Monday, November 17, 2014

¿QUÉ PASÓ CON LA BIBLIOTECA DEL SINDICATO DE LA REFINERÍA?

El Sindicato Industrial de la Refinería CRAV de Penco contó con una interesante biblioteca para el personal y sus hijos e hijas. En el informe leído ante la organización en septiembre de 1964 con motivo de sus 35 años de existencia, el presidente sindical René Contreras Bustos, destacó la existencia de esta biblioteca como un esfuerzo importante para el fomento de la cultura. En efecto, según ese informe, aquella disponía de 280 volúmenes aparte de un gran número de revistas y diarios que se publicaban en el país.

La información está incluida en la edición de octubre de 1964 de la revista sindical PAN DE AZÚCAR.
Días antes de la lectura de la gestión administrativa de la mesa directiva y de una síntesis de los logros de 35 años, el Sindicato Industrial CRAV recibió una valiosa donación de publicaciones de los trabajadores norteamericanos a través del agregado de asuntos laborales de la Embajada de Estados Unidos en Santiago Thomas Walsh. La entrega se realizó en una ceremonia realizada en el Centro Deportivo de la Refinería.
La donación fue hecha como una forma de perpetuar la memoria del presidente estadounidense John Kennedy, asesinado en Dallas, Texas, en 1963. A la ceremonia asistieron el administrador de CRAV Penco, don Raúl Gillet, representantes de la Embajada de Estados Unidos, entre ellos Laureano Silva, del Servicio Cultural e Informaciones; y dirigentes de los sindicatos de Penco y Lirquén.
Cuando han transcurrido 40 años de este acontecimiento, cabe preguntarse ¿qué pasó con los libros de la Biblioteca refinera? ¿Dónde fueron a parar esos volúmenes luego del cierre de la Refinería ocurrido en 1976? Misterio.

Tuesday, November 11, 2014

EN PENCO, COMBOS IBAN Y COMBOS VENÍAN

Imagen de referencia de una riña callejera tomada de www.fmlider941.com.ar
Estudiosos del cuerpo humano concluyeron en una investigación reciente que la naturaleza diseñó las manos para que sirvieran también para golpear. Sin embargo, sin que hubiera existido ese estudio sabíamos perfectamente que nuestras manos ¡golpean! Y en Penco muchos lo han experimentado.
Durante mediados del siglo pasado, era común presenciar riñas callejeras en cualquiera esquina de Penco. Los hombres mayores se trenzaban a golpes, los niños se pegaban rodando abrazados por el suelo. Los jóvenes armaban peleas en las fiestas. No había reunión social de este tipo que no terminara en una riña o que registrara un par de peleas  como mínimo durante su desarrollo. Estas peleas las protagonizaban borrachos pero también hombres sobrios. Era lo normal.
¿Por qué esta conducta de discusiones mínimas y acciones rápidas? Puede que hubiera dos razones: ir a la justicia para aclarar alguna diferencia significaba esperar demasiado. La solución más breve, definir las cosas a los golpes. Se ganaba o se perdía. Sin embargo, ganador o perdedor terminaba con los ojos en tinta, un diente menos, camisas rotas, etc. Recuerdo que un contendiente en una riña le mordió una oreja a su contrincante y le arrancó parte del lóbulo. El afectado ganador en la disputa, lució por el resto de su vida el pedazo menos de oreja: cicatriz de guerra. Lo curioso era que –en este caso-- ambos trabajaban en Fanaloza, de modo que el hechor veía todos los días su “obra” en la cara de su contrincante. Las diferencias se subsanaron después con brindis de pipeño, pero el desorejado no recuperó el pedazo de pabellón auditivo.
La segunda razón pudo ser el machismo. Para ser un hombre alfa había que ganarse el renombre con los puños.
Y los jóvenes, siempre más sensibles para estas cosas se enfrentaban a puñetes por el sólo hecho de haberse mirado mal. Las peleas se libraban tanto en las puertas de los lugares de las fiestas o adentro. Los púgiles pasaban mancornados entre la gente. Y en la pista de baile, parejas de enamorados le abrían cancha  a los peleadores como algo normal.
Podría ser muy feo todo esto, pero había algo rescatable: eran peleas leales. Los contrincantes se golpeaban con los puños y arremangados. Si uno de ellos caía, el otro esperaba a que se parara y seguía la frisca.  No usaban armas. Los jóvenes en disputa se amenazaban mutuamente haciendo el gesto de un puño cerrado sobre la boca. “Cuando te pille”. Y se pillaban y ahí venían los golpes. De allí que no fuera extraño ver a circunspectos muchachos con corbata luciendo ojos en tinta por participar en alguna riña. A esa característica de los ojos golpeados también se le llamaba “brevas” o “paltas”. Nadie preguntaba quién había asestado el golpe, era de suponer, un adversario. Las “paltas” se disolvían con el paso de los días. Se necesitaban diez para que desaparecieran en su totalidad. Nadie podría estar oculto todo ese tiempo para no lucir “brevas”.
Los niños imitando a los mayores también definían sus disputas golpeándose. La playa local era un lugar ideal para agarrarse a puñetes. Dependiendo del estado físico, los peleadores podían pasar una hora dándose. Si aclarar un asunto, responder a una ofensa o algo parecido era demasiado urgente, los combos y patadas salían a la palestra en los patios de las escuelas, los contrincantes no alcanzaban a llegar a la arena. Recuerdo que alumnos peleadores fueron castigados por profesores con anotaciones o citas de apoderados. Pero, esas medidas disciplinarias no cambiaron la tendencia a los golpes certeros.
Las mujeres penconas tampoco le hacían el quite a las riñas. Se sujetaban del pelo y se propinaban puñetes en el suelo. Sin embargo, si podían se agredían con piedras y elementos contundentes. Ésa era una diferencia con las pendencias masculinas. Y en el caso de ellas, las disputas terminaban en el juzgado local con gritos, insultos y nuevas amenazas.
¿Y entre hombres cómo terminaban estos episodios de uno contra el otro? Si la pelea era desigual y nadie intervenía en favor del damnificado, éste último desde el suelo y todo revolcado tenía derecho a pedir clemencia. “Ya, está bueno, no me pegues más” vi y oí decir a un hombre con su cara llena de sangre. Hasta ahí llegó la pateadura…
El reciente descubrimiento científico que las manos sirven para golpear porque están diseñadas para eso, en Penco lo teníamos clarito desde mucho antes. 

