Thursday, July 02, 2015

SIN LAVADORAS ELÉCTRICAS EN PENCO, HABÍA QUE ECHAR LA ROPA EN UN FONDO Y PONERLA A HERVIR

La ropa quedaba más rica secada a todo viento. Imagen referencial de www.casaruraltai.com

Si para entonces ya existían las lavadoras eléctricas que son indispensables hoy en cada hogar, en aquellos años no se conocían masivamente. Muy pocas familias en Penco tenían una en casa. El problema del lavado de la ropa se resolvía siguiendo procedimientos más artesanales. Las personas que se encargaban del lavado tenían que dedicarle mucho más tiempo que simplemente cargar la máquina con la ropa sucia, agregar el detergente y retirar las prendas semi secas.
Las lavanderas tenían que echar la ropa en un fondo de lata o en una olla de enorme tamaño, si se quiere. Le agregaban agua hasta que todas las prendas quedaran sumergidas. En seguida disolvían el detergente en polvo mezclándolo con el agua. Los más usados entonces eran la Perlina y la Radiolina. Con un palo de escoba revolvían todo el contenido del fondo. Esta acción se realizaba en los patios, al aire libre. En seguida se encendía fuego en el suelo utilizando leña picada o ramas traídas desde los cerros. Alrededor de la pequeña hoguera se instalaban cuatro ladrillos para que sirvieran de base al fondo. Se ponía esta olla enorme al fuego, sentada en los cuatro ladrillos. A partir ese momento había que ir alimentando las llamas. Demás está decir que se levantaba una enorme humareda. Cuando el agua se calentaba seguía la función se revolver toda la ropa con el agua y el detergente. Esto era como esa imagen de fantasía de brujas preparando pócimas en calderos. A ello agregue usted las llamas tiñendo la lata del fondo, el crepitar de las ramas ardientes, el humo azul emanando de la base con volcanadas de cenizas… en realidad, instalarse a la lavar en esos tiempos era una cuestión heroica.
Cuando la mugre se había soltado por completo en el agua semi hirviente, se retiraba el fondo y se volcaba el contenido en una batea. Allí se restregaban las piezas con una escobilla o sobre un fregadero se superficie acanalada. Después el enjuague, dos o tres veces. Y si la ropa era blanca conveniente era agregarle azul al agua final del proceso. El tinte devolvía a las prendas albas la apariencia renovada. Por último se tendían las prendas al sol y al viento en alambres tensados, porque tampoco había secadoras eléctricas. Al cabo de un par de horas, la ropa estaba lista, seca para retirar y de ahí, directo al planchado. No era ninguna broma ponerse a lavar en esos tiempos, pero como la nueva tecnología no se conocía, no se la  echaba de menos. En nuestros días, nadie podría lavar como se hacía antaño.   

Monday, June 29, 2015

PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO SORPRENDIDO POR EL COLORIDO DE LA PROCESIÓN DE SAN PEDRO EN PENCO

Un 29 de junio de la década de los sesenta, en la festividad de San Pedro, un matrimonio observaba desde la línea en la esquina de Cochrane y Maipú, la procesión del santo patrono de los pescadores artesanales en botes engalanados con guirnaldas, ramas y banderas. Estas personas eran de don Alfredo Pacheco Barrera y su esposa Paulina Gallardo, quienes regresaban en su auto a Concepción luego de una visita a Tomé. Al ver tanto movimiento en la playa don Alfredo detuvo su Ford 49 y bajó para averiguar.  Ya instalado en la parte alta de la línea miraba sonriente y sorprendido la gran cantidad de botes que acompañaban al santo en su navegación a pocos metros de la playa. Ella, muerta de frío, se acurrucaba al pecho de su marido.
 Con otros niños y en ese mismo punto yo también observaba la procesión y escuchaba lo que hablaba el matrimonio. Él, embelesado, daba la impresión que no poder creer tanto despliegue y tanta alegría de los pescadores de Penco, Lirquén y Cerro Verde a pesar del frío que calaba hasta el tuétano esa tarde soleada de fines de junio. Creí haberle oído lo que le dijo a su mujer, que esperaba tener unas buenas fotos captadas por sus fotógrafos a su regreso al diario (El Sur) para escribir sobre este acontecimiento religioso para su publicar al día siguiente.
En aquel momento yo no sabía quién era Pacheco Barrera. Sin embargo, años más tarde supe que era un premio nacional de periodismo, de los pocos que tiene la zona. Y me encontré de frente con él cuando ingresé a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, de la que él era su director. Pacheco Barrera escribía y escribía. Su hijo Camilo me informó que su padre había escrito más de tres mil artículos y seguramente otros tantos guiones radiales. Inolvidables fueron sus intervenciones en radio en su espacio La Columna del Aire de Quintín Quintas.
En el día de San Pedro de ese año que no recuerdo y sin proponérmelo, estuve cerca de ese periodista, con quien compartiría años más tarde en el trabajo. Y a partir de esa actitud que comprobé en él –no era una persona joven entonces--,  lleno de entusiasmo, pleno de sonrisas como iluminado frente a esa fervorosa actividad religiosa escenificada por los pescadores de nuestra comuna, comprendí que para ejercer el periodismo siempre hay que tener una cuota de alegría, porque la alegría es una emoción que contagia y es buena.

