Friday, June 23, 2017

CINCUENTENARIO DE IGLESIA METODISTA PENTECOSTAL DE PENCO INCLUYÓ EL LANZAMIENTO DE NUEVO LIBRO DE BORIS MÁRQUEZ OCHOA

NOTA DE LA EDITORIAL: Con numerosas actividades la comunidad evangélica Metodista Pentescostal de Penco (calle Los Olivos) celebró su primer cincuentenario. Entre ellas, hubo actos oficiales, sociales y el lanzamiento de un libro conmemorativo, escrito por el historiador Boris Márquez Ochoa. El autor nos ha hecho llegar un artículo informativo que narra aspectos del libro y de las celebraciones. La nota la publicamos a continuación:  
Portada del libro.
En el contexto de las celebraciones del medio siglo de existencia de la Iglesia Cristiana Metodista Pentecostal, ubicada en calle Los Olivos número 51, el domingo 21 de mayo pasado se presentó a la congregación, autoridades eclesiásticas y civiles de la comuna el libro “Un templo a la vera del mar: 50 años de la Iglesia Cristiana Metodista Pentecostal de Penco 1967 – 2017”.
El autor del libro Boris Márquez Ochoa, durante en lanzamiento de su libro.
El texto conmemorativo presenta una relación pormenorizada del tránsito de una comunidad religiosa, que bajo el amparo de su amor a Cristo y al prójimo ha construido una historia de caridad y de compromiso social con la comunidad. Miles de fieles han sido y son parte de esta larga tradición evangélica, que en el puerto se asentó desde fines del siglo XIX, con la predicación de Juan Canut de Bon, como se describe en la obra histórica.
El Alcalde Víctor Hugo Figueroa entrega reconocimientos a los pastores Daniel Márquez V. y Roxana Ochoa C.
El autor, Boris Márquez Ochoa, es magister en Historia por la UdeC y Director de la Biblioteca Municipal de Concepción José Toribio Medina, es pencón y miembro de la Iglesia Evangélica. Este es el cuarto libro que edita rescatando nuestro rico pasado regional. El joven y prolífico investigador nos cuenta sobre su obra: “el texto es un tributo a los pioneros del movimiento pentecostal en Penco que con mucho sacrificio y pocos recursos dedicaron sus vidas a la predicación del Evangelio de Jesús y a la ayuda social en Penco. El libro contiene páginas alegres de estos hombres y mujeres que en sus diferencias y carencias construyeron una comunidad que ayer fue resistida y hoy valorada y querida, de la cual soy un feliz miembro”.
Manuel Suárez Braun lee un mensaje de la Sociedad de Historia de Penco a esa congregación en su calidad de secretario de la SHP. 
La obra profundiza en la década del 40 del siglo XX en el recinto minero el Rosal de Cosmito, cuando el pastor Esteban Márquez Valenzuela presidiera un templo de la Iglesia Metodista de Chile y tras el cierre de la mina fundara junto a un grupo de hermanos la Iglesia Los Olivos en 1967, a la vera de la bahía de Concepción.

El Te Deum evangélico en conmemoración del cincuentenario de la Iglesia recibió la visita de autoridades así como diversos reconocimientos a la congregación. Víctor Hugo Figueroa, Alcalde de Penco, entregó un galvano a los actuales pastores, Daniel Márquez V. y Roxana Ochoa C., en reconocimiento a la labor pastoral. Por su parte, la Sociedad de Historia de Penco, representada por su Secretario Manuel Suárez Braun, presentó una placa conmemorativa por la célebre historia de la comunidad y un discurso que emocionó a la feligreses.
Dos fotos históricas de los Metodistas Pentecostales, arriba un aspecto de la congregación pencona en 1976; y abajo, el fundador Esteban Márquez  Valenzuela durante una prédica al aire libre en Cerro Verde Alto (1986, aprox.).
Deseamos que la historia del movimiento evangélico siga creciendo en la comuna de Penco y más historias de estas comunidades se den a conocer.   

Monday, June 12, 2017

EN 1956 LA COMUNIDAD DE PENCO GOLPEÓ LA MESA AL PODER EJECUTIVO

Hay pocos ejemplos en la historia local que se puedan comparar a la reacción coordinada de la comunidad frente a la desfavorable situación económica que vivía Penco en 1955. Sólo se le acerca en el nivel de incertidumbre la crisis por el escándalo de Loza Penco bajo la propiedad de Palma Matus en los noventa. Fue así que el 24 de enero de 1956 el diario El Sur incluyó la noticia procedente de Penco de la formación de un comité transversal tanto de partidos políticos como de organizaciones de trabajadores bajo el título “Constituido en Penco el Comando Político-Gremial de Empleados y Obreros”. Con gran dignidad ese comité golpeó la mesa frente a las autoridades para expresar el malestar. Pero, en el fondo el documento era un grito colectivo de desesperación. Y planteó cinco exigencias que se expresaron en la prensa de la época en los siguientes términos:
“Solicitar al ejecutivo que se preocupe de resolver en forma definitiva el problema de la falta de mercado para el carbón del mineral de Lirquén, cuyas amenazas  de paralización son frecuentes de parte de la empresa. Si la industria no contribuye a su solución que el supremo gobierno la haga producir por su cuenta.”
Pues bien, la mina cerró en 1958 generando una gran cesantía en la comuna. Una de las causas del término de las faenas fue la inundación de las galerías subterráneas y, por cierto, la falta de mercado para el combustible. Sin duda la clausura de la mina estaba ad portas cuando se emitió esta declaración pública de allí que se la incluyera como el primer punto del petitorio. Y fue claro que el gobierno no quiso hacerse cargo del problema.
El segundo punto señalaba: “Luchar junto a la CUT, el comercio y demás sectores afectados para que el ejecutivo retire el proyecto de congelación de precios, sueldos y salarios del Congreso Nacional”.
El presidente de turno era el general Carlos Ibáñez. ¿Habrá prestado oídos a este petitorio pencón?
El tercer punto decía: “Solidarizar con todos los gremios que tienen conflictos pendientes”.
La cuarta exigencia añadía: “Aumento de un 50% sobre el alza del costo de la vida registrado en 1955 para los sueldos y los salarios…” Sin someter esta petición a un análisis más profundo era evidente la gravedad del problema económico que enfrentaban la comuna y el país.
Y quinto punto: “Luchar en contra de todo atentado a la libertad de expresión y defensa del régimen democrático y derogación de la Ley de Defensa de la Democracia". El cuerpo legal también conocido como Ley Maldita estuvo vigente desde el 3 de septiembre de 1948 hasta el 6 de agosto de 1958. Excluía a los comunistas del ordenamiento político y los perseguía. La mencionada ley fue promulgada por el presidente Gabriel González Videla.