Monday, November 10, 2014

ELECTA LA NUEVA DIRECTIVA DE LA SOCIEDAD DE HISTORIA DE PENCO

La flamante nueva directiva de la Sociedad de Historia de Penco (SHP), de izquierda a derecha aparecen Manuel Suárez Braun, tesorero; Jaime Robles Rivera, presidente reelecto; y Samuel Acuña Reyes, secretario.

Fue electa la nueva directiva de la Sociedad de Historia de Penco, en una reunión de asociados realizada el miércoles 5 de noviembre de 2014. Los elegidos para un nuevo período de tres años fueron Jaime Robles Rivera, presidente; Samuel Acuña Reyes, secretario; y Manuel Suárez Braun, tesorero.

Al acto eleccionario realizado en el salón parroquial de Penco asistieron 16 miembros. Los cargos para suplentes los obtuvieron los siguientes miembros: Raúl San Martín Arriagada, presidente; María Cristina Ferrada, secretaria; y  Pabla Corvalán Boeri, tesorera.
La nueva directiva encabezada por Jaime Robles, reelecto en el cargo, se comprometió a conducir a la organización pencona hacia sus propósitos de recuperar el patrimonio histórico de la comuna.
Cabe destacar que entre los concurrentes a la elección de la mesa de la Sociedad tuvo el alcalde de Penco Víctor Hugo Figueroa, inspirador de la  formación de esta promisoria institución local.
En la foto inferior, los miembros electores de la SHP después de la renovación de la directiva.



