Tuesday, February 09, 2016

EN CERRO VERDE BAJO HUBO PERSONAS PARA NO OLVIDAR


Una pintoresca foto de Cerro Verde Bajo en la actualidad.
En nuestro universo hay quienes alcanzan renombre de personajes y otros que simplemente se conforman con ser buenas personas. Tres ejemplos de esta categoría alcancé a conocer en Cerro Verde Bajo allá por los 50 y tantos. Esos vecinos pertenecieron al villorrio y formaron parte de su cultura. Eran los tiempos difíciles de la mina de Lirquén y  de los dos piques carboníferos del barrio cerroverdino. La gente vivía con lo justo, con hartas estrecheces. Afortunadamente estaba el mar que proveía alimentos. Pero, también hubo esas buenas personas que aportaron. ¡Nunca faltó Dios!
 
DON EDMUNDO VALENCIA
 
Don Edmundo o “Mundo”, como le decían, tenía su negocio de abarrotes en una esquina poco más al norte de la actual escuela por la calle central. Allí la gente compraba los alimentos no perecibles para cocinar sus humildes menestras. Estaban ahí los sacos de papas, de porotos, los tambores de aceite comestible. Y al fondo, el mostrador, donde atendía Mundo. Muy buen tipo era este comerciante a quien sus clientes estimaban mucho. En su negocio las vecinas conversaban, se contaban historias: la salud, el trabajo, las visitas, etc. Quien iba a comprar donde Mundo regresaba a casa con sus cosas y bien informado o informada del acontecer del vecindario. En una ocasión siendo yo muy niño y de la mano de mi madre, Mundo me miró, destapó un frasco con dulces y me extendió uno, a modo de espontáneo regalo. Esa inesperada atención de Mundo no se me ha olvidado. (Gracias don Edmundo).
 
DON JUAN PRADENAS
 
A diferencia de Mundo, don Juan Pradenas vendía directamente del productor al consumidor, porque él era el dueño de una hermosa chacra al otro lado de la línea del tren. Las vecinas iban a comprar allí las hortalizas cada día. Ellas mismas sacaban los tomates o arrancaban porotillos verdes. Don Juan cultivaba con la participación de toda su familia. La “administración” de la chacra estaba en la cerca del lado de arriba del predio, junto a unos pinos. Allí él había levantado una enramada para descansar, comer y recibir la paga por las compras. Las vecinas regresaban a sus casas con sus compras y alguna llapa: un manojo de cilantro, una mata de albahaca o algunos ajíes verdes recién cortados.
 
DON OROSINDO PÉREZ
 
Don Orosindo Pérez, un comerciante que manejaba una bodega de vinos, tenía un sobre nombre: “don Orito”. La bodega de don Orito estaba junto a la línea del tren. Vendía vino en las cuatro medidas clásicas de esos años: un litro, medio litro (medio pato), un cuarto de litro y una caña. Justo es señalar que no sólo vino se consumía en el lugar. No faltaban los acompañamientos, mayormente apancoras recién cocidas, pan amasado, cebollas en escabeche. Desconozco si su negocio fue rentable para él y su familia. Sin embargo, del todo mal no debió ser, porque siempre se veían parroquianos en la puerta del local. Y era precisamente esta característica la que le dio fama a don Orito: que la bodega y sus consumidores daban la cara hacia la línea, de manera que cuando pasaba el tren no faltaban los saludos y los “¡holas!” de los pasajeros amigos o conocidos. Hasta los maquinistas le agitaban la mano a don Orito en cordiales saludos, seguramente porque alguno de ellos lo visitó en alguna ocasión en su negocio o porque el buen humor del bodeguero traspasó los límites de Cerro Verde Bajo.


¿Cuántas otras personas como las nombradas aquí conoció usted, amigo lector?    