Nota de la editorial: Las fotografías publicadas en este post referidas a la procesión de San Pedro 2015 en Penco fueron captadas por Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco y cedidas gentilmente a este medio.



Sunday, June 21, 2015

UN CUENTO QUE SE SALIÓ DE UNA REVISTA Y SE HIZO REAL UNA NOCHE EN PENCO

Foto referencial: una portada de la revista Don Fausto, obtenida de internet.
Esa noche de invierno estaba como para contar y oír historias de terror en aquellas tertulias familiares de trasnoche en la que además participaban algunos vecinos. La señora María tenía la palabra y todos estábamos en silencio absoluto para saber de qué se trataba su relato. Y ella contaba con voz quieta y una sonrisa pícara la experiencia que había vivido tiempo atrás en su casa, estando allí sola con su hermano Regino, quien padecía de una limitación neurológica. Aquel hablaba con mucha dificultad, había que conocerlo bien para hallar algún significado básico a lo que él quería decir… Por ello, la señora María era la mejor intérprete de las conversaciones de Regino, ella comprendía lo que para el resto eran sonidos vocales y balbuceos. Contó que era muy tarde aquella noche y ella estaba inmersa en una lectura terrorífica que incluía ese número de la revista Don Fausto. La narración, contaba ella, trataba de una aparición misteriosa en el fondo del pasillo de una casa. Una figura oscura, un fantasma merodeando por ahí, con ruidos y todas esas cosas sobrenaturales. A pesar de su miedo creciente no podía soltar la revista y seguía adelante con su lectura. Regino la miraba con esos ojos cariñosos y dulzones de una persona limitada de mente ajeno por completo al tema de lectura de María. Por algún motivo no había nadie más en esa casa de familia numerosa. Regino calentaba sus manos junto al brasero, porque era una de aquellas noches para dar diente con diente en Penco. La señora María ya comenzaba a creer que el fantasma del texto se salía del papel y rondaba por algunas de las piezas interiores.  Si hasta le parecía oír ruidos extraños. Entonces, para romper el vórtice creciente del miedo que la invadía le ordenó a Regino que fuera a buscar carbón allá al fondo de la casa, sin duda el lugar más oscuro y cerrado de aquellas habitaciones para alimentar el brasero. Su hermano se paró y caminó en la oscuridad a buscar algunos trozos de carbón de madera que María le había encargado. Ella, en tanto, siguió metida a concho en la historia de Don Fausto. Regino desapareció en la oscuridad. Al quedar sola la señora María  atizó el fuego para agregarle el carbón que traería su hermano.
Al poco rato Regino regresó con las manos vacías y con el rostro pálido como que hubiera visto una aparición. Sorprendida y asustada ella la preguntó que qué pasaba, dónde estaba el carbón... Él entre avergonzado y timorato éste le respondió algo que a ella no le hubiera gustado oír en esas circunstancias. A media lengua Regino le dijo: “Allá adentro hay un caballero de negro. ¿Quién será?  Y tiene fuego en la boca… parecía que era un jo-jorito*, parecía un cigarrito…”
 
La señora María y Regino se miraron. Ella dejó la revista, se paró, lo tomó por el brazo, encendió todas las luces y avanzó con su hermano haciendo de tripas corazón. “Aquí estaba”, le dijo Regino indicando un punto.  Y ella en su soledad y en su miedo no vio a nadie, no había nadie…
                                       (* se refería a un palo de fósforo encendido).