Thursday, November 06, 2014

EL YO-YÓ DESPLAZÓ AL TROMPO EN PENCO Y SE CONVIRTIÓ EN UN MITO


A la izquierda, un moderno yo-yó Russell. La derecha un plato griego del 500 AC muestra a un niño jugando al yo-yó.
Hay testimonios que confirman que el juego del yo-yo se practicaba en la Grecia antigua, en los tiempos de Sócrates. Existen otros registros que también sitúan al yo-yó en China en años remotos. Pues bien, baste decir que en los sesenta (1960) este juego curioso entró con furia en Penco, de la mano de Coca Cola. Todos queríamos tener un yo-yo de la marca Russell, por su cuerpo, su consistencia, su peso y su soga firme de algodón. En Penco el yo-yó rivalizó con el  trompo y lo desplazó. ¿Sus ventajas?: más limpio, más refinado y se podía jugar al yo-yo en cualquier parte, no requería de suelo de tierra ni que su púa de hierro estuviera suave como una pluma. El yo-yó no tenía clavos y daba categoría aunque su principio haya sido el mismo: bailaba al compás de una soga tensa y para volver a moverse había que enrollarlo, casi de la misma forma como había que hacerlo con un trompo que necesitaba de una soguilla. El yo-yó lanzado con fuerza y con técnica zumbaba como un trompo. Y además volvía mansamente a las manos del amo, a diferencia del trompo que había que ir a buscarlo al suelo si es que el jugador no tenía la habilidad de hacerlo bailar directamente en la mano. Nadie se ensuciaba jugando al yo-yó, en cambio con el trompo sí. Había que lavarse las manos.
Un chino --¡quién otro!-- haciendo demostraciones exóticas y simultáneas con dos yo-yó. (Imagen de Internet).
Aunque ningún jugador de los que conocí era capaz de esas destrezas increíbles con el yo-yó, como las que se encuentran en el día en youtube, había muchachos dedicados que lograban hacer chorezas dignas con el juego, por ejemplo: el columpio, el trapecio, el paseo del perrito, la vuelta al mundo, el dormilón, la cascada, la torre Eiffel, la cascada, el platillo volador, etc. Los ¡oh! se escuchaban en las esquinas penconas donde algún adolescentes exhibía su manejo diestro del yo-yó entre su círculo de amigos.
Mientras los jóvenes se entretenían con este nuevo juego (pero súper antiguo, por lo demás), las niñas dejaban de jugar al luche para cambiarse al recién llegado hula-hoop o hula-hula. Fue una lástima, porque el luche podía practicarse en parejas sin importar el sexo; contenía el reto de la precisión en los saltos sin pisar las líneas demarcadas. El competidor era penalizado si pisaba (quemaba) esas líneas. Sin embargo, la ventaja de hula-hoop (sin la larga historia del yo-yó) fue que los saltos fueron reemplazados por el movimiento del cuerpo en un solo punto. El juego consistía en quién duraba más tiempo ondulando el hula-hoop en torno a la cintura. Dicen que era una buena gimnasia. Una competencia de hula-hoop era un regalo para los ojos del espectador.
¿Una modelo bailando hula-hula en la playa de Penco? No, la imagen fue compuesta con Photoshop.
Sobre el yo-yó existen dos mitos: uno que se trata de un juego malévolo que no se debe practicar. Y la segunda leyenda, de la que mucho se habla en Penco entre los jugadores, era  que en China en tiempos muy remotos se utilizó el yo-yo como un arma de defensa personal. Respecto de esto último  no hay evidencias. Pero, igual en Penco se armaban las historias fantasiosas. Una de ellas, que fulano usó su yo-yó Russell como un látigo para golpear y dejar fuera de combate a un curado molestoso en plena calle. ¿Pudo ocurrir?

Tuesday, October 28, 2014

PELIGROSO FUE EL COMERCIO DE AGUARDIENTE EN PENCO

Un alambique para producir aguardiente que ya es pieza de museo.
Vi como producían aguardiente en un predio llamado San Juan de Millahue, en el área de Rafael, comuna de Tomé. Había una fogata y un tambor ahumado en medio de las llamas. El enorme tiesto contenía orujo hirviendo. La tapa recubierta de barro se veía hermética. Una cañería bajaba a la tierra desde la tapa y permanecía recostada en el lecho de un chorrillo de agua corriente para enfriar. El vapor del hervor lo transportaba la cañería el que se condensaba al tomar contacto con las paredes frías del caño de cobre. El tendido del ducto salía del curso de agua y arrojaba su hilo de líquido en una botija. Era el aguardiente. Esta actividad entonces como hoy en día es ilegal, como lo es también su comercialización. El peligro: que el alcohol no sea apto para el consumo humano por su efecto sobre la víctima: la ceguera.
Entonces sin duda la actividad reportaba dinero. Sin embargo, se requería de ingenio no sólo para producir aguardiente, sino también para llevarlo al consumidor y sortear las rígidas fiscalizaciones policiales. Para ese fin los improvisados comerciantes de alcohol usaban cámaras de neumáticos. Los cortaban, los vulcanizaban y les ajustaban alguna tapa, por lo general una coronta de choclo, y echaban el aguardiente en su interior. Luego viajaban en micro con las cámaras llenas entre sus ropas o bajo mantas y pasaban los registros policiales sin problemas. En la ciudad, lo vendían al por menor.
El producto arribaba a Penco por dos medios: uno, gracias a la habilidad y osadía de viajeros que llegaban en góndola luego de transportarlo en micro de los campos cercanos a Florida. Y segundo, la producción que provenía de Rafael y de Millahue –como la narrada al comienzo—bajaba en carreta por el camino a Primer Agua. Nunca vi un negocio en gran escala de aguardiente artesanal: tres a cinco litros como máximo. El producto se vendía en el barrio y lo compraban las mujeres para echarle al mate. En invierno un mate con malicia venía muy bien para combatir el frío pencón.
Había otro brebaje que se ofrecía con motivo de los velorios o velatorios. Lo llamaban “gloriado” y consistía en una taza con café al que le agregaban aguardiente. El “gloriado” se servía después de la medianoche entre las personas que acompañaban a los dolientes en torno al féretro. Una tacita de café con el alcohol destilado en los campos cercanos ayudaba a los acompañantes a sobrellevar el trasnoche.
A pesar del consumo de ese aguardiente artesanal, no se supo en Penco que alguien haya resultado con ceguera por beber algún tipo de alcohol –de ese origen-- no apto para el consumo.