La nota de prensa que citamos no menciona nombres de dirigentes involucrados en este petitorio. Sin embargo, el tenor del texto revelaba una preocupación generalizada, acentuada por la incertidumbre del inminente cierre de la mina de Lirquén.

Saturday, June 10, 2017

HECHOS Y ANÉCDOTAS DEL PASADO SERVICIO DE TRENES EN PENCO

NOTA DE LA EDITORIAL: Este artículo preparado por Jaime Robles Rivera, presidente de la Sociedad de Historia de Penco,  constituye un sabroso y documentado compendio del impacto que tuvo para Penco la llegada del primer tren y su desarrollo posterior como vital medio de transportes.

Penco en torno al ferrocarril: 
rieles con historias y recuerdos

Por Jaime Robles Rivera.
A la memoria de mi padre,
Lincoln Robles Norambuena,
trabajador ferroviario.

La llegada del ferrocarril a Penco fue una anhelada aspiración; que si bien tuvo un inicio orientado al movimiento de cargas, a partir de la pujante actividad agropecuaria, forestal, industrial y portuaria que Penco ya mostraba desde la segunda mitad del siglo XIX, pronto también se hizo el medio de transporte y de recreación predilecto de la población. Junto con la iniciativa privada, de los sectores empresariales que requerían con urgencia el establecimiento de vías que dieran seguridad al traslado tanto de los insumos, como de los productos terminados, también era necesario el compromiso del gobierno, para que los proyectos se agilizaran, más aún en una época muy distinta a la actual, en dónde los avances tecnológicos no eran temas de la conversación cotidiana de la ciudadanía, sino más bien de las altas esferas del poder y de los sectores con más influencia política y económica.
Don Lincoln Robles Norambuena, ex jefe de la estación de Penco y padre de Jaime Robles Rivera, autor de este relato. Al lado izquierdo, la gorra que usó en el desempeño de sus funciones. El ex jefe de estación falleció hace 38 años.
Es así que dentro de la administración del presidente José Manuel Balmaceda se apoyó la iniciativa del industrial carbonífero don Federico Schwager, para establecer la conexión ferroviaria entre los puertos de Penco y Talcahuano, que a la sazón dependían casi absolutamente del transporte marítimo, con las complicaciones que de ello se derivan, tales como el clima, sitios de atraque y los volúmenes movilizados, en definitiva, costos altos y poca eficiencia. Se logró, así, poner en servicio en 1889 una primera etapa, que unió las estaciones (modestos paraderos) La Pampa en Concepción, con Playa Negra, en Penco. Esta enorme inversión, y su posterior administración, fue asumida por la compañía inglesa Duncan Fox. Tal era la importancia económica que la gran bahía de Concepción (Talcahuano, Penco-Lirquén y Tomé) implicaba para la provincia, que el siguiente gobierno, del Presidente Jorge Montt, impulsó la extensión de las vías hasta el puerto textil de Tomé; pero recién, en 1904 se autorizó, bajo la presidencia de Germán Riesco la prolongación sólo hasta Lirquén, tarea que se adjudicó Duncan Fox. No fue sino hasta 1916 que el tren hizo su arribo a Tomé, y desde ahí a Chillán.
Composición gráfica que nos ayuda a rememorar el paso del tren por la estación de Cosmito.
 TRAZADO ORIGINAL DEL FERROCARRIL PENCO-CHILLÁN ERA CASI IDÉNTICO A LA RUTA DEL ITATA

Es de justicia recordar en estas líneas a un visionario, que dentro de sus múltiples inquietudes, advirtió la urgencia de generar vías de unión terrestre entre los distintos puntos productivos de la zona; fue don Julio Dittborn, que luego de trabajar en las salitreras de Tarapacá, desarrolló proyectos de comunicación vía eléctrica que unió Valparaíso con Copiapó por el norte y con Lota por el sur. Dittborn tenía un concepto estratégico de establecer redes de contacto entre los distintos puntos del país. Apoyó entonces los proyectos que permitieron la red ferroviaria, de lo que más adelante se conocería como “el ramal”, que conectó Concepción con Chillán, a través de los campos del secano costero interior; una idea que años antes también había surgido en la mente de un gran penquista, el ingeniero Don Pascual Binimelis. Tan adelantada era esta idea, que la actual Ruta del Itata, recoge en su trazado el trayecto que pensaron estos dos notables hombres un siglo antes. No por nada se ha postulado en años recientes, que paralela a ella, se establezca la nueva vía ferroviaria de alto estándar, para volver a unir Penco con Chillán, y la línea central.
Boleto  de primera clase del tren local, que data del 8 de febrero de 1960. Ese tren que tenía el N° 47 era también
conocido como "el tomecino". 

Cuando el ferrocarril se incorporó al paisaje pencón, esta era ya una zona altamente industrializada, aprovechando las enormes ventajas de la bahía (las mismas que en 1550 ya resaltara Pedro de Valdivia), son varias las empresas que por entonces se habían instalado en nuestras tierras: en 1843 comenzó su explotación la Compañía Carbonífera de Lirquén; 5 años más tarde amplía sus faenas en la mina de Cerro Verde, en 1886; la Compañía Sudamericana de Azúcar, antecesora de CRAV; la inglesa Duncan Fox en 1891; luego lo hicieron Fanaloza en 1898; Vidrios Planos en 1933; Muelle y Bosques en 1955; al igual que Cosaf. Hasta la llegada del tren, para el pencón promedio era muy complejo movilizarse hacia otras localidades. Lo que hoy es un viaje a Concepción o Talcahuano, que en automóvil, y por modernas carreteras toma sólo minutos, en esos años, resultaba toda una odisea que consumía gran parte de una jornada, incluso aunque se tratara de personas con recursos económicos, y qué decir para los menos afortunados, que en tiempos pasados era prácticamente la totalidad de la población. Por ello el tren tuvo una significación trascendente para los sectores más postergados, que vieron como se les abría todo un nuevo mundo, aún más cuando “el ramal” se extendió más allá de Tomé, empalmando vía Rucapequén con Chillán, y de ahí se pudo acercar mucho más la provincia a Santiago, la gran capital.

