Sunday, July 24, 2016

LOS PESCADORES DE PENCO DEJARON LOS BOTES A VELA Y SE CAMBIARON AL MOTOR FUERA DE BORDA

Vista de la bahía de Concepción tomada desde la salida sur del túnel de punta de Parra. La imagen del bote  a la vela está sobrepuesta con el propósito de graficar cómo se veían las embarcaciones de los pescadores en los años 50.
Me atrevería a afirmar --con pocas posibilidades de equivocarme--que no hay pescadores jóvenes en todo el litoral de la comuna, partiendo por la desembocadura del Andalién, siguiendo por Playa Negra, Penco, Cerro Verde, Lirquén y la Cata que conozcan el arte de navegar a la vela, como lo hacían sus abuelos. En el siglo XX el aparejo de pesca incluía, además de las redes, el palo central de la chata y el par de velas triangulares tan familiares entonces en el horizonte de la bahía. Además de saber lanzar las redes en el punto preciso o instalar las carnadas, el pescador debía ser diestro en el manejo de la vela y el comando del timón. Hoy en día no se ven botes con velamen desplegado, sólo se observan deportistas solitarios deslizándose con windsurf porque para adentrarse en la bahía en alguna embarcación están los motores fuera de borda. Ni los remos se emplean como antaño.
Las velas las fabricaban los propios pescadores. Las hacían con un material llamado “tela de buque”, que era un trapo muy grueso, áspero y pesado tejido en algodón, color blanco invierno. Ellos le daban la forma de triángulo escaleno, uno de cuyos vértices quedaba sujeto en la punta del mástil y los otros dos vértices se ataban a un palo horizontal, móvil, perpendicular en la base del asta. Desplegada la vela principal ésta podía ser dirigida de derecha a izquierda y viceversa dependiendo de dónde proviniera el viento. La vela menor, pero de la misma geometría se instalaba hacia la proa. Era un espectáculo ver las chatas con velamen tanto como el procedimiento de los pescadores por instalar dichos implementos. Jalaban un cordel que pasaba por una roldana en la punta del mástil para izar la vela. Sin duda la tela --repito-- era muy pesada porque los pescadores hacían mucha fuerza para ponerla en su lugar. En una oportunidad con mi madre estábamos en la playa viendo esta operación, cuando a los hombres se les soltó la vela y cayó directo al mar. Ella se llevó las manos a la cabeza por el incidente lamentando el problema. Estaba convencida que la tela mojada se pondría doblemente pesada para volverla a su sitio ¡qué mala suerte!, decía ella. En efecto, tuvieron que venir más personas a socorrer a los pescadores para ayudarles a izar la vela empapada. Momentos más tarde, ellos pudieron navegar mar afuera.
Los botes o chatas dotados de vela viajan más rápido que el monótono ritmo de remos. Remar también es un asunto difícil, de coordinación;  no hay que clavar mucho las palas en el agua, hay que forzarlas apenas bajo la superficie. Remando fuerte se recorría el riesgo de romperse la espalda si en uno de los enviones se quebraban los toletes, esos puntos de apoyo de los remos. Las velas fueron un auténtico medio de navegación respetuoso del medio ambiente. Los pescadores de esos años usaban nada más que la fuerza del viento para recorrer la bahía o, incluso, salir a mar abierto a diferencia de lo que ocurre con los motores fuera de boda que son más costosos, queman combustible, meten ruido y contaminan el aire y el mar.

Después de una jornada de pesca en Penco era común ver a los pescadores trabajar en la playa de Gente de Mar en la reparación de sus redes. Las remendaban con enormes agujas de madera. Y los más forzudos se entretenían arreglando las velas; con grandes agujas de acero repasaban los bordes para evitar que la tela se deshilachara; también zurcían los agujeros. Y al día siguiente, de nuevo a la mar. Y otra vez el espectáculo de montar el velamen sin mojar el paño --un desafío para los expertos-- y largarse hacia el centro de la bahía, o todavía más allá, empujados por brisa helada del suroeste, el rico viento de Penco.