Sunday, February 07, 2016

EL CAMINO VIEJO A LIRQUÉN SE CONVIRTIÓ EN UNA CALLE MÁS


Cerro Verde Alto visto desde Cerro Verde Bajo, la línea del tren que se divisa al final de la calle marca la separación de ambas poblaciones.
El camino viejo a Lirquén cruzaba los bosques de pino al final de la calle Toltén y después de avanzar por la cima del cerro bajaba suavemente la colina que se orientaba hacia el norte. Las lomas despejadas que venían tras pasar el bosque estaban sembradas de trigo y por allí iba el camino rodeado de manchones de retamillos. Los bosques y los lomajes, me dicen, que eran propiedad de don Juan Pérez Flores, un adinerado pencón y ex alcalde de nuestra comuna. Pérez Flores hizo su fortuna, me cuentan, a partir de una bodega de vinos en la esquina de Cochrane e Infante. Era un comerciante, pero un tipo generoso. De su bolsillo salió el financiamiento del puente de calle Freire, por ejemplo. El hombre se puso con la plata porque comprendía que la carencia de un puente sólido frenaba el desarrollo de Penco. Don Juan pertenecía a las filas del Partido Radical. Quienes lo conocieron me añaden que era un hombre de pocas palabras y me insinúan que eso pudo tener su origen en una poca preparación. Por tal motivo en las concentraciones de campaña no hablaba al público, otros lo hacían por él. En los tablados de los oradores, don Juan recibía el apoyo de profesores, directores, vecinos con buena labia y la táctica le funcionó.
 
Pero, volvamos al cuento del camino viejo a Lirquén. Esa propiedad de don Juan que era un hermoso campo de trigo y retamillo con una espléndida vista sobre la bahía de Concepción, pronto dejaría de ser una zona rural. A medida que fue creciendo la población de la comuna (1960), comenzó a ser colonizada por casas que más tarde adoptaron nombres de poblaciones. De ese modo el campo dio paso a calles con intrincados recovecos a las espaldas del cementerio parroquial. El antiguo camino de ripio se convirtió en una pista pavimentada, así como la mayoría de las calles de ese sector pencón. Fue precisamente por el crecimiento experimentado que esa área recibió el nombre de Cerro Verde Alto. El villorrio original junto al mar llamado Cerro Verde a secas, pasó a denominarse Cerro Verde Bajo.
 
El camino viejo bajaba toda esa suave pendiente hoy llamada Cerro Verde Alto hasta alcanzar el nivel de la línea ferroviaria. Ése era el sector del Refugio (por un balneario construido entre los pinos frente a la playa –que no existe hoy-- por al Automóvil Club de Chile). Desde ese punto la ruta subía una empinada cuesta en curva que al lado norte daba a Lirquén. El camino se convertía en calle al llegar a la estación del tren. La línea férrea, en cambio, eludía la subida gracias a la construcción de un pronunciado corte en el cerro, conocido entonces como “el corte de Lirquén”.
 

Sunday, January 24, 2016

TRABAJADORES DE PENCO ANSIABAN AUMENTAR SUS CONOCIMIENTOS TEMEROSOS DE LA ROBOTIZACIÓN



Calle El Roble con Cochrane en Penco.
Los obreros de Penco tenían sed de conocimiento. Quizá porque muchos provenían de los campos de los alrededores, un entorno social empobrecido y cargado de analfabetismo. Incorporados a las industrias, comprendían que necesitaban saber; de allí su inquietud por capacitarse. Por eso, algunos seguían cursillos por correspondencia. Recibían sobres con la materia que les interesaba: la electricidad, la mecánica, algún otro oficio, etc. Pero, necesitaban algo más, una mejor base en castellano, dominar las cuatro operaciones fundamentales de matemáticas, entender el arte, la música, comprender mejor la historia de Chile…
Los dirigentes sindicales buscaban fórmulas para atender a estas necesidades y las planteaban ante las gerencias. Este asunto estaba presente en el pueblo de entonces y era tema de conversación en las casas. Porque la gente temía al reemplazo de la mano de obra por los sistemas mecanizados y robotizados de los que ya se comenzaba a hablar por todas partes y que se anunciaba como una amenaza. “Es injusto que nos saquen del trabajo y ahí pongan máquinas. Eso es muy malo”, le oí decir una vez a Tito Gajardo, obrero de la loza. Por eso era urgente recuperar el tiempo perdido y capacitarse tanto para competir por nuevos puestos de trabajo, como para estar preparados en cultura general. La aspiración por el conocimiento existía.
El laboratorio químico de Fanaloza en 1954, aprox. Foto cedida por el señor Juan Arroyo.
Algo así era el perfil cultural pencón de esos tiempos. Cito un ejemplo. Un obrero amigo me pidió que lo ayudara a postular a un cursillo para estudiar electricidad por correspondencia. Lo hice. Pero, mi ayuda no terminó ahí porque debí continuar con él leyendo y comentando juntos los textos que le llegaban de Santiago, de modo que me introduje sin proponérmelo en el campo de la electricidad. Después lo ayudé a interpretar correctamente las preguntas del examen. Las respuestas las daba él. Fue así que en una oportunidad me involucré en una conversación sobre el tema con mi amigo y otro obrero de Fanaloza, que ya había obtenido el diploma. Recuerdo que su apellido era Chandía y que vivía en el barrio de Playa Negra. El señor Chandía gozaba de reputación entre sus pares por su saber y su cultura, un tipo amigo de las letras y de la técnica. Este trabajador le dio un consejo. En el acto comprendí que lo expresó para que también lo meditara yo. “Mira para ser un electricista completo, tienes que conocer y dominar la ley de Ohm”. Se lo oí clarito mientras estábamos sentados al comedor de su modesta casa. 
Georg Simon Ohm, físico alemán,
descubridor de la llamada  ley de
Ohm en electricidad. (Wikipedia).
Cuando regresamos con mi amigo obrero nos fuimos conversando, admirados e impresionados por los conocimientos de Chandía, quien parecía un ingeniero. Nos había dejado pillos. A partir de ese momento la tarea consistía en compenetrarnos en la ley de Ohm. Mucho tiempo después comprobé que no era una cuestión tan compleja, pero el problema que nos planteó Chandía tenía que ver con ecuaciones y entonces no teníamos idea de cómo resolver una igualdad algebraica… Tales eran las inquietudes que se manifestaban entre los obreros de Penco ansiosos de saber más. Soluciones académicas del más variado tipo llegarían más tarde pero el tiempo jugaba en contra de mi amigo trabajador quien no alcanzó a recuperar estudios de un modo formal como era su sueño.    