Friday, June 19, 2015

ALGUNA VEZ PENCO ESTUVO LLENO DE ANTENAS DE RADIO

Típico receptor de radio analógico, a tubos y en amplitud modulada, de comienzo de los años cincuenta.

Escuchar radio era lo máximo de la cultura popular. Pero, para oír bien se necesitaba de buenos receptores de radio. Y muchas veces esa sola condición tampoco era suficiente. Se requería de una antena exterior para recepcionar las emisiones con mayor claridad. Lo equipos domésticos a tubos no tenían la capacidad suficiente para percibir las ondas portadoras, de ese modo reproducían señal y ruido al mismo tiempo. Muchas veces la oreja y el cerebro tenían que “limpiar” el ruido acoplado a las señales. Esas interferencias sonaban como silbidos graves y agudos, otras veces como una chancadora de piedras, otras como roncos resoplidos de alguna bestia. Así oír las noticias significaba, por ejemplo, aceptar la presencia de estos ruidos; por eso se necesitaba una buena antena para atenuarlos y limpiar la señal.
La gente compraba sus receptores de radio, los ubicaba en un lugar estratégico de sus casas y se ponían inmediato en campaña para instalar una antena. En ese tiempo, de la era pre-TV, se recomendaban las antenas tipo de Marconi. Había que comprar un alambre de cobre con un par de aisladores tipo huevos para cada uno de los extremos. El alambre se colgaba desde dos mástiles altos; era por tanto necesario ir al cerro y cortar dos eucaliptos jóvenes para obtener las pértigas o soportes donde amarrar la antena. El alambre elevado se unía a una conexión directa a la radio. Se recomendaba una bajada a tierra por si caía un rayo durante algún temporal frecuentes en la ciudad. Las antenas Marconi estaban por todas partes en Penco, parecían tendederos de ropa pero demasiado altos para ese otro fin. Había también una soterrada competencia: quién tenía la antena más alta y más larga...
Imagen obtenida de Internet.
Cuando todo estaba tiqui-taca, había que encender la radio. Expectación de todos los miembros de la familia. Una vez en “on”, se requería a lo menos dos minutos para que el equipo se calentara y comenzara a recibir señales. Para eso estaba el dial que había que recorrerlo de extremo a extremo hasta sintonizar bien la señal de interés. La recepción mejoraba notablemente en las noches despejadas y quietas; entonces entraban como “cañón” emisiones de más lejos, por ejemplo en Penco se podían oír radioemisoras de Santiago (¡qué emoción!): radio Minería, Nuevo Mundo, Corporación, Portales… Pero, salía el sol al día siguiente y nos quedábamos con las emisoras locales: El Sur, Cóndor, Araucanía…
Comprar y tener un radio en aquellos años era una función, desde encender el receptor hasta sintonizar con el menor ruido posible, pasando por la fregatina de conseguir los palos para elevar una antena adecuada…