Saturday, July 23, 2016

ESPLÉNDIDO LANZAMIENTO DE NUEVO LIBRO DE HISTORIADOR DE PENCO BORIS MÁRQUEZ


NOTA DE LA EDITORIAL: El texto de el presente post fue redactado por Jaime Robles Rivera, presidente de la Sociedad de Historia de Penco.
Boris Márquez, autor del libro se dirige a los presentes; en la testera, el prologuista e historiador penquista Armando Cartes Montory.
El pasado miércoles 20 de julio, fue un día frio y lluvioso, como lo es casi todo el invierno penquista. Pero en horas de la tarde de ese día, a pesar que el clima seguía igual de hostil, penquistas y pencones nos dimos cita en la Biblioteca Municipal de Concepción para acompañar a nuestro coterráneo Boris Márquez Ochoa, al alumbramiento de su tercer hijo de papel y tinta.
Su primer libro lo dedicó a los albores de la cerámica y la loza de Penco, el segundo nos permitió hacernos una idea cabal del inmenso aporte del naturalista e investigador Carlos Oliver Schneider; ahora se completa el relato de su primer trabajo al llevarnos en un notable recorrido por la cerámica decorativa de la más alta calidad, cuyo origen no podía ser otro que el de los hornos de Penco.
Una muy buena concurrencia tuvo el lanzamiento del libro del historiador pencón, Boris Márquez Ochoa.
"Las Piezas del Olvido: Cerámica decorativa en Penco 1962 - 1995", que así se titula este último trabajo de Boris, fue presentado en sociedad en emotiva ceremonia. No podía ser de otra manera, ya que este libro es el resultado de la generosidad no solo de su autor, quien ha vertido en su creación un valioso tiempo y energías, restados a su familia, que responden a ello con infinita comprensión y apoyo.
Digo generosidad no solo del autor, porque al recorre las páginas finamente ilustradas y de una calidad gráfica que ya se lo quisiera cualquier publicación, podemos reparar en que fueron no pocos quienes pusieron a disposición de esta aventura, sus más queridas piezas de cerámica, atesoradas porque son valiosas en sí mismas por ser objetos difíciles de pesquisar, y en la mayoría de las veces, porque son muy estimados testimonios de cada familia locera, que van pasando y siendo ofrendados de generación en generación. Además antiguas loceras y antiguos loceros entregaron sus relatos, recuerdos cargados de añoranza de tiempos que sin ser probablemente mejores, si fueron plenos de satisfacciones. Agradecemos a estos alfareros que ceden en sus memorias, parte de lo que hoy marca la identidad de nuestro Penco.
Boris Márquez en plena intervención durante la ceremonia.
Fue más de un centenar los concurrentes al lanzamiento del libro referido, quienes recibieron los saludos a su llegada del propio Boris Márquez. Luego ya iniciada la ceremonia primeramente hace uso de la palabra Jaime Robles Rivera, en representación de la Sociedad de Historia de Penco, puesto que Boris es socio de dicha institución, destacando en su discurso la prolífica producción editorial del autor y con gran proyección por cierto, dada su juventud.
Seguidamente pasa a presentar la obra propiamente tal "Las Piezas del Olvido: Cerámica decorativa en Penco 1962 - 1995", el prologuista del libro, destacado historiador del Bio Bio, Armando Cartes Montory, quien dentro de su exposición hace notar la importancia del libro para poner en valor piezas que son únicas, y que superaron en mucho a sus similares de la época. Armando indica que una vez aparecido el libro, su titulo pierde sentido, ya que a partir de ahora, la cerámica decorativa de Penco, no son piezas del olvido, pues será imposible olvidar lo que ha quedado perpetuado en bellas y técnicamente muy bien logradas fotografías. Cabe aquí referir el notable aporte de Siegfried Obrist, quien es el responsable del diseño y grafica del libro, gran trabajo.
Seguidamente, le corresponde al propio Boris Márquez Ochoa dirigirse a la audiencia, para compartir su alegría, son palabras llenas de emoción en las que refleja el apego a su tierra natal, Penco. Comparte esta nueva satisfacción con su señora Nicol, y con sus tres pequeños hijos, Millaray, Martina y Agustín. Aún más emotivo el momento en que le dedica este trabajo a su madre, y el público se hace cómplice de esos sentimientos con un espontáneo aplauso.
Las palabras de Boris avanzan, se entusiasma, se distiende, muestra un relato entretenido, con matices, además de historiador, es un buen comunicador. Estas palabras también van haciendo compromisos, por seguir la senda de la investigación en torno a Penco y su historia. Satisfechos y expectantes por lo que vendrá, quedamos quienes oímos este prometedor anuncio.
En este reflote de la obra locera, Boris ha encontrado los mejores aliados, tal es el caso de los trabajadores loceros, los de hoy y los de antaño. Su anterior publicación dedicada al tema fue presentada hace ya dos años, en el Hogar Sindicato Industrial Fanaloza, el que en Penco siempre lo referenciamos como “el que está al lado del río”. Pues bien, su actual Presidente, Don Luis Ascencio, también quiso dedicar unas palabras a Boris y su trabajo. Muy agradecido se mostró con todo lo que se ha logrado en estos años de refrescar la memoria a través de los libros, y otras acciones emprendidas al alero de la Sociedad de Historia de Penco. Don Luis, hacia el final de sus palabras, pidió a Boris Márquez acercarse para recibir un obsequio, que no podía ser otro que uno nacido de la arcilla; un plato de loza conmemorativo, bellamente decorado con una imagen de la fábrica Fanaloza de los años 40. Significativo es que la leyenda del plato consigne que es un obsequio de los “veteranos de Fanaloza Penco”; Veteranos cuales sobrevivientes de una contienda de la que otrora resultaran victoriosos. Que fuerte este concepto, pensando en la responsabilidad de los loceros jóvenes, herederos de este legado.
Finalizando este muy evocador encuentro, Boris quiso hacer un justo homenaje a distintas personas que colaboraron en su trabajo, la mayoría presentes en ese momento, otros cuya partida se adelanto al nacimiento del libro. Así pasaron adelante y recibieron un ejemplar dedicado con sentidas palabras,  los pintores y decoradores Pedro Retamal, Sergio Barra, Ana Oñate, Gastón Delgado, Grace Zuchel por su padre Roberto, Ingrid Merlot por su esposo Roberto Benavente y Mary Mejías fundadora junto a su esposo Hernán Díaz Roni de Cerámica San Juan.
Boris Márquez, al centro de la foto; a la derecha, don Nicanor Ascencio ex trabajador de Fanaloza y Luis Ascencio, presidente de la Federación de Trabajadores Loceros.
De esta manera llegamos al punto final de la presentación de "Las Piezas del Olvido: Cerámica decorativa en Penco 1962 - 1995". Debo decir que de las muchas presentaciones en la que he participado, ésta me pareció especial, marcada por la emoción, por la evocación y el redescubrimiento y puesta en valor de un orgullo pencopolitano, la cerámica decorativa de Penco.
Un galardón de origen locero
recibió el autor del libro.
Un abrazo nuevamente para Boris Marqués Ochoa, un abrazo cargado de expectativa, en la nueva producción editorial que pronto nos regale, para traer al hoy, los testimonios de la historia de quienes ayer fueron los cimientos de nuestro pueblo y de la ciudad que hemos construido, este Penco que sorprende al leer su andar de tantos siglos.