"EL RAMAL" RECORRÍA 113 KM EN 4 HORAS

El tren transformó la realidad, fue un punto de virtuosa inflexión para Penco. Cuando hizo su arribo, la población local bordeaba las 6.000 almas; prácticamente la décima parte de lo que es hoy en día. El tren atrajo el interés por establecerse en Penco. Como en cualquier parte del mundo, la revolución industrial hizo necesaria mano de obra para operar en las fábricas. Hacia la tercera década del nuevo siglo, la población se duplicó, y siguió creciendo en los años venideros.
“El ramal” de Concepción-Chillán, alcanzaba una extensión de 113 kilómetros que se transitaban en 4 horas de promedio, tanto de ida como de vuelta. Entre la estación Cosmito hasta el puerto de Lirquén, se recorren 9 kilómetros. Esta es la historia que hilvana esos dos puntos extremos en territorio pencón, que con paradas intermedias nos harán recordar toda una época, en donde el carbón de piedra movía el país…
 
La segunda estación ferroviaria en la historia de Penco. A la derecha la bodega respectiva, de madera.
Luego de la Estación Central de Concepción, el tren se enfila a la de Andalién, conocida antes como La Pampa (frente a donde hoy se emplaza un Terminal de buses en calle Lincoyán con Avda. Manuel Rodríguez) su andar lo lleva unas cuadras más allá al paradero Tucapel, para luego cruzar el río Andalién, y habiéndose transitado poco menos de 10 kilómetros desde el inicio del viaje, se hace arribo a lo que otrora fuera un gran centro de producción agropecuaria y carbonífera: la estación Cosmito. El comienzo de esta estación, fue al parecer modesto, más bien asociado al trabajo minero, pero al poco correr de los años, ya se convirtió en un sector de enorme importancia social y económica, habiendo evidencia de la presión hacia las autoridades, para construir en este punto un inmueble que diera las comodidades requeridas, para una estación que ya movía considerable volúmenes de cargas y personas, siendo entonces un centro con vida propia. Cosmito, que hasta nuestros días se caracteriza por la riqueza agrícola de su tierra, otrora fue un área de bullente actividad. Ya la sola explotación del mineral de carbón de El Rosal implicó el emplazamiento de viviendas que cobijaran a los empleados y obreros, consecuente con ello se requirió implementar oficinas administrativas, pulpería, y escuela para los niños, puesto que muchos de los 600 trabajadores, que operaban el mineral, llegaban con sus familias. Dicha escuela fue dirigida por el recordado educador e historiador Don Marco Valdés.
La tercera estación en pleno funcionamiento con andén y marquesina, hoy Casa del Adulto Mayor. 
A esta actividad extractiva, se sumó luego la explotación asociada a la agricultura. La Granja Cosmito, organizada bajo la dependencia de la CRAV, operaba con tecnología y procesos avanzados para su época. Producía y procesaba hortalizas, lácteos, aves, vacunos y un enorme plantel porcino con que abastecía distintos puntos del país, además de alimentos concentrados que elaboraba a partir de subproductos de la granja y de la refinación de azúcar, todo lo que suponía entonces ingentes volúmenes de mercaderías despachadas e insumos que se recibían vía férrea. Todo lo comentado explica la importancia de esta primera parada del ferrocarril en zona pencona.
La línea férrea generó todo un sistema de vida en torno a ella; empujó virtuosamente el emprendimiento y sumó vastos territorios a diversos tipos de actividades productivas y de recreación. Fue precisamente este el caso del tren a Penco. Luego de la estación Cosmito, que bien cabe indicar se encontraba dentro de los márgenes del fundo El Rosal, aparecen en el paisaje otros predios que ven en el ferrocarril una oportunidad de integrarse al desarrollo, estos son el fundo Las Mercedes y el fundo Miramar. Un caso aún más marcado en la interacción con el tren, es el Fundo Playa Negra, propiedad de las minas de Schwager. Este fundo era el de mayor extensión entre los ya nombrados, tanto así que dentro de lo que eran sus dominios, se están emplazando hoy las villas Mavidahue y Montahue. Playa Negra es el punto elegido por Duncan Fox para construir sus oficinas, bodegas y muelle, todo esto en una localización similar a la que hoy ocupa la empresa Muelles de Penco, ex Cosaf. Incluso el muelle de 250 metros que se construyó en 1891, es el antecesor del que conocemos hoy como postal característica de Penco. El muelle de la Duncan Fox prestó servicios por 50 años, hasta que en 1941 fue víctima del Vapor Perú, que lo averió seriamente al chocar con él, producto de un fuerte temporal.

EL TREN TRAJO A PENCO ALIMENTOS FRESCOS DE LA ZONA
Proyección mejorada del andén hacia calle Penco. Foto (circa) 1960.