Saturday, January 23, 2016

MENAJE LINA FUE LA TIENDA MÁS VANGUARDISTA QUE TUVO EN PENCO


El Menaje Lina en la actualidad. Nótese que su muro frontal conserva aún el nombre de la tienda con los caracteres originales hechos con azulejos de Fanaloza.
En un post anterior dijimos que los pencones de entonces nos asomamos al futuro –sorprendidos e incrédulos-- gracias a las películas con fines educativos (y propagandísticos) que la embajada de Estados Unidos en Chile proyectaba gratuitamente para los estudiantes en el gimnasio de Fanaloza a través de su consulado en Concepción. Esas imágenes nos mostraron el desarrollo de la carrera espacial con sus cohetes y satélites y los nuevos adelantos tecnológicos que se venían, cuando en Penco aún no había televisión. Pero, donde el futuro comenzó a materializarse y a tomar forma en Penco fue en el negocio Menaje Lina, de Lizama y Navarrete, en el N° 809 de calle Freire, en la población Perú. Al Menaje Lina llegaron los primeros discos de Los Beatles, las radios a pilas, los relojes electrónicos, instrumentos musicales electrónicos, juegos, equipos de audio que estaban siempre encendidos para que la gente oyera la nueva música, etc. Y todo estaba ahí en sus vidrieras a la vista de los clientes; fue el negocio más moderno de Penco. 
Uno de sus dueños, don Luis Navarrete, captó el avance de la modernidad en el mundo y el negocio entró en sintonía con la electrónica. Sus inquietudes por estar al día empujaron a Penco también a ponerse en onda. El local tenía una entrada central y dos accesos laterales que funcionaban como galerías. En las vitrinas interiores, la tienda desplegaba las novedades y el último grito de la tecnología. Penco no se había quedado atrás. Los obreros de Fanaloza a la salida del primer turno pasaban por esta galería a ver, mirar e informarse. También preguntaban ¿para qué sirve este equipo?, por ejemplo. Menaje Lina fue una tienda vanguardista que dio el paso adelante para poner a Penco dentro del circuito de los nuevos tiempos. 
La ola arrolladora que vino después y que se llamó globalización obligó a la tienda a adecuarse, ya no era posible por sí sola ofrecer los artículos del futuro porque el mundo entero comenzaba a inundarse de ellos. Menaje Lina hizo cambios, cerró los accesos a la galería y usó el espacio para nuevas vitrinas, al tiempo que hizo modificaciones al giro. Pero, lo interesante es que ha perdurado en el tiempo y sin duda es la tienda que ha sobrevivido a más de una generación. Si consideramos que abrió allá por los sesenta, hoy en día tiene más de cincuenta y cinco años.