Saturday, July 16, 2016

UN VIAJE A LA FÁBRICA DE SUEÑOS EN ROMA QUE TAMBIÉN HIZO SOÑAR A LA GENTE DE PENCO


La actriz sueca Anita Eckberg, en la tórrida escena de la Fontana di Trevi, de "La Dolce Vita", dirigida por Federico Fellini (1960).
La Fontana di Trevi, Roma, julio de 2016, atestada de turistas provenientes de todo el mundo.

La única conexión que había entre el modesto teatro de la Refinería de Penco y los estudios cinematográficos de Cinecittà en Roma estaba en mi cabeza o en mi corazón. Por eso, el segundo día de mi visita a la Ciudad Eterna decidí ir hasta allí para desenredar esa mezcolanza irracional de la enunciada conexión. Bastó subir a un vagón de la línea 2 del metro (color naranjo) en la estación de Termini. Cinecità es además el penúltimo paradero de esa línea a 9 kilómetros del casco antiguo de Roma, en el número 1055 de la vía Tuscalona.
El frontis del museo Cinecità, en las
afueras de Roma.
Cuando poco tiempo antes le había preguntado en Santiago a un amigo italiano sobre ese lugar, me dijo “hace muchos años que no voy, pero recuerdo que estaba en el campo”. Y comprobé que no es tan distinto; unas lomas al otro lado de la avenida daban el aspecto de un terreno semi urbano. Fue lo que vi tan pronto salí de la estación y ahí mismo  me encontré con el frontis del recinto: “Cinecittà”, ¡qué emoción! Si por esas mismas puertas pasaban estos personajes:  Gregory Peck, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Frank Sinatra, Kirk Douglas, Liz Taylor, Richard Burton, Clint Eastwood, Monica Vitti, Katherine Spaak, Vittorio Gassman, Adriano Celentano y directores como Federico Fellini, Luchino Visconti, Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Robert Wise, Joseph Mankiewicz, William Wyler, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Por citar sólo unos cuantos.





Audrey Hepburn y Gregory Peck en 'Vacaciones en Roma', rodada en Cinecittà en 1953.



Y ahí estaba yo a punto de entrar, en mi porfía por conocer y desentrañar esa conexión tan subjetiva como insignificante que rondaba en mi cabeza… Luego de pagar cinco euros ingresamos en compañía de mi hijo. Se abrió ante mis ojos un enorme jardín o parque con prados, flores, estatuas, senderos de cascajos y muchos pinos “piñoneros”, clásicos del paisaje romano. Ese espacio donde estaba parado lo inauguró el dictador Benito Mussolini, conocido como “Il Ducce”  en 1937 y él fue quien puso la primera piedra un año antes. Al fin y al cabo el cine fue uno de los principales medios de la propaganda fascista, y en Cinecittà se rodaron 17 películas de ese tipo. Mussolini tiene que haber sido un tipo muy intruso y desagradable porque en unas imágenes lo muestran haciendo el papel de camarógrafo en una de aquellas producciones.
 