Tuesday, June 16, 2015

UN INCENDIO DESTRUYÓ LA MEJOR ESCUELA DE PENCO EN 1956

El señor Amulio Leyton, director de la escuela N°31 y el profesor Guillermo Novic.
Una madrugada de julio, en plenas vacaciones de invierno de 1956, la escuela N°31 de Penco, ubicada en calle Freire donde hoy está el gimnasio municipal, ardió por sus cuatro costados. La construcción de madera se consumió como una hojarasca pese a los esfuerzos desplegados  por los voluntarios de las dos compañías de bomberos de la ciudad. Se dijo que el fuego se inició en una carnicería que funcionaba al lado. En el silencio de la noche, sin que nadie pudiera intervenir el siniestro cobró la fuerza para hacerse incontrolable.  A la mañana siguiente de la escuela no quedaba nada. La espesa nube de humo fruto del incendio inundó las calles penconas durante horas antes de disiparse.
El edificio de madera era un lujo en Penco, construido luego del terremoto de 1939, correspondía a una escuela tipo, de primera clase según la clasificación educacional de la época. Había varias parecidas en la provincia edificadas en madera nativa y techo de dos aguas recubierto de planchas de asbesto-cemento que seguían el mismo patrón arquitectónico. La construcción de una planta se desplegaba en forma paralela a la calle Freire con frontis hacia el callejón del mercado. Allí había una plataforma de cemento con varios escalones por donde se ingresaba al establecimiento. En un mástil blanco al lado derecho ondeaba la bandera en los días de fiesta de identidad nacional.
Un par de páginas de mi cuaderno de vida del tercer año en la escuela N° 31 (1955).
Las salas estaban hacia el lado de la calle y hacia el costado poniente, separadas por un ancho pasillo central, donde los alumnos correteaban en los recreos lluviosos. Cuando sonaba la campana, los estudiantes salían a la carrera hacia a ese patio interior de piso de madera. Si no llovía, todos se iban al espacio abierto y protegido que se abría hacia el poniente. La campana llamaba nuevamente a clases y los alumnos ingresaban a sus salas pasando por ese espacioso pasillo de madera.
Entre mis bártulos encontré un cuaderno (de vida de los llamaba entonces) de 1955, cuando cursaba el tercer año. Entre sus páginas hallé la lista borrosa de los profesores de entonces de esa escuela. Hoy con la ayuda de mi amigo y ex profesor, señor Leyton, logramos reconstruir el “staff” del plantel desaparecido:
Parecido a éste eran los bancos de esa escuela.
Director, señor Amulio Francisco Leyton García; sub director, señor Miguel González Gutiérrez; profesora del primer año A, señora Norma Meza Rubio; profesora del primer año B, señora Ernestina Cea Basaletti; profesor del primer año C, señor Héctor Espinoza Viveros; profesora del segundo año A, señora Eliana Vásquez Godoy; profesora del segundo año B, señora Mary Baquerizo Fritz; profesora del segundo año C, señora Olga Neira Pezoa; profesora del tercer año A, señorita Gladys Fernández Román; profesora del tercer año B, señorita Teresa de Gregorio Sagredo; profesora del cuarto año A, señora Irene García Escobar; profesora del cuarto año B, señorita Alicia Rocha Martínez;  profesor del quinto año A, señor Servio Leyton García; profesor del quinto año B, señor Guillermo Novic Torres; profesor del sexto año A, señor Jorge Bustos Lagos; y profesor del sexto año B, señor Rosauro Montero Henríquez.
La escuela N° 31 tenía alrededor de quinientos alumnos varones y trabajaba a media jornada por lo que también cobijaba a la escuela N° 32 de niñas, que suponemos tenía un número parecido de alumnas. Luego del incendio se hicieron los ajustes de emergencia y prácticamente todo el colegio trasladó sus actividades a la escuela N° 69, situada dentro del recinto de la Refinería.
El señor Servio Leyton, ex profesor de la esc. N°31; su esposa Valentina Castro, también profesora; y el autor de esta nota en foto reciente.
El incendio de la escuela N° 31 (y N° 32) fue un episodio desolador en la historia de la educación en Penco. Escenas de gran tristeza se observaron durante el incendio mismo, alumnas lloraban a gritos aferradas de sus madres, al observar la acción devastadora del fuego. Al día siguiente, los alumnos mayores escarbaban en las cenizas en la esperanza de recuperar trabajos o pertenencias dejadas antes de irse de vacaciones.  El impacto en la comunidad local fue fuerte, cambió los hábitos, muchos padres enviaron a sus hijos a estudiar en Concepción. Al año siguiente se construyeron salas de emergencia y el solar de la antigua escuela fue convertida en una cancha de básquetbol.  Después el establecimiento adoptó el número 90 y con el tiempo, el espacio escolar dio paso al gimnasio que conocemos en la actualidad.    

Sunday, June 07, 2015

LOS CHINOS HABRÍAN DESCUBIERTO AMÉRICA ANTES DE COLÓN


Estatua del almirante chino Zheng He.
Un almirante chino habría descubierto el continente americano 74 años antes que lo hiciera Cristóbal Colón, según el investigador británico y ex oficial de la Royal Navy  Gavin Manzies y cuya tesis está en su libro "1421 el año en que China descubrió el Nuevo Mundo". Demás está decir que desde su publicación en 2002 ha vendido millones de ejemplares. Para respaldar su tesis Manzies dijo haber investigado en museos de numerosos países.

¿Pero, quién fue el descubridor?