PENCO EXHIBE SU PLAYA PERFECTA EN ESTE ENERO 2016










Thursday, January 21, 2016

UNA DURA LUCHA DIO CERRO VERDE PARA CONTAR CON UNA ESCUELA

El alumnado de la escuela de Cerro Verde en 1959. A la izquierda, el director Eduardo Campbell y arriba, al centro, el profesor Ramón Fuentealba.
“En una de sus giras que hizo el recordado Presidente Pedro Aguirre Cerda a la zona del carbón, el tren presidencial se detuvo en Cerro Verde”, afirma el texto del discurso pronunciado por Eduardo Campbell Saavedra, con motivo de cumplirse en 1969 los 25 años de la escuela N° 54 de ese barrio pencón que él llamaba “el villorrio”. El episodio del Presidente de la República ocurrió durante el verano de 1940, cuando Campbell se encontraba de vacaciones en Cerro Verde, él ejercía de profesor en la provincia de Coquimbo. Aquella fue entonces una excelente oportunidad para que un comité pro fundación de una escuela –recién formado--, presentara la solicitud directamente al mandatario. Encabezaba el comité don Cupertino Valenzuela y el secretario era don José Sánchez. Ambos ya habían iniciado gestiones enviando oficios a Concepción y Santiago, pero no habían obtenido respuesta, de manera que la presencia de don Pedro en Cerro Verde era una ocasión de oro. El Presidente se comprometió con el comité a atender la justa solicitud, pero falleció al poco tiempo después, el 25 de julio de 1941 “y todo quedó archivado en el Ministerio de Educación”, agrega el discurso de Campbell. 
El texto del discurso del profesor Campbell pronunciado en 1969, con motivo de los 25 años de la escuela.


En 1944 Campbell realizó personalmente gestiones en Santiago para la creación de la escuela y fue así que el gobierno dio luz verde al proyecto educacional ese mismo año y el 6 de julio designó mediante decreto a Eduardo Campbell como su primer director. Las clases en Cerro Verde comenzaron el 4 de septiembre en condiciones paupérrimas. Se disponía de “una pieza  de 4 metros por 5,5 mts. con una puerta, una ventana, piso de ladrillo y sin patio. La Municipalidad de Penco pagaba 100 pesos de arriendo mensual”, describe el discurso. 
La primera matrícula de la escuela de Cerro Verde fue de 47 alumnos, de ellos 35 hombres y 12 mujeres. Los primeros matriculados fueron Humberto Sánchez y José Sánchez. Entre las niñas, la primera alumna matriculada fue Margarita Soto y la segunda Tegualda Ríos.
En el piso, posando para la foto, el profesor Campbell, arriba a la derecha don Nicanor Roa, quien proporcionó ladrillos para la escuela. Sentadas al centro, Juana Ramírez y Elisa Ramírez. (Circa 1947).

 LA BANDERA SE IZABA EN UN PALO PARA SACAR  MACHAS 
Añade el discurso del profesor Campbell: “La dueña del local (donde comenzó a funcionar la escuela) doña Avelina Vásquez vda. de Tornería prestó una mesa y cinco sillas y un comerciante, cinco cajones azucareros. Había asientos para diez alumnos y el resto se sentaba en papeles de diarios. Los recreos se pasaban en una cancha de foot-ball a cincuenta metros distante del local escolar. La Inspección Escolar de Educación Primaria entregó un pupitre, que en el trayecto se desarmó completamente, un pizarrón, que después de un paciente arreglo pudo prestar sus servicios, un libro de registro, un libro diario de clases y una caja de tiza. Los días lunes un comerciante facilitaba una bandera y un pescador un palo machero que servía de asta, se izaba la bandera y los vecinos con todo respeto escuchaban las recitaciones de los niños y la charla, que el director daba semanalmente en la calle”. 
LA EDUCACIÓN CAMBIÓ LOS MALOS HÁBITOS 
Continúa el texto del discurso de Campbell: “En 1945 la matrícula de la escuela fue de 62 alumnos divididos en primero, segundo y tercer año, todos atendidos por su director. El 18 de septiembre de ese año recibió sus mejores aplausos por sus coros y su revista de gimnasia realizada en la plaza de armas de Penco. Poco a poco la escuela fue influyendo sobre la vida y costumbre de los habitantes del villorrio; ya las casas lucen ventanas con vidrios y los niños no los rompen en las noches oscuras; y los niños ni los adultos juegan al chupe ni a la rayuela rodeados de jarrones de vino”. 
Invitación oficial del alcalde de Penco en 1944.