Sofía Loren llegó a Cinecittà para un rol secundario en los años 50. La escena corresponde a la película "Ayer, Hoy y Mañana", de Vittorio de Sica (1963).
Durante la Segunda Guerra Mundial ese parque enfrente de mí fue un campo de concentración de personas civiles opositoras al fascismo. Además, los nazis expoliaron los estudios, se dice que se llevaron 16 vagones de ferrocarril cargados con estatuas, elementos de escenografías, cámaras de cine, etc. Y en vísperas de la rendición, como si hubiera sido poco, los aliados bombardearon a discreción el lugar. Pero, luego de la guerra, Cinecittà se recuperó rápidamente gracias a incentivos del gobierno italiano. Sin embargo, fue durante la década del 50 en que inició la producción de obras inmortales:  se realizaron más de 3.000 películas de las cuales 90 obtuvieron la nominación al Oscar y 47 lo ganaron: desde superproducciones como 
La actriz norteamericana Elizabeth
Taylor, en Cleopatra.
¿Quo Vadis? , Ben Hur (que todavía mantiene su récord de 11 estatuillas ganadas) y Cleopatra, hasta la decadente genialidad de Fellini: La Dolce Vita… y más…




Esos estudios representaron  la industria cinematográfica más importante de Europa, un “país de las maravillas” de más de 40 mil metros cuadrados donde durante 70 años nacieron aquellas obras más notables del cine italiano y mundial. La historia llamó a esos estudios “la fábrica de sueños", pero también fueron una fábrica de dinero. Precisamente recordé hace muchos años haber leído una afirmación de Fellini, el extraordinario director para referirse a Cinecittà:

“La han definido como la fábrica de sueños: un poco banal, pero cierto…/ Para mí es el lugar ideal, es el vacío cósmico que precedió al Big Bang".
El director italiano Federico Fellini (1920-1993).

Y fue en esas grandes producciones que hallé la conexión de ese lugar con Penco, porque todas esas películas increíbles las vimos en el telón del teatro de la Refinería. Era un sueño ver entonces con nuestros propios ojos aquellas actrices, actores,  escenas, caracterizaciones, música y tramas en trabajos maestros realizados por artistas audiovisuales anteriores a la televisión. 
Sin embargo, durante mi visita reinaba un curioso silencio sólo interrumpido por el zumbido del viento en las copas de los “piñoneros”. Me sobrevino esa extraña sensación parecida a cuando uno ha llegado tarde a un lugar, cuando nos damos cuenta que todos los invitados importantes ya se han ido. El espacio está ahí, claro, pero sólo quedan los mozos retirando las mesas y las sillas. Y leo, precisamente, que el estado italiano tiene previsto vender Cinecittà para un proyecto inmobiliario… Entonces camino por el sendero de cascajos que me conduce a uno de los tres estudios abiertos para las visita. En el primero hay dos pantallas donde se ven escenas de la historia: Mussolini, rodeado de militares adeptos, colocando la primera piedra, cortando la cinta, filmando, riendo, aplaudiendo. Bueno, no en vano, el propósito era equilibrar la industria cinematográfica europea frente al pujante Hollywood en Norteamérica. Y los italianos lo consiguieron.
Vittorio Gassman conduciendo su legendario "Aurelia" junto a Jean Louis Trintignant. La escena corresponde a la película Il Sorpasso (1962) dirigida por Dino Rissi. (Lamento no haber podido encontrar el "Aurelia" en Cinecittà).


En otros pasadizos oscuros están los vestuarios: el traje negro de Anita Eckberg en La Dolce Vita, el que usó Elizabeth Taylor en Cleopatra, armamentos antiguos utilizados en ¿Quo Vadis?, yelmos de Ben Hur. Y ahí se justifican nuevamente las conexiones subjetivas entre lo que fue esa poderosa industria de sueños y aquellos estados de trance en que nos sumergíamos viendo esas películas en las butacas o escaños del teatro de la Refinería. Y así continuó mi recorrido por las distintas salas de la muestra. Poco público, nadie a quien preguntarle nada. Me embargó el sentimiento de una profunda soledad, de una nostalgia sin límite, de estar viviendo hoy en otro tiempo. Porque son muy pocos los que se acuerdan de ese particular encanto que sorprendió a millones de personas en el mundo. Si ni siquiera existe el teatro de la Refinería donde la magia del cine se apoderaba de nosotros la gente de Penco y Lirquén. Cuando recorremos el tercer estudio, donde están muestras de las producciones de los spaghetti westerns, finaliza el paseo. A la salida, pero siempre dentro del espacio de Cinecittà, hay un agradable café para conversar sobre la experiencia de la visita y al lado, existe una tienda de merchandising: llaveros, gorros, poleras, tazones, etc.
Una vista interior del parque de Cinecittà (julio 2016).
Con mi hijo abandonamos el recinto a eso de las 7 de la tarde. La estación de metro está a dos pasos del frontis en la vía Tuscolana. En 45 minutos estamos de regreso en el centro de Roma, donde el bullicio nos inunda por todos lados. Allá en el campo, en las afueras de la capital italiana quedó el museo de Cinecittà con sus sueños del pasado y su remota pero importante conexión con Penco de aquellos años.  
El autor de este post en el museo del cine italiano.
Abajo, la estatua de la Venusia de la película "Casanova", de Federico Fellini (1976) que fue rodada íntegramente en los estudios de Cinecittà.