No se explica la enorme influencia que tuvo en Penco la firma inglesa sin la existencia de una red ferroviaria. Es por ello que la propia Duncan Fox la financió y administró, hasta que la adquirió el Estado. Sus bodegas fueron las de mayor tamaño en todo el sur de Chile, y en ellas se almacenaron productos propios de la zona, tales como trigo, lentejas, avena, porotos, cebada, y otros frutos del país, destinados a proveer diversos puntos de Chile y del extranjero.
Molino El Globo también se vio atraído y levantó allí sus instalaciones, más algunas casas para ejecutivos y empleados, puesto que por el muelle de Duncan Fox se despachaba su harina, y por ferrocarril se recibía la materia prima esencial: el trigo. Se estableció un paradero de pasajeros y desvíos para cargas. El molino el Globo lamentablemente sucumbió en 1920, producto de un voraz incendio. El tren también transportaba materiales de construcción, proveyendo la fuerte actividad portuaria de nuestra bahía. Se hizo necesario abastecer a los astilleros artesanales, que a orilla de playa, construyeron y repararon los faluchos que movilizan personas y cargas desde los barcos hasta los muelles, puesto que por la poca profundidad del lecho marino, no siempre era posible atracar directamente los cargueros al muelle.
Entrada al antiguo muelle de la Refinería en la prolongación de calle Talcahuano. Nótese el piso de madera traída de
los fundos de CRAV en Freire (Coipue) y Pitrufquén (Nueva Etruria). Foto de una familia pencona (circa) 1940.
Avanzando en el imaginario viaje ferroviario, se nos presenta el inmenso trajinar de la febril actividad asociada a la producción azucarera, motor económico por décadas de Penco, junto a la fabricación de loza. La Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar, en su planta de Penco, ocupaba gran parte del territorio al sur del estero que da nombre a la ciudad, tanto en sus instalaciones industriales como en terrenos destinados a la vivienda de empleados, obreros e incluso al ámbito recreativo, social y cultural. En lo que dice relación a su proximidad a la vía férrea, debemos señalar primeramente el desvío de rieles que unía por calle Talcahuano (compartiendo espacio con transeúntes, carretones, y uno que otro vehículo motorizado) primero con las bodegas ubicadas desde calle Freire hacia el mar, luego con un gran patio de maniobras por donde circulaban las pequeñas máquinas remolcadoras Olga y Laurita, yendo y viniendo con carros de carga, para movilizarlos a la línea central. En el mismo recinto, que hoy ocupa la Villa Marina, se ubicaba la cajonería, sección dedicada a la confección de cajones para embalar los característicos panes de azúcar. El desvío de calle Talcahuano también se proyectaba hacía el mar, con la construcción de un muelle, el que contaba en su extremo con una grúa, llamada coloquialmente “El burro”, y que con un brazo desplazaba las cargas desde y hacia los faluchos que hacían el cabotaje con los buques a la gira, trabajo apoyado por el remolcador “Penco”. Este muelle, recibió las inclemencias de un temporal en 1945 que lo deja inhabilitado. Este será un gran golpe para Penco, ya que durante largas décadas no contará un con muelle adecuado a faenas portuarias, perdiendo su categoría de Puerto Mayor, lo que recién se revierte con la construcción del Muelle de la Compañía Sudamericana de Fosfatos Cosaf, y luego con el de Lirquén.

EL GANADO PARA EL MATADERO DE CALLE
INFANTE SE DESEMBARCABA EN LA ESTACIÓN

Otro de los cambios que el tren aportó a Penco fue el contar con provisión de ganado para el matadero de calle Infante. A un costado de la demolida bodega ferrovaria se emplazaba el corral de descarga de ganado. Anterior al transporte vía férrea, los animales eran arreados, cual escena de western, desde la feria de Chillancito en Concepción, hasta Penco, pintoresco por cierto; pero claramente poco práctico.
Estamos ya en pleno recinto de la estación. La construcción (hoy Casa del Adulto Mayor)  fue la tercera estación con que contó Penco. La primera prestó servicios hasta que el terremoto de 1939 la dejó en el suelo, como casi todo en Penco. Años más tarde se levantó una segunda estructura, de madera y grandes ventanales, la que por el paso del tiempo y descuidos en su mantención, dejó de ser un espacio adecuado para el enorme movimiento ferroviario que Penco ya mostraba, más aún considerando la época de verano, en dónde el transitar de pasajeros se incrementaba de manera casi inmanejable. Los vecinos exigieron a las autoridades la construcción de una nueva estación, más amplia y que diera mayores comodidades. El clamor ciudadano pasó años sin ser considerado, hasta que producto de un incendio, en 1954, la vieja estación dio paso dos años más tarde a la moderna edificación, con planchas de cobre como techo. A esta renovación se sumó la construcción de una amplia bodega que albergara el cada vez mayor volumen de encomiendas, para atender al comercio y particulares. Gran artífice de estos adelantos fue el jefe de estación de la época don Julio Castillo.
Un boleto de pre pago para los viajes en tren
entre Concepción y Penco. Se evitaba así pasar
por boletería cada vez.
La estación en sí era para Penco un mundo aparte, punto de encuentro social por excelencia, la llegada del tren del mediodía, procedente de Chillán, significaba un bullicio de gente intercambiando las mercancías que cada época del año proveía. Si bien por itinerario, las detenciones en los andenes de Penco no debían pasar de 1 minuto, en la práctica ese tiempo lo determinaba la oferta y demanda que se daba por las ventanas de los carros, ahí aparecían las cerezas de Nueva Aldea, los membrillos, duraznos y uvas de Ñipas, los quesos de Magdalena, las tortillas de Coelemu y Menque, mariscos y jaibas de Dichato y Tomé; en fin, todo un abanico de productos que a diario eran el deleite de los pencones que tenían una cita implícita con el tren. Conociendo el prestigio de las vides del “ramal”, más de alguna chuica de pipeño era esperada con ansias. El destino final de los vendedores era Concepción, pero muchas veces los canastos “retobados” con cartones, para abultar sus capacidades, llegaban a media carga, mermados por el entusiasmo comprador de los pencones.

PASAJEROS, EQUIPAJE, CARGA Y CORREO 
PASABAN POR LA ESTACIÓN
Una escena nocturna en una estación ferroviaria similar a la de Penco. Foto de Internet.
La estación y su bodega, también era el centro neurálgico de los movimientos de carga para el comercio y la correspondencia de la ciudad, el correo se despachaba y recogía a diario. Para los comerciantes, el transporte ferroviario era un factor crucial para el éxito de cada rubro, para los llamados emporios, los verdaderos hipermercados de ayer, en donde se encontraba desde la perlina y radiolina, pasando por fideos a granel, forraje para animales, herraduras y herramientas. Recordados son los establecimientos de los señores Gino Gardella, Héctor Boeri, Atilio Zunino, Mario Zúñiga, y tantos otros. Por otra parte no hay que olvidar que las dos grandes empresas locales, CRAV y Fanaloza, disponían de sendas pulperías, que preferentemente cubrían las necesidades de víveres y enseres de sus empleados y obreros. CRAV tenía su pulpería casi frente a la Iglesia Divino Redentor, donde hoy atiende un minimarket, como se les llama en la actualidad. En tanto que Fanaloza contaba con dos locales, uno ubicado en calle Infante al llegar a Freire más dedicado a los abarrotes, y el segundo, al que denominaban economato, dedicado a muebles y línea blanca, ubicado frente al río, en el exterior del gimnasio de la empresa, donde hoy funciona una florería. 