Y CERRO VERDE TUVO SU PRIMER PIANO 
La escuela se preocupaba de inculcar el hábito del ahorro entre sus alumnos. Así lo indica este segmento del discurso: “Al finalizar el año todos los alumnos poseían una libreta de ahorros en la antigua Caja de Ahorros. En ese entonces sólo cinco establecimientos del país lograron que el cien por ciento de los alumnos tuvieran cuenta de ahorro escolar en la mencionada caja. Los cinco merecían el primer premio y hubo que rifarlo y nuestra escuela salió favorecida con el tercer premio consistente en cinco mil pesos. Con ese dinero se compró un piano de ocasión, era el primer piano que llegaba a Cerro Verde. Ese mismo año el director de la escuela era agraciado con el premio al mejor maestro. Este premio se le otorgó en tres ocasiones y era conferido por la Municipalidad de Penco. En 1946 la tarea era construir un local con la ayuda de la comunidad.” 
LA COMUNIDAD PENCONA DIO SU APORTE PARA LA ESCUELA 
El profesor Campbell enumera a continuación quiénes donaron y quiénes aportaron mano de obra para levantar una escuela en Cerro Verde: “ Con la ayuda de los sindicatos industriales de Fanaloza, minas Carbonífera de Lirquén, Ilustre Municipalidad de Penco, gerencia Vidrios Planos, comerciantes, pescadores, donaciones muy importantes de Pedro Roa, Bernardo Sanhueza, Delia Concha, etc. Se reunió para construir el local… $60.000. Por no haber o existir camino carretero a Penco, el material para la construcción era transportado en botes manejados por los alumnos mayores y el material liviano era traído a mano por los alumnos menores. Muchas personas del villorrio cooperaron con su mano de obra en la forma que podían. En los recreos cooperaban al trabajo de carpintería y albañilería los alumnos y el director. Varios mineros de la Compañía Carbonífera de Lirquén que salían del turno de las 3 de la tarde, una vez que almorzaban cooperaban a los trabajos más pesados, igual cooperación prestaban varios obreros de Fanaloza.” 

El director Campbell, arriba al centro. En segunda fila al centro el profesor Ramón Fuentealba.


LOS POBLADORES IBAN A LA ESCUELA A LEER Y OÍR MÚSICA
Y quedó lista la escuela de Cerro Verde como lo afirma este párrafo: “En el mes de octubre de 1946 nos trasladamos al nuevo local. Se organizó la biblioteca y el botiquín de la escuela estuvo al servicio de ésta y de toda la población. En este mismo año se logró traer al pueblo por primera vez el alumbrado eléctrico. Cuando los alumnos terminaban sus clases, los pobladores acudían a la escuela donde encontraban lectura, música y entretenciones. La escuela se mantenía abierta hasta las diez de la noche todos los días incluso los domingo y festivos. En 1947 se organizó la escuela nocturna que funcionó durante nueve años, fue atendida por su director ad-honorem. En ésta adquirieron conocimientos elementales varios comerciantes, obreros y dueñas de casa.” 
El director y su familia: Eduardo Campbell, su esposa Marta Raber, sus hijos Manuel, Héctor, Eduardo, Eufrasia y Carlos, el menor.


EL AZOTE DE LA LEY MALDITA 
En su discurso, el señor Campbell se refiere también al impacto de la promulgación de la “Ley Maldita” por el entonces Presidente Gabriel González. Sin embargo, como este discurso tenía el carácter académico, el profesor no se refirió a ese episodio por su nombre. A este respecto dice el texto: “En noviembre de 1947 muchos ciudadanos fueron detenidos y relegados a muchos puntos del país. El director fue detenido y luego de permanecer una noche y un día en un calabozo del entonces Retén de Lirquén fue llevado al fuerte de Punta de Parra distante siete kilómetros del villorrio. Cuando supo el pueblo, todos los alumnos con sus padres caminaron hasta el fuerte a pedir su libertad, se levantaron voces en toda la comuna sin distinción de credos políticos ni religiosos y se logró que en ocho días quedara en libertad. Los niños nuevamente caminaron con sus padres a Punta de Parra. En el fuerte entonaron un ‘hosanna’ en latín que emocionó a más de un centenar de detenidos de Lota, Coronel, Chiguayante, Cosmito, Penco, Cerro Verde y Lirquén. El comandante del fuerte con profunda emoción felicitó a los niños y puso camiones del ejército a disposición de los padres y alumnos para ser trasladados de regreso a Cerro Verde”. 
Algunas consecuencias prácticas de esa situación política la sintetiza Campbell en su discurso: “La escuela había sido ocupada por un batallón del regimiento Silva Renard de Concepción. La escuela no dejó de funcionar y se instaló en la antigua pieza arrendada en 1944 y en la casa del director. En 1948 se fueron los militares y tuvimos el dolor de encontrar el piano semi destruido, las cuerdas cortadas y las teclas sin el marfil.”
                   UN MURAL PARA LA ESCUELA
 
Arriba, el boceto del mural; abajo a la izquierda la obra pictórica. Al centro el profesor Fuentealba, ex alcalde de Penco, fallecido el 2015.