Wednesday, July 13, 2016

EL DIARIO TRAQUETEO DE UN TREN POR UNA CALLE DE PENCO

Así debió verse el tren de la Refinería avanzando por calle Talcahuano. Las locomotoras eran pequeñas pero de trocha normal. Hasta hace pocos años aún podían verse rieles del tendido de este ferrocarril en esa calle entre Freire y línea férrea. Ya que no tenemos fotos de entonces para ilustrar este post, presentamos esta imagen de fantasía. 
Mucho se ha hablado –y se seguirá hablando—del pequeño tren de la Refinería que se desplazaba por calle Talcahuano llevando insumos y productos para y desde la industria. Como pocas ciudades en Chile Penco vivió por años la experiencia de tener un ferrocarril urbano; Coquimbo, en la IV Región también lo tuvo. Pues bien, este trencito –llamémoslo así—tenía su línea tendida entre CRAV y el muelle de la empresa. Esto significaba que el trazado cruzaba perpendicularmente la línea Concepción-Chillán. Había un mecanismo que permitía que el cruce no presentara problemas. El trencito avanzaba por el muelle que se iniciaba en calle Talcahuano. Luego que los carros eran cargados con los sacos de azúcar desde las naves, regresaban a la fábrica recorriendo tres cuadras: línea férrea-Freire; Freire-Las Heras; Las Heras-O’Higgins; y de ahí entraba por el gran portón hacia la industria. Era una rutina diaria esto del tren urbano, con sus locomotoras a vapor y una a petróleo, yendo y viniendo. Los pitazos se sentían en todo Penco. Las locomotoras se hacían anunciar para evitar accidentes o para espantar a los chiquillos que se subían a los carros para sacar azúcar cruda a puñados, echársela al bolsillo, saltar con el tren en marcha y escapar corriendo. A eso de las tres de la tarde, la zalagarda de ruidos de vagones metálicos, el rechinar de los frenos de las ruedas de acero, el reinicio a duras penas de la marcha de las máquinas a vapor,  los silbatos eran el pan del día. Sin poder evitarlo, estas faenas interrumpían las siestas de los pencones quienes despertados de súbito se daban vuelta sobre sus camas para acomodarse y seguir la modorra. Qué decir, cuando había alguna locomotora sufría una pana en la calle. El tren quedaba detenido obstruyendo el paso por las esquinas mencionadas. Afortunadamente había un escaso parque vehicular en esos años. Igualmente, enfrentados a esa situación algunos conductores atascados, echaban marcha atrás, se daban la vuelta y preferían tomar la calle Penco Chico para empalmar con el camino a Concepción y evitar la pérdida de tiempo. Aquel ferrocarril urbano tenía su propia dinámica de trabajo. Las máquinas eran mantenidas por personal dedicado. Aquellos debían preocuparse porque tuvieran carbón suficiente, el nivel del agua, las calderas, los frenos, los instrumentos, todo tenía que estar en regla. Quienes hacían esta labor eran los “caldeadores”. Ellos entraban a trabajar todos los días a las 4 de la mañana y su tarea consistía en encender el fuego, disponer del agua necesaria en los estanques y elevar la presión del vapor hasta conseguir que las máquinas estuvieran en condiciones de trabajar. Los operadores de las locomotoras, o sea, los maquinistas entraban a las 8 de la mañana, subían al habitáculo y todo estaba listo para ponerla en movimiento. Justo a las 8, los "caldeadores" se retiraban de la fábrica. Si bien levantarse a las 3 de la mañana para entrar a trabajar a las 4 era un sacrificio, a las 8 tenían su pega terminada, hasta el día siguiente; por eso había gente que les tenía envidia, por las pocas horas en la fábrica y por las hartas horas en casa.
Esta fue la entrada de las locomotoras a la Refinería en la esquina de O'Higgins y Talcahuano. Cuando el tren terminó, se retiraron los rieles y se pavimentó el acceso porque a partir de entonces, se comenzaron a usar camiones.