EL INCENDIO DE LA BARRACA QUE PUDO HABER
HECHO VOLAR A LA ESTACIÓN DE PENCO

Fanaloza, como todas las empresas instaladas en Penco, dependía en gran medida del tren, para la distribución de productos terminados y la recepción de materias primas e insumos. Esta relación era en un punto mucho más delicada para Fanaloza, ya que en el mismo recinto de la estación, en la esquina que se forma en la línea férrea y calle Membrillar, bajo una carpeta de cemento se encontraba un depósito de combustible, que periódicamente se llenaba con un carro cisterna que llegaba con ese propósito a Penco, luego Fanaloza disponía de ese combustible para sus procesos. Una situación de riesgo se produjo a propósito de dicho estanque, cuando se incendió la barraca FAMI, ubicada en calle Freire, donde hoy está la multicancha de la Iglesia Mormona. Tal era el material inflamable que la barraca contenía, y encontrándose ésta a metros del estanque, que para evitar un desastre mayor, se destinaron parte de los esfuerzos a mantener a resguardo del voraz fuego el comentado estanque, al final la barraca se quemó, el estanque pasó incólume la prueba, para suerte de la estación que naturalmente hubiese desaparecido, de haber explotado dicho estanque.
Grupo de pencones posa en la estación de Lirquén.
Antes de abandonar el sector de la estación, y ya a mitad del viaje hacia Lirquén, hay que enfatizar su importancia, para el reconocido prestigio que Penco tuvo en términos del turismo, a propósito de su agradable clima, de su extensa playa y el suave oleaje de sus aguas. Como primer antecedente, a metros de la estación funcionó por 45 años el Hotel Coddou, hasta que se incendió en 1925, haciendo desaparecer una época dorada de veraneo de la alta sociedad chilena; en tren llegaron a Penco los presidentes José Manuel Balmaceda, Pedro Montt y Arturo Alessandri, quienes habrán disfrutado del paisaje de la bahía desde nuestro Fuerte La Planchada. Años después comenzó a instalarse una serie de establecimientos para atender a los turistas, sobre todo los veraneantes que requerían espacios de distracción y en donde proveerse de servicios asociados al veraneo mismo, tales como alimentación, baños, duchas y camarines. Así nacieron los casinos que apuntan a los más diversos tipos de públicos. El conocido Casino Oriente surgió en 1948 de la mano de don Rosauro Montero Pineda, atendiendo entre otros clientes a refineros y ferroviarios; más adelante lo adquirió la familia Navarrete, que lo administra hasta hoy. Hacia el otro lado del río, en una extensión de 3 cuadras, entre las calles Penco y Yerbas Buenas, siempre a borde de la línea férrea, se ubicaron otros establecimientos como el de las familias Bahamondes, Constella, Villegas, Mena, Salazar, Urbina y Badilla entre otros, los visitantes conocieron locales como “El Cuartito Azul”, “La Bahía” o “El Huambaly”. En algunos se bailaba a los ritmos populares del momento; en otros, servirse frescos ponches y bebidas, mariscos, pescados fritos u otros platos.

EL FERROCARRIL CONCEPCIÓN-PENCO REFORZABA SUS SERVICIOS EN VERANO
Información sobre el servicio de trenes en el diario El Sur de enero de 1938.
Como se aprecia, los rieles fueron la columna vertebral de la más diversa variedad de actividades, de las más diversas naturalezas. Tal fue el caso de una curiosa fábrica de abonos, que ocupaba la totalidad de la superficie de lo que hoy son los bloques de calle Lord Cochrane. Contaba con un desvío ferroviario que nacía en calle Maipú, y se iba separando de la línea principal, hasta empalmar en calle El Roble, con las instalaciones de la fábrica. Fue una empresa que si bien dio empleo, y formó parte del auge industrial de Penco, tenía la particularidad de generar molestos olores en el barrio inmediato, algo parecido a lo que hoy es vivir junto a una pesquera; esto porque una de las materias primas básicas de la producción de abonos eran huesos de animales y otros componentes orgánicos, que al ser cocidos y quemados provocaban la externalidad ya comentada. Retomando este trayecto ferroviario, en el que se han alternado distintas capas del tiempo, el próximo destino nos retrotrae a 1847, es el encuentro con la Compañía Carbonífera de Cerro Verde, que ocupó en sus mejores tiempos a unos mil operarios. Hacia 1885 la adquirió el empresario alemán Augusto Kaiser, que la hizo más competitiva frente al carbón de Lota y Coronel, al abastecer de mejor forma a Refinería CRAV y Fanaloza. El funcionamiento de esta explotación carbonífera sentó las bases de lo que hoy conocemos como el populoso sector costero de Cerro Verde Bajo. La producción de carbón debía ser sacada por ferrocarril, por lo que se estableció un desvío de la línea principal, que nacía de norte a sur, pasando por las cercanías de lo que hoy es la Escuela Eduardo Campbell. La bonanza no sería eterna, la fuerte competencia y problemas de seguridad en el proceso de explotación obligarían a cerrar el mineral en 1912. Cerro Verde debería sobrevivir de ahí en delante de la pesca, lo que durante muchos años hizo que fuera reconocido por aquello, convirtiéndose en una zona característica de Penco.
Jaime Robles Rivera se asoma para una foto en "el ramal corto" Laja.