“En 1950 el Ministerio de Educación autorizó al pintor muralista, profesor Osvaldo Loyola para que pintara un mural en la galería de la escuela. El sindicato industrial Fanaloza obsequió material de pintura y estuco. El mural era de 3 metros de alto por 17 metros de largo. Diarios de Concepción además de las revistas y los diarios de Santiago elogiaron sin reserva esta obra pictórica que abarcaba toda una muralla de la galería y fue destruida por el terremoto de 1960.” 
ENSEÑANZA ESCOLAR EN EL HOSPITAL DE PENCO, OBRA DE LA ESCUELA DE CERRO VERDE
“El director después de sus labores en la escuela atendía a los niños enfermos en el hospital de Penco. Estos niños eran enviados a reposo desde el Hospital Regional. La Municipalidad instaló dos pizarrones y mesitas de cama. Posteriormente los comerciantes Armando Jofré y Juan Mella donaron estantes para la pequeña biblioteca en las dos salas. Esta atención de la Escuela de Cerro Verde duró hasta 1962 (14 años)  fecha en que el Hospital de Penco se trasladó a un moderno edificio hospitalario en Lirquén.” 
“El 1° de enero de 1951 tuvimos el honor de recibir la visita de su Eminencia Cardenal de la Iglesia Chilena José María Caro Rodríguez. Como recuerdo de su visita en la oficina de la escuela se guarda un pergamino con su firma”.  
“Los terremotos del 21 y 22 de mayo destruyeron casi la totalidad de la escuela solamente quedaron en pie dos salas de madera. El trabajo de 16 años se destruyó en cuatro minutos.” 
CERRO VERDE RECIBIÓ AYUDA INTERNACIONAL 
“El Rotary Club de Concepción y de Penco representados por los señores Eduardo Robertson y Víctor Melo ayudados además con la valiosa cooperación de don Augusto Saavedra construyeron el nuevo local en que funciona la actual Escuela General Básica N° 54. Fue la única escuela de la provincia que recibió ayuda de establecimientos educacionales de Estados Unidos, Ecuador, Venezuela, Colombia y México. Esta cooperación fue de profesores ex alumnos del Centro Latinoamericano de formación de especialistas en educación dependiente de la Universidad de Chile que conocían la labor de la escuela N° 54.”
La escuela de Cerro Verde con nuevo número: E-592 (ex N° 54), pero con el nombre de su creador, Eduardo Campbell Saavedra.

 “En diciembre de 1962 tuvimos el dolor de perder al joven maestro y dramaturgo José Chesta Aránguiz fallecido trágicamente a la edad de 26 años. Como maestro primario se inició en la escuela de Cerro Verde. Inspirado en la vida del villorrio escribió su primera obra teatral “Las Redes del Mar”, obra que fue estrenada en función de gala en el teatro de la U. de Concepción cuando el autor tenía 23 años. En la actualidad una sala de clases de la escuela lleva su nombre. 


EDUARDO CAMPBEL SAAVEDRA, Director Esc. N° 54
Cerro Verde 28 de junio de 1969”.


Don Guillermo Pedreros, quien nos proporcionó el material aquí publicado; y su sobrino Eric Pedreros, ambos vecinos de Cerro Verde interesados en preservar la historia local.
Nota de la editorial: los subtítulos y las frases en negritas incorporados al texto son de nuestra responsabilidad.