 El tren urbano perdió importancia cuando el azúcar comenzó a descargarse en Lirquén y era traído en camiones a la fábrica. Además el muelle refinero se había destruido. Sin razón para existir, el sistema ferroviario industrial pencón fue demantelado, las líneas fueron levantadas y retiradas, quedando la calle Talcahuano con un ancho mayor que el promedio de las calles de Penco. Este cambio muy notorio se produjo a finales de la década de 1950. Fue la primera señal que se avecinaban cambios profundos. Poco más de veinte años después, la Refinería cerró. Uno de aquellos maquinistas que operaron locomotoras a vapor en CRAV en los años 30 y  40 fue don Tomás Segura, un lejano pariente del autor de esta nota; vaya para él mi agradecido recuerdo.
Las bodegas estaban ubicadas en calle Talcahuano, no en Membrillar. Las líneas ferroviarias confirman que era la calle de la Refinería y la entrada del muelle.

En encuentro de las líneas perpendiculares se observa en esta foto histórica en el final de la calle Talcahuano. 

Unas de las locomotoras aparcada en la fábrica . Ejecutivos de CRAV posan para la foto. 

El muelle de la Refinería al final de la calle Talcahuano.


Friday, July 08, 2016

PRESENTAN LIBRO DE BORIS MÁRQUEZ SOBRE LA LOZA ORNAMENTAL QUE PRODUJO PENCO

El historiador Boris Márquez Ochoa lanza nuevo libro sobre la loza de Penco.
NOTA DE LA EDITORIAL: El texto que presentamos en este post fue preparado por Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco.
 
Hace menos de un año estábamos felicitando a Boris Márquez Ochoa, nuestro compañero de ruta, desde que fundáramos la Sociedad de Historia de Penco, por la publicación de “Carlos Oliver Schneider, Naturalista e Historiador de Concepción”, libro que hizo justicia al legado de tan notable naturalista e investigador biobense, al cual Penco en lo particular debe los primeros esfuerzos del rescate y puesta en valor del patrimonio local.
Ahora Boris nos presenta un nuevo trabajo; que viene a cumplir con el compromiso asumido con sus lectores hace unos pocos años, cuando publicó "Cerámica en Penco: industria y sociedad 1888-1962".

Recordamos su lanzamiento en Penco, en el mejor escenario posible para dicha obra, como fue el añoso gimnasio del Sindicato Fanaloza; de ese valioso primer documento, que permitió conocer con detalle el derrotero de la industria, desde la artesanal alfarería hasta la evolución que llevó a los más altos sitiales la cerámica de Penco.
Ahora el autor va por la comprometida segunda parte, que toma la línea de tiempo a partir de hasta donde el anterior libro nos llevó, aquel por varios motivos recordado año 1962.
De ahí el nombre de este nuevo trabajo: "Las Piezas del Olvido: Cerámica decorativa en Penco 1962 - 1995"
Precisamente iniciada la década de 1960 es cuando Fanaloza inicia su aventura en la cerámica decorativa, la que luego se consolidará a mediados de los 80's, y más allá de Fanaloza o Lozapenco , cuando Cerámica San Juan muestra los últimos retazos de tan noble factura alfarera.
Cómo no traer a la memoria la famosísima línea Bone China, la porcelana de ceniza de hueso, que comienza a ser el producto estrella a partir de 1964. De allí en adelante, aparecerán innumerables piezas, verdaderas obras de arte que son hijas de la inspiración y el talento de artistas que han quedado en la memoria colectiva como referentes de Fanaloza, es el caso del Maestro Hugo Pereira, por nombrar a quien, quizás póstumamente, más ha trascendido al paso de los años.
Encontraremos en sus páginas testimonios de los protagonistas de esta época dorada, llamándome la atención aquellas que recogen la experiencia de quienes pusieron con sus manos la decoración, con meticuloso detalle en cada pieza, como si de un ser único en sus manos se tratara. Reconoceremos los nombres y sus rostros, de aquellos que hicieron aquella historia.
El libro nos regala fotografías de notable calidad, que constituyen un verdadero catálogo de lo que la empresa fue capaz de entregarle al mercado nacional e internacional, y que hoy constituyen piezas de colección, de alta estima para los conocedores y amantes de tan delicados trabajos, uno de los cuales, me consta, es el propio autor.
Cabe aquí un, espero no indiscreto, agradecido episodio compartido en casa de Boris y su familia: habiendo sido invitado a su hogar para acompañar una grata tertulia, disfruté de una muy deliciosa taza de té... cuando de sorbo en sorbo, voy reparando que la taza en la cual me he servido el brebaje, es nada menos que una de esas legendarias piezas de colección, que ya se la quisiera cualquier museo de la cerámica (un sueño atesorado por Boris, que estoy cierto, más pronto de lo esperado alcanzará). Toda una experiencia. Lo más cercano a una "once patrimonial".
No es el ánimo de estas líneas adelantar más allá de lo prudente, el contenido del libro en cuestión. Dejemos la tarea primero a las páginas ávidas de ser leídas y re leídas; y antes de que cada cual tenga su ejemplar a mano, les invitamos a encontrarnos con Boris y sus cómplices en este esfuerzo editorial, para escuchar de primera fuente más detalles del libro "Las Piezas del Olvido: Cerámica decorativa en Penco 1962 - 1995", por ello, en nombre de la Sociedad de Historia de Penco, les convoco a reunirnos el miércoles 20 de julio a las 19:00 hrs., en la Biblioteca Municipal de Concepción, a la presentación de la obra.
Aunque sea obvio, me permito señalar que muy pronto también haremos la presentación de este libro, en las tierras que le son propias, en las tierras alfareras de Penco.