De acuerdo con la misma fuente el descubridor fue el almirante Zheng He nacido hacia 1371 quien como brillante marino realizó siete expediciones navales entre 1405 y 1433 las que están documentadas, pero ellas se refieren solamente a incursiones efectuadas hacia el oriente, es decir a través del Océano Índico. En uno de estos viajes el almirante (que era eunuco) llegó hasta las costas de Africa, un importante logro para su época. Estas hazañas las pudo conseguir gracias a que dispuso de una flota gigantesca de más de 1.700 barcos nuevos y otros remodelados y cerca de veinte mil hombres. Los buques eran notablemente más grandes que los navíos europeos como los que emplearon Colón o Magallanes. Medían en promedio más de cien metros de largo. Los chinos tenían capacidad de sobra para navegar sin problemas en altamar.  Algunos de ellos sólo transportaban agua dulce y muchos disponían de hasta ocho mástiles.
Recreación  artística de la flota expedicionaria de Zheng He que habría llegado a América antes de Colón.
Se dice que los propósitos de China con los viajes de Zheng He eran el comercio marítimo, consolidar la diplomacia y efectuar cartografías en un trabajo considerado protocientífico. En las tierras de ultramar los expedicionarios chinos buscaban animales exóticos y plantas con fines medicinales. Los chinos no eran conquistadores y su no estaba entre sus metas establecer colonias debido a que tenían demasiada influencia de Confucio por lo que eran más bien aislacionistas.
Sin embargo, estos viajes a través del Pacífico no están documentados como acostumbraban rigurosamente los chinos, de allí surge la principal duda de que tales viajes a este rincón del planeta hayan ocurrido. Sin embargo, Manzies narra que se han encontrado muestras de cerámica china en el Perú con data anterior a Cristóbal Colón. Y el otro elemento, aunque también dudoso para los historiadores más escépticos, es la publicación en China de un mapa terráqueo atribuido al almirante Zheng He. La carta en cuestión muestra el perfil de las Américas y –si observamos con detención—se aprecia la costa de Chile y un río de gran envergadura en la parte central.
El mapa mostrado por los chinos y atribuido a Zheng He. Al lado derecho la costa de Chile. Los geógrafos occidentales no confían en la veracidad de este documento.
¿Zheng He habrá estado en la desembocadura del Biobío y, consecuentemente, habrá navegado por el Golfo de Arauco y por la Bahía de Concepción, antes que los conquistadores españoles llegaran aquí y les pusieran esos nombres?

Déjenme pensarlo: Mmmmm… 


 

Saturday, June 06, 2015

OBSERVADA DESDE PENCO LA BOCA CHICA ES UNA ILUSIÓN

El detalle de la boca chica de la bahía al centro de la foto.
La geografía del litoral de Penco nos marcó desde siempre. Demos un recorrido con la mirada de derecha a izquierda: 1 Punta de Parra con su túnel ferroviario; 2 la prominencia de Cocholgüe que a la distancia a veces es posible ver la espuma del impacto de las grandes olas contra sus roqueríos; 3 la boca grande de la bahía puerta principal de buques; 4 la isla Quiriquina con sus fieros acantilados color terracota; 5 la boca chica, un estrecho paso marítimo rara vez surcado por embarcaciones mayores; 6 la península de Tumbes con las luces de Talcahuano y las antenas del cerro Centinela; 7 las tetas del Biobío; 8 la isla Rocuant un páramo, último refugio de las aves silvestres; 9 la desembocadura del río Andalién que marca el límite sur poniente de la comuna. Con la playa de Penco terminamos el circuito de 360 grados.
El traslape de la península y la isla observada desde el camino a Primer Agua o Camino Real.
Es en la boca chica de la bahía donde quiero detenerme porque el nombre se debe sólo a la perspectiva única de Penco. Desde Lirquén, ya no es posible verla, porque la isla se sobrepone a la península creando la sensación visual de continuidad terrestre. Pero, es precisamente este traslape de isla y península, lo que debemos entender como un accidente geográfico que es más que una simple boca. Se trata de un canal. La disposición de la punta sur de la Quiriquina respecto de la punta norte de Tumbes forma un canal. Este traslape no se da en la boca grande donde la isla mira de frente a Cocholgüe. No hay que ser un geógrafo para comprender el accidente de la boca chica. Basta remitirse a las definiciones de la ciencia.
La amplitud de la boca chica se magnifica cuando nos ubicamos más hacia el sur de la comuna.
Desde Penco y gracias a la boca chica vemos el espacio occidental del océano a través de aquella estrecha ventana. Por el contrario, más a la derecha justamente la amplitud de la boca grande nos permite prolongar la mirada más allá de la bahía, hacia nuestro litoral norte. Si avanzáramos por la playa desde Penco, hacia Cerro Verde y Lirquén, la boca chica de cierra completamente ante nuestros ojos. Ello porque a diferencia de la boca grande, la chica es sólo una ilusión puesto que es un canal.