Thursday, October 23, 2014

LOS COBRADORES EN LAS GÓNDOLAS CONCE-PENCO

Recreación de cómo el cobrador de micros ordenaba sus billetes para cumplir su oficio.
Un viaje de Penco a Concepción en góndola (micro) duraba unos 45 minutos. Camino de tierra, motores con poca fuerza. En la subida de la refinería alguien podía ir caminando afuera y avanzar más rápido. La marcha, a la vuelta de la rueda. Colmadas de pasajeros, la góndolas apenas aumentaban su velocidad cuando alcanzaban los sectores planos de la ruta.


Una góndola --parecida a las de entonces-- virando desde  O'Higgins a calle Penco. (Imagen construida con Photoshop).
La tripulación de una góndola la integraban el chofer y un cobrador. Las personas subían a la micro, tomaban asiento las que podían y el resto se armaba de paciencia para viajar de pie. El panorama no es diferente del que se vive hoy. Pero, el cobrador era el protagonista que marcaba la diferencia con respecto al presente. Una vez que la góndola iniciaba su marcha, el cobrador comenzaba a hacer su trabajo. Recorría el pasillo recibiendo el importe del pasaje. Él entregaba un boleto (igual que los actuales) y si había que devolver dinero, lo hacía. Llevaba suficientes billetes ordenados entre sus dedos para el cambio. En cosa de vueltos no había problemas.
El cobrador era un tipo con personalidad, hablaba en voz alta a los pasajeros y de cuando en vez saludaba o respondía con una sonrisa. En esos años los viajeros se conocían, Penco era una localidad pequeña, nada había que temer con respecto a la presencia de delincuentes que a veces hoy suben al transporte público.
Teniendo en cuenta esa realidad, igualmente el cobrador decía la cantinela de su oficio: “Por favor, avanzar por el pasillo…” y si entre el público viajaba algún amigo suyo le ponía un agregado: “avancemos por el pasillo, cuidado con los bolsillos”…  

Tuesday, October 21, 2014

ESTIBADOR, UN OFICIO CON TRABA LENGUA

Estibadores en plena faena en la bodega de un barco cargado con azúcar sin refinar. Lirquén (1956, aprox.)
Los estibadores fueron un gremio muy potente en Penco. Pero, su nombre era un traba lengua, porque también se llamaban desestibadores. (Repítalo usted en forma rápida: estibadores-desestibadores y se dará cuenta). Curioso si pensamos que no hay otro oficio que tenga dos opciones de denominación. Bien, su organización sindical era disciplinada y sus asociados tenían la novedosa facultad de dar trabajo. Sin constituir ellos una empresa, autorizaban el empleo temporal de familiares o amigos en distintas categorías: como personal extra por necesidad del gremio ante una súbita demanda de mano de obra o como medio pollo, esto era para suplir la ausencia de alguno de sus miembros por razones extra laborales.
Los estibadores daban pega. Por eso cuando la actividad portuaria requería el concurso de más gente, el sindicato le daba luz verde a determinados trabajadores cesantes para que pusieran el hombro. El muelle como empresa no pasaba por encima de la decisión de los estibadores. Se compartían responsabilidades. Si el trabajador temporal no funcionaba bien, el muelle se quejaba con el gremio. Así era la cosa.
El moderno terminal del muelle de Lirquén.
Respecto de los medios pollos, ya lo hemos abordado en un post anterior. Pero, eran trabajadores suplentes que hacían la pega de los titulares cuando éstos no estaban en condiciones de presentarse a trabajar. En este caso el muelle le pagaba la jornada al titular, quien, a su vez, le pasaba la mitad de su paga al medio pollo, de allí el apodo. El medio pollo trabajaba como bestia por la mitad del sueldo. Bien, pero así se empezaba en ese oficio de cargar y descargar buques,  cuando las mercaderías se transportaban a granel o en sacos. La mecanización terminó con estas prácticas.
Pero, había una curiosidad formal en la organización de estos trabajadores de muelles. Como la tarea específica de la actividad era cargar y descargar navíos mercantes, ellos eran, por tanto, no sólo estibadores. Eran también desestibadores. De allí la curiosidad a que hacemos referencia, el nombre de la organización era Sindicato de Estibadores y Desestibadores de Penco y Lirquén. Era tarea de cada uno sentirse estibador o desestibador, según el sentido de la carga. Si se trataba de bajar la mercadería de un barco: desestibador; si la cosa era cargar el barco: estibador. No era algo trivial. Para ellos un asunto serio y no opinable. Decían orgullosos: “somos estibadores y desestibadores”, así que ojo… porque usted podría estar hablando con un estibador que al día siguiente se había cambiado a desestibador.