PARADERO VERANIEGO EN EL REFUGIO
Antes de arribar a Lirquén, bien cabe hacer una pequeña detención en un sitio que si bien tenía un carácter privado, luego daría nombre a todo un sector, e incluso a un colegio que hoy luce modernas instalaciones en un lugar distinto a su emplazamiento original. Nos referimos al “Refugio del Automóvil Club”, que era un lugar de esparcimiento de los socios de dicha institución, mayoritariamente penquistas que encontraron en estos parajes el lugar ideal para días de campo, cerca del mar. Un paradero ferroviario también fue habilitado en El Refugio, para que los veraneantes igualmente pudieran disfrutar de las aguas cercanas a la vía.
Finalmente, este viaje imaginario llega al puerto de Lirquén, que como se comentó al iniciar esta crónica, fue causa importante de hacer urgente la instalación de un ferrocarril. Lirquén tiene un origen fuertemente industrial, ya desde inicios del siglo XIX se elaboró harina de trigo en grandes volúmenes, más adelante se creó una fundición de cobre, aprovechando la abundancia y calidad calórica del carbón que se extraía de su tierra. La obra de mano, relativamente abundante en la zona, se fue transformando paulatinamente de campesinos en mineros, se crearon caseríos en torno a las faenas, lo que fue sentando las bases de la futura población urbana de Lirquén. Dicho carbón fue el alimento de las calderas de numerosas industrias de la provincia. El tren fue la forma más eficiente de sacar la creciente producción. El ferrocarril fue también el que transportó turistas a su famoso Barrio Chino, y que en años más recientes lleva enormes volúmenes de carga a los sitios de atraque de su moderno puerto.
El tren es en el recuerdo de los pencones y lirqueninos, un compañero que no fue eterno. Fue partícipe de variadas historias, las que no se apagan con el cese del tráfico de pasajeros, del que ya han transcurrido cerca de 30 años. No se ve cruzar apegado a nuestras playas el Chillanejo, no se ve el remolinar de gente en los andenes de nuestras estaciones y paraderos; pero ciertamente estás breves líneas serán motivo para que en medio de su lectura, se acerquen a la memoria las mil y una anécdotas, las vivencias, la vida misma, que no se ha ido, sino que permanece intacta, cual cruce de rieles a la espera del paso señorial del siguiente tren.
Una idea gráfica del tren saliendo de Cerro Verde rumbo a la estación de Penco.
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Friday, May 26, 2017

HA PARTIDO MARÍA ORTIZ UNA RECORDADA Y QUERIDA VECINA DE PENCO

María Ortiz Montoya en la década de 1950.
A los 96 años ha dejado de existir este viernes 26 de mayo de 2017 la señora María Ortiz Montoya, una conocida vecina de Penco, dirigente social, ex catequista, una de las fundadoras de la Falange pencona, mujer ejemplar y afectuosa. Fue una suerte haberla conocido y disfrutar de sus innumerables y amenas conversaciones.
Si hay que mencionar a una vecina abnegada en Penco, ella fue María Ortiz. Quienes la conocimos sabemos que dedicó los mejores momentos de su vida a cuidar a sus hermanos dependientes: Regino, Carmelo y Juanita. Pareció que ella nació para cumplir ese papel y así lo aceptó sin protestar. Por el contrario, el carácter jovial y la personalidad firme fueron su impronta hasta cuando la avanzada edad la relegó a su cama hasta el día de su partida. Fue una persona modelo de servicio a su familia, a sus vecinos, que jamás perdió el aplomo, ni en las peores circunstancias. Recuerdo, por ejemplo, que durante el terremoto del 22 de mayo de 1960, cuando todos los vecinos estábamos sufriendo el sismo en plena calle, ella concibió la idea de tomarnos de las manos y formar una ronda para soportar mejor de ese modo la angustia del movimiento telúrico que parecía no terminar nunca. El hecho de estar tomados de las manos nos ayudaba a no caernos, mientras la tierra agitada se sacudía y ondulaba caprichosamente bajo nuestros pies. Y allí estaba María, con nosotros, sin perder compostura, cálida, confiada, rezando en voz alta a la Virgen para que nosotros la siguiéramos en su letanía. En esa terrible circunstancia no la vi desesperada, ni angustiada. A los niños nos miraba seria, humilde y serena mientras musitaba sus plegarias. Nosotros buscábamos sus ojos, su mirada maternal, y hallábamos en ella la paz en la tormenta para esos interminables momentos de temor y horror.
María Ortiz.
Fue una mujer entretenida, contaba historias simpáticas, alegres. Si María estaba en la reunión de vecinos nadie se aburría. Era educada, fina, prudente, respetuosa. En mis primeros pasos como reportero, la entrevisté con grabadora. Me respondió bien, segura, animada y sonriente. El detalle de lo que entonces me dijo se perdió en el tiempo, pero rescato sus buenas palabras, su entusiasmo para colaborar en mis prácticas.  Ella fue una devota católica, seguidora de la Virgen María. En la iglesia hizo clases de catecismo. En las tradicionales procesiones de Penco,  cumplía todo el circuito por las calles penconas caminando descalza, tal era compromiso con su fe profunda. Siempre decía que no le preocupaba qué iba a hacer mañana. Eso el Señor lo sabe, comentaba con una sonrisa. Personas de su vecindario la recuerdan por ser ella muy comunicativa, que pronunciaba bonitos dichos del diario vivir. Reconocen en ella su enorme sentido solidario, compartía penas y alegrías.
En el ámbito político María perteneció siempre fiel a la Democracia Cristiana. Quienes la conocieron afirman que fue una de las dirigentes fundadoras de la Falange en Penco. Destacó como integrante de directivas de juntas de vecinos. Sin embargo, en el ámbito público ella nunca recibió reconocimientos a pesar de tener su corazón y su acción puestos en el bienestar de los demás.
María Ortiz no era originaria de Penco. Con su familia provenía de Santa Fe, en la provincia de Biobío. En los primeros años aquí, los Ortiz vivieron en una casa de calle Maipú entre Las Heras y Freire para después mudarse a la población de Freire y Alcázar. Su padre fue don Pedro Ortiz y su madre, la señora Elisa Montoya. Fueron ocho hermanos: Regino, Baldomero, Victorino, Saturnino, Carmelo, Inés, María y Juanita. María se casó siendo una mujer joven, pero su matrimonio no alcanzó a durar un año. Regresó al hogar materno convencida que su papel en la vida tenía otro destino. Consciente de la preocupación de su madre por el futuro de tres de los hermanos mencionados más arriba,
Una foto de María en un cumpleaños reciente. 
ella le dijo: “no se preocupe usted, que yo he vuelto para hacerme cargo de ellos y cuidarlos con esmero hasta el último día.” Así lo hizo cumpliendo de este modo fielmente la promesa que le hiciera a doña Elisa. Recuerdo su mirada franca y su sentido optimista de la vida. Es una enorme pena saber que haya partido, pero una alegría sin límites la experiencia de haberla conocido.