Thursday, June 23, 2016

DON JUANITO RIFO NOS CONTÓ EMOTIVOS RECUERDOS DE SU VIDA EN PENCO


Don Juanito Rifo Benítez rememora el pasado de Penco.
Conversar con don Juanito (ése es su nombre, no Juan) Rifo Benítez es zambullirse en imágenes retrospectivas de Penco hasta 1938, año en que él llegó con sus padres y sus hermanos procedente de su nativo Curanilahue. Para entonces tenía poco más de 14 años (actualmente está por cumplir 92). Su familia la integraban su padre, don Manuel Rifo; su mamá la señora Rosa Benítez; y sus hermanos Manuel, Orlando, Miguel, Elena y Rosa. La fuerza productiva que exhibía Penco fue el atractivo que tentó a los Rifo Benítez a trasladarse desde una ciudad deprimida por los conflictos de las minas de carbón. La opción del la mudanza ofrecía una posibilidad de éxito: cuatro de sus integrantes varones tocaban instrumentos, eran músicos y Fanaloza necesitaba robustecer su banda, tipo orfeón. Así que las posibilidades de afincarse eran buenas. Por sí solos los Rifo Benífez formaban una banda: Juanito ejecutaba el barítono; Manuel, el requinto; Manuel padre, el bugle; y Orlando era el redoblante, hacía la percusión. En Penco, el maestro Encina, director de la banda de Fanaloza, los recibió con los brazos abiertos. Así fueron integrados de inmediato al orfeón local. Traían sus propios instrumentos y hartos pergaminos, en Curanilahue habían tenido una sólida formación en la banda local. El orfeón locero inició presentaciones en la ciudad y en el teatro de Fanaloza, aquel que funcionó en Cochrane con Infante, en el solar que con posterioridad ocupó el edificio de la administración de la fábrica. Después que la banda de Fanaloza se disolvió se integró al orfeón de la CRAV mientras él seguía laborando en la industria locera.
 
“Venirnos a Penco fue una buena decisión y un salto tremendo para nuestra familia. En Curanilahue donde vivíamos, las minas estaban paralizadas, la situación de entonces era muy difícil”, nos dice don Juanito en una conversación que nos concedió recientemente en su casa de calle Penco. Sin embargo, el terremoto de 1939 fue un golpe muy violento para los Rifo Benítez con pocos meses de residencia en Penco. La familia vivía en calle El Roble entre Freire y Las Heras. Al consultarle sobre aquella experiencia, nos relata amargos detalles: “Con mis hermanos ya estábamos acostados. Cuando vino el movimiento comenzamos a tratar de abrir una ventana que daba a un patio interior. Logramos salir y quedamos en una zona segura. Mi hermano Manuel vio que mi madre se levantó y trató de huir, pero se devolvió para rescatar a nuestra hermano menor, Miguel de 3 años, que estaba en su cuna…” En este punto de su narración, don Juanito hace un silencio fruto de la emoción causada por ese recuerdo. Aquella noche fallecieron su mamá y dos de sus hermanos: Miguel y Orlando. Don Juanito recuerda también otros aspectos curiosos de ese terremoto: “Estaban dando una función en el teatro de la Refinería a la hora del sismo. Y resulta, según lo que contaron quienes estaban asistiendo a la proyección nocturna, que la película justo en ese momento estaba mostrando grandes derrumbes, por eso al comienzo del movimiento la gente no entendía si el terremoto era real o formaba parte de lo que estaba en la pantalla”.
 