Sunday, January 17, 2016

LA RANFLA DE CERRO VERDE FUE UN ANTIGUO PASEO DE ENAMORADOS


La ranfla sirvió de tajamar y paseo público en Cerro Verde.
 El sólido tajamar construido con rocas y cal, que iba desde la punta sur de Cerro Verde, hasta más allá del faro por el norte fue diseñado para dar seguridad a la población cerroverdina del avance de las mareas y el azote de las olas. No sabemos la data de su construcción, pero la técnica y el estilo se semeja a las defensas del río Penco en su parte canalizada. Se dice que la levantaron en el 1900. Desde sus inicios los vecinos pescadores y mineros de Cerro Verde llamaron al tajamar la ranfla. Este sustantivo no lo reconoce el diccionario de la RAE, pero puede que sea un ajuste fonético de rambla o sendero que rodea a un lago o el borde del mar.
Las ampliaciones de casas terminaron con el paseo por la ranfla de Cerro Verde.
Durante muchos años la ranfla fue además de murallón, un paseo. La gente caminaba por ella gracias a que su superficie estaba bien pavimentada. Era una vereda de unos 80 centímetros de ancho. Allí se sentaban los enamorados con las piernas colgando hacia el mar, se instalaban pescadores con sus cañas en ristre. Las puestas de sol eran un espectáculo para disfrutar paseando de aquí para allá y viceversa por la ranfla. Porque había espacios libres para recorrer bordeando el mar.
Esta plazoleta habilitada por el municipio de Penco es la única opción de acercarse a la antigua ranfla.
Este fin de semana tuve la oportunidad de acercarme a la ranfla después de muchos años y pude comprobar que si bien permanece allí, hoy está reforzada por un talud de piedras. Ya no es posible iniciar un paseo por la punta sur, porque ese lugar lo ocupa hoy el sindicato de pescadores, avanzando hacia el norte tampoco se puede caminar porque algunos vecinos extendieron sus sitios y casas incluyendo la superficie de la ranfla. Los cercos y panderetas están tan apegados al muro que es un riesgo intentar una caminata por allí hoy el día. Antes esa vereda estaba completamente separada de las casas y los patios.  Era un espacio público e independiente.
Afortunadamente el municipio de Penco creó una plazoleta que linda con la ranfla, desde allí se puede apreciar parte de la antigua fortificación y a su vez disfrutar del panorama de la bahía de Concepción. Pero, no es para caminar por ella.
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La concejal de Penco, señora María Verónica Roa, nos hizo llegar el siguiente comentario:
Estimado, estoy leyendo su artículo sobre la Ranfla de Cerro Verde y quiero contarle que esa placita es obra de una vecina llamada Miriam Morales y vive al frente. Ella se preocupa de conseguir en el municipio lo que usted publicó. Gracias por mostrar lo nuestro y esto es un comentario, los vecinos también hacen su aporte.







LAS SENSACIONES NATURALES QUE PENCO DESPIERTA EN LOS VISITANTES

Trabajos de remodelación urbana en Penco.
Cuando el avión está muy próximo a llegar a Carriel Sur y si es de tarde, poco después de la puesta de sol, a través de la ventanilla se ve el suelo verde botella sembrado de luces… ¡es Penco! Se alcanzan a divisar decenas de vehículos circulando por las distintas calles y destaca el largo muelle con su inconfundible línea recta de ordenados faroles encendidos contra el fondo oscuro del mar. Sabemos que en sólo un par de minutos nuestra aeronave se posará en la pista apenas unos kilómetros más allá de la isla Rocuant. Tan pronto abandonamos el terminal aéreo en menos de veinte minutos llegaremos a nuestra ciudad ésa misma que vimos felices desde el aire. 
Si por en contrario, desde Santiago hubiéramos viajado en bus o en el automóvil, pasado el peaje de Agua Amarilla se aprecia el borde costero de Penco cuando la ruta del Itata se inclina fuerte por la pendiente del cerro Copucho a unos tres mil metros del empalme de la población Desiderio Guzmán. 
Si llegas de amanecida y desciendes del vehículo ahí en la plaza el impacto sensorial es inmediato. Una brisa que baja de los cerros inunda las narices con un suave pero perceptible olor a pinos y resina. Si en otra circunstancia llegas en medio de una llovizna persistente, te recibe ese aroma a tierra mojada. Si, por otro lado la situación fuera distinta, digamos cerca de la medianoche, al bajar del automóvil o del bus el pecho se llena de aire fresco con esa fragancia salina tan clásica del mar. Y en el silencio oscuro, el rumor de las olas rompiendo en la playa se deja oír a menos de dos cuadras de distancia. 
Ésas son las primeras sensaciones que experimenta un afuerino al arribar a Penco. En cambio, para quienes tienen un pasado pencón, aquel recibimiento sensorial se traduce en evocaciones familiares que asoman de repente y que dibujan rostros, personas, amigos, conocidos, historias, amores, infancia. Es la rica emoción de sentirse en casa otra vez, después de mucho tiempo aunque la casa y sus moradores ya no estén.
En esta casa ubicada en O'Higgins al llegar a El Roble, vivió alguna vez en su infancia el autor de esta crónica.
 
