podía demostrar.