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FAMILIARES Y VECINOS DIERON UN EMOTIVO ADIÓS 
A MARÍA ORTIZ 
EN SU MISA Y EN SU FUNERAL
El cortejo fúnebre se detuvo brevemente frente al domicilio de María en su camino al cementerio.

El cortejo fúnebre de María Ortiz salió rumbo al cementerio parroquial de Penco desde la iglesia frente a la plaza pero no siguió el trayecto habitual. Se fue por Las Heras y dobló en El Roble. El propósito fue que ella pasara por última vez frente a su casa de la población Lord Cochrane, donde vecinos salieron a despedirla. El funeral continuó por calle Blanco en dirección al campo santo. Este gesto hizo recordar a muchos que cuando María debió dejar su antigua casa en la población de emergencia –en los años 70--  fue la última vecina en mudarse a su nueva vivienda de Lord Cochrane. Quería tanto la antigua casa de madera en Freire y Alcázar, que no se resignaba a dejarla porque allí se quedaba una parte importante de su vida: sus recuerdos familiares. Como insistiera en permanecer, esa casa fue la última de los viejos pabellones en ser desmantelada. Así finalmente María se instaló en su departamento de Lord Cochrane y ahí vivió hasta el día de su muerte. Por eso, la pasada de su funeral por su calle estuvo tan plena del simbolismo del apego natural de una persona por lo que más quiere.
El funeral prosiguió por calle Blanco rumbo al campo santo.
Ofició la misa el padre Julio Maulén Oteíza quien destacó a la difunta como una mujer de mucha fe, mucha entrega y mucho cariño. La iglesia se vio colmada de familiares y personas que asistieron a despedirla. Hubo también allí muchos adherentes de la Democracia Cristiana. Fue una misa cantada con la participación de Andrés Urrutia Riquelme con su voz y su guitarra. Luego de la comunión, hablaron en el templo sus sobrinas nietas Angela Nourdin y Cecilia Guzmán. A nombre de los antiguos vecinos de la desaparecida población de emergencia, hizo uso de la palabra Anita Riquelme Araneda, quien dijo lo difícil que resultaba resumir en pocas palabras las grandes virtudes de María. Indicó que ella supo prodigar la calidez y la ternura de una madre a sus ocho sobrinos reunidos bajo un mismo techo: Nicolás, Maruja, Jaime, Fernando, Roberto, Miguel, María Angélica y Cecilia. Anita destacó también el amor por la naturaleza que siempre mostró María: tenía un jardín, una huerta. Cuando iba por una calle de Penco y pasaba frente a un jardín se detenía a admirar las flores. Le encantaba ir a la par con el movimiento de los astros: “mañana empieza la luna menguante”, acostumbraba a decir, por ejemplo. O vaticinaba que iba a llover observando el halo del sol o el sentido del viento. Anita destacó en María estas características de su persona y subrayó su notable sentido de solidaridad para con sus vecinos, para con sus hermanos. “María fue una mujer valiente y resignada frente al destino que le correspondió vivir”, dijo Anita en parte de su mensaje en la iglesia. En el cementerio agradecieron a nombre de la familia Ortiz Pablo Constanzo y Darwin Aguilera.
Este domingo 28 de mayo de 2017, con un día soleado y frío, se cerró un capítulo en la historia vecinal del siglo XX de Penco con la despedida en el cementerio local de una mujer memorable, de bajo perfil, de acción, de fe, digna, de cariño inmenso por quienes le rodearon. Las personas que la acompañaron en el adiós y que estuvieron con ella hasta el final, como fue el caso particular de Alejandra Lema y sus hijos Elisa y Darwin Aguilera --quienes la asistieron en sus últimos años--, pueden dar testimonio de lo que hemos narrado.
¡Infinitas gracias, señora María!   
La urna fue depositada en una mesa preparada especialmente.
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Agradezco las fotos cedidas y captadas por Andrés Urrutia y datos biográficos compartidos por las hermanas Anita, Elianita y Norita Riquelme Araneda.