Superar aquella tragedia tardó años, pero en el intertanto, se preocupó de su futuro personal. Tenía muy claro que la formación de escuela primaria recibida en Curanilahue no era suficiente para mirar hacia adelante, así que estudió en el liceo N° 1 de Concepción y siguió otros cursos por correspondencia. Hasta que se decidió por ingresar a la Armada. Allí surgió la posibilidad de seguir una carrera universitaria y se matriculó en odontología en la Universidad de Concepción. Sin embargo, para poder sacar su título tuvo que tomar una decisión arriesgada: dejar la marina para seguir en serio su formación profesional. Aquellos fueron años difíciles, por la falta de ingresos. Su apuesta y su empeño dieron sus frutos: obtuvo su título de dentista en 1964, a la edad de 40 años. De ese modo pudo reingresar a la Armada, donde se desempeñó en la Escuela de Grumetes.
El alcalde Víctor Hugo Figueroa, junto al matrimonio Rifo Carrasco, en una ceremonia de reconocimiento a la vida en familia realizada en Penco el 2015.
Es casado con Leticia Carrasco Vera. El matrimonio tuvo tres hijos: Carmen (fallecida hace unos años), María Amelia y Alejandro. ¿Cómo era Penco cuando usted llegó a esta ciudad? Responde: “El ambiente era muy agradable aquí. Cuando llegué lo primero que me aprendí de memoria fueron los nombres de las calles. Yo supe entonces, casi el primer día, que me quedaría a vivir aquí para siempre”. ¿No pensó en regresar a Curanilahue? “No, eso lo descarté desde el mismo momento que nos instalamos acá”.
 
En Penco el matrimonio Rifo Carrasco ha obtenido varios reconocimientos por su trabajo de apoyo a obras sociales. Don Juanito fue presidente del centro de padres de la ex escuela 90 por una buena cantidad de años. Por varios períodos fue presidente del liceo Pencopolitano. Desde 1966 se incorporó a los trabajos con la parroquia local junto al padre Jorge Fajardo y los padres redentoristas, una colaboración que se prolongó por cuarenta años. Integró el comité pro hogar Santa Catalina para niñas en riesgo social.
 
A su edad Juanito Rifo Benítez goza de buena salud y mantiene la gentileza, la cordialidad, la mirada cálida y la sonrisa de siempre. Afirma que dejó de ejercer como dentista a los 80 años y que hoy sigue muy interesado en actividades de ayuda social. Es una persona disciplinada, hace ejercicios y practica natación todas las semanas en la YMCA penquista, donde ha hecho de grandes amigos. Junto a su señora Leticia forman uno de los matrimonios más antiguos y queridos de Penco. 
 

Saturday, June 18, 2016

LOS NIÑOS DE PENCO TAMBIÉN CANTABAN LA HISTORIA DE MAMBRÚ


John Churchill, conde
de Marlborough, conocido como "Mambrú".
El premio Nobel de literatura, el colombiano Gabriel García Márquez, escribió haciendo referencia a Mambrú: 

“Tal vez la primera canción que aprendí de memoria en la escuela montesoriana de Aracataca, a los cuatro años, fue la que todo el mundo conoce: Mambrú se fue a la guerra qué dolor qué dolor qué pena…” 

Y, como en la colombiana Aracataca, en el chileno Penco ocurría exactamente lo mismo. En la escuela cantábamos “Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá.” 

Mambrú es el sobrenombre en español de John Churchill, conde de Marlborough, quien integrando el ejército inglés se enfrentó a los franceses en la batalla de Malplaquet (1709), en el contexto de la guerra de Sucesión Española. Los franceses, a pesar de haber perdido, dieron por muerto a este general anglosajón  y crearon la canción burlesca que conocemos. 

…”Mambrú ya se ha muerto, lo fueron a enterrar, Mambrú no vuelve más”, decía la canción infantil que se oía en Penco. La letra original francesa se atribuye a Madame de Sévigné. Sin embargo, García Márquez va todavía más lejos y dice que seguramente la letra la hicieron los soldados –tal vez soldados rasos--. Pero, lo más sorprendente de esta canción infantil es que la melodía es mucho más antigua y es de origen árabe. Según Chateaubriand la llevaron a Europa lo cruzados en el siglo XIII.  

También hay otra versión de Mambrú, creada por los ingleses que dice en el estribillo: “for he is a jolly good fellow” y que en nuestros países sudamericanos se canta: “porque es un buen compañero…” 

Lo cierto es que la canción es considerada una de las más antiguas en el ámbito infantil, con letra del siglo XVIII y música del siglo XIII. Lo más curioso fue que el conde Marlborough, Mambrú, no murió en Malplaquet y regresó a Inglaterra, a pesar de lo que dice la canción.
La Batalla de Malplaquet (1709), WIKIPEDIA.