En seguida, un recorrido a pie por las calles –en Penco no se requiere de un auto para ir de un lugar a otro— para ver y observar los cambios que impuso el tiempo, para decir aquí vivía tal o cual vecino, tal o cual familiar. Imagino sus sonrisas a través de los visillos de las ventanas viejas al pasar por ahí. Hay que responder ese saludo fantasmal con otra sonrisa y seguir caminando, golpeando con los tacos de los zapatos las baldosas de otros tiempos. Este ejercicio de recorrer las calles de Penco lo practica mucha gente que de vez en cuando viene de paso, muchos años después de haberlo dejado para acercarse a otras esperanzas. Qué alegrón más grande es encontrarse con Patricio Ramírez Merino haciendo sus trámites por ahí o ser recibido amablemente en la casa de la hermanas Riquelme. 
Al caer la tarde del verano, cuando el sol de enero sepone por detrás del cerro Bellavista y el viento suroeste peina las hojas de los árboles y riza el mar en la bahía nos damos cuenta que la caminata llegó a su fin en cualquier lugar. Aunque Penco sí ha cambiado con nuevas construcciones y más adelantos, el pueblo de entonces –la ciudad de hoy—conserva su carácter: esas  sensaciones evocadoras que despiertan las fragancias de los cerros entrelazadas con los salinos olores que afloran del mar.

Monday, December 28, 2015

EN ROA ESPARCIERON LAS CENIZAS DE "MARIO REY" CONOCIDO CANTANTE PENCÓN DE LOS SESENTA

Aspecto del responso de adiós a Heriberto Ramos celebrado en Roa. En segundo plano, su viuda Juventina Inostroza junto a su hijo Ariel Ramos Inostroza.

Mario Rey (Heriberto Ramos) a la izquierda, en una foto de sus años con el dúo Abolengo.
Bajo los manzanos del fundo El Ciego, en los campos de Roa, fueron esparcidas las cenizas de Heriberto Ramos, conocido en Penco con el nombre artístico de Mario Rey. La ceremonia se cumplió el sábado 2 de enero de 2016, a las 13:30 horas, en el mismo lugar donde casi cincuenta años antes contrajera matrimonio con Juventina Inostroza. Heriberto Ramos falleció el 28 de diciembre de 2015 en Puente Alto, Santiago, a la edad de 80 años. Padecía de un problema pulmonar crónico y la causa de su muerte fue una neumonía.

Desde que se radicara en Santiago en 1979, no abandonó nunca su vena artística tanto en el dibujo como en el canto. Hasta que sus fuerzas le permitieron siguió cantando boleros, aquellos mismos que lo llevaron a la fama regional en los años sesenta.

 
Nacido en la localidad de Freire, Heriberto Ramos, emigró joven a Penco, en busca de mejores horizontes. Sus dotes naturales para el dibujo y la pintura le abrieron la puertas en Fanaloza, donde se desempeñó en la sección decorado. Sin embargo, también se dedicó al emprendimiento artístico. Durante un tiempo estuvo a cargo del restaurant El Pollo Dorado, que inauguró su suegro Juan Inostroza, ubicado en la calle Talcahuano y más tarde abrió su propio negocio El Imperio, una renombrada boite en la esquina de Mebrillar y Freire, cuyos muros interiores él mismo pintó con motivos del imperio Inca. Artistas de renombre continental actuaron allí y cantantes aficionados pencones también tuvieron su oportunidad.
Heriberto Ramos durante una entrevista que nos concedió recientemente.

Paralelamente se dedicó a cantar boleros. Junto a Nelson López creó el dúo melódico Abolengo, reconocido en la zona y posteriormente el trío Romance, al que se integró Félix Fierro. Mario Rey era la primera voz y ejecutor de la segunda guitarra. En las radios de Concepción se hizo famoso por sus interpretaciones y fue Anatole Figueras ese gran animador radial de aquella época quien le sugirió el nombre artístico de Mario Rey que Heriberto Ramos sin dudar adoptó con éxito. En uno de mis encuentros con él en su casa de Puente Alto, le dije que me gustaba llamarlo Mario Rey y no Heriberto. A lo que él respondió con una sonora carcajada. Y en seguida, me dijo con un tono de nostalgia: “No hay problema, pero lo cierto es que Mario Rey murió hace muchos años…” No obstante, en esa reunión, Heriberto tomó su guitarra y se puso a cantar con esa misma voz de trovador plena de sentimiento con la que cautivó a miles de admiradores allá por los sesenta en Penco y en la región.
(Texto actualizado el 04-01-2016)
Ariel Ramos hace un recuerdo de su padre, en la ceremonia.

Otro aspecto del responso al que concurrieron familiares de Santiago, de Penco y vecinos de Roa.

Un pendón con el rostro de "Mario Rey" fue desplegado en el lugar.

Nota de la editorial: Agradecemos las fotografías y la información que nos hizo llegar Ariel Ramos Inostroza, hijo del fallecido artista de Penco.