EL TÚNEL QUE RESOLVIÓ LA BARRERA INFRANQUEABLE DE PUNTA DE PARRA

El túnel de Punta de Parra y la recreación de la línea férrea.
Los ingenieros sabían que el único escollo para extender la línea del tren de Penco a Tomé –y más allá-- era Punta de Parra lugar donde un acantilado interrumpía el suave nivel de la línea de la costa. Esa roca granítica cortaba la proyección natural de la playa como un muro. Para un viaje a pie había que remontar el cerro y dejarse caer al otro lado. Otra opción para llegar a la playa vecina era hacerlo en bote. Pero, ninguna de las dos alternativas era válida para el tren. Los ingenieros, por lo general, no comentaban sus planes en público. Así que en Penco, lo que se sabía era por boca de los carrilanos, obreros encargados de construir el talud para tender las vías. Ellos escuchaban a sus jefes en las faenas y lo repetían en las cantinas. Estos trabajadores de pala y picota, en su simpleza, contaban a la gente curiosa y respondían sus preguntas. Decían que había que hacer un corte en la roca viva de Punta de Parra o perforar un túnel. A medida que pasaba el tiempo, los pencones y los lirqueninos por este lado y los tomecinos por el otro apostaban porque finalmente se horadaría un agujero para la pasada del futuro tren. En Chile, país de montañas y cerros, decían, estamos acostumbrados a hacer túneles y citaban los pasadizos subterráneos que ya funcionaban con eficiencia en toda nuestra geografía. Los pencones ansiosos esperaban que por fin se hiciera el famoso túnel para ir a Tomé en forma más rápida y para tener esa sensación de cruzar un trozo de línea bajo el cerro. No faltaban quienes sentían miedo anticipado y se juramentaban que nunca intentarían ir por ese medio. Tales pudieron ser los temas de conversación de nuestros abuelos en Penco en los comienzos del siglo XX.
Los primeros cálculos indicaron el número tentativo de tiros de dinamita que habría que efectuar para vencer la roca y abrir el paso. También se estimó, con bastante precisión que el futuro pasadizo tendría una longitud entre 250 y 300 metros. Como Punta de Parra tiene la forma de un ángulo agudo de tierra entrando en el mar, para poder seguir la línea de la costa, el túnel tendría que ser curvo. Esta condición haría que una vez ingresado en él no se vería ni la salida ni la entrada, o sea, obscuridad absoluta. Tal resultó ser finalmente su característica.
Suponemos que cuando comenzó su construcción la perforación debió iniciarse por ambos lados, de modo que las cuadrillas deberían encontrarse exactamente en el centro. Mientras éstas avanzaban, trabajadores especializados revestían con piedras y mortero la bóveda y otros construían las canaletas de drenaje. La ingeniería seguía sus protocolos desarrollados y aprendidos en anteriores proyectos de este tipo.
Entre tanto, en Penco y en Lirquén el vecindario seguía alerta a los avances de esos trabajos preguntándose cuándo pasaría el primer tren a Tomé. El tramo de unos 18 kilómetros entre ambas ciudades prometía continuar a Chillán. Este proyecto ferroviario del estado debió generar muchas expectativas por la promesa de una conexión directa de Penco con la capital de Ñuble y todo el desarrollo económico que generaría. Sin embargo, fueron precisamente las expectativas las que desencadenaron pugnas de intereses que entre tiras y aflojas obligaron a modificar el trazado original de la línea ideado por los ingenieros. Fueron esas discusiones soterradas las que dejaron fuera del ferrocarril a Rafael, San Ignacio y Ránquil. En esta última localidad quedaron con los crespos hechos esperando el tren que nunca llegó. Para ellos no hubo una explicación satisfactoria. Así, la estación correspondiente se edificó en Ñipas en 1911. Sin más, la línea tampoco pasó por Rafael como se había planificado, sino por Magdalena; excluyó además a San Ignacio. Fue un balde de agua fría. Hubo muchos propietarios de terrenos que con frustración comentaron “en todas partes se cuecen habas”.
Ñipas despojó a Ránquil del derecho a línea ferroviaria a comienzos del siglo XX. Hoy le queda sólo la estación.
El túnel de Punta de Parra fue finalmente inaugurado en 1914. Los trabajos quedaron excelentes, tanto así que más de cien años después sigue ahí. Sólo que ya hace tiempo los rieles fueron retirados y quedó sin mantenimiento. Este último aspecto se nota, expertos en prevención de riesgos han indicado que se advierten fisuras en el revestimiento, sin duda, por efecto de los terremotos.
Apelamos a nuestra imaginación y a la capacidad de extrapolar para formamos una idea de cómo pudo ser la pasada por Penco del primer tren de pasajeros proveniente de Chillán. Tanta gente vestida con sus mejores tenidas en este viaje inaugural. Cuántos comerciantes al menudeo trayendo productos de los campos. Y en lo que al servicio de carga se refiere, el ferrocarril dio un gran impulso a la economía de la zona.
Penco ya no fue el mismo a partir de 1916 cuando el tren llegó a Tomé. En 40 minutos se podía ir entre ambos puntos. La unión con Ñuble se produjo poco después. Los túneles fueron la solución a las barreras de cerros para la extensión del ramal Concepción-Chillán. Y, visto desde Penco, Punta de Parra dejó de ser el muro infranqueable gracias al túnel que permitió el enlace ferroviario y que hoy está abandonado.
Una fantasía recreada de un tren saliendo del túnel de Punta de Parra.

Sunday, May 21, 2017

"MARÍA DEL RÍO" DE CRAV FUE EL GRAN EQUIPO DEL BÁSQUETBOL FEMENINO DE PENCO

EQUIPO MARÍA DEL RÍO 1965: de izquierda a derecha aparecen en esta foto Rosa Cartes, Ema Figueroa, Estela Vergara, Amalia Villegas, Juanita Figueroa, Isabel Navarrete, Sofía Zambra y Encarnación Rodríguez.
En 1965 el equipo de básquetbol femenino dependiente de la Refinería, el "María del Río" , tuvo una excelente actuación en el torneo penquista. El quinteto lo integraban hijas de familias refineras y la conducción técnica del cuadro era de responsabilidad don Juan Muñiz, un entrenador de nacionalidad uruguaya avecindado en Penco y contratado por CRAV.

El "María del Río" entrenaba en el hoy desaparecido edificio del Deportivo de la empresa en calle San Vicente. La contra parte masculina del balón cesto de la Refinería era el "Federico Carvallo", cuyo jugadores eran mayormente trabajadores de CRAV. Precisamente, uno de ellos que recordamos con mucho cariño es Carlos Romero Espinoza, camiseta N° 12, casado con María Canales (mi madrina de bautizo).


Resulta poco conocido el origen de los nombres de los equipos refineros para muchos pencones en la actualidad. En el caso del básquetbol masculino el quinteto recibió el nombre del administrador de turno de la empresa, don Federico Carvallo. Y en lo relacionado con el equipo femenino, el nombre que recibió correspondía al de la esposa de don Federico, la señora María del Río.

El deporte a nivel competitivo en la Refinería tuvo mucha importancia. Y uno de sus grandes estrategas en todas las disciplinas fue Juan Muñiz. 








A la izquierda, Juanita Figueroa, gran
basquetbolista del "María del Río"
en 1965.

Sunday, May 07, 2017

UN PINTOR NOS DESCRIBE A PENCO CON TODA LA FUERZA DEL COLOR

Una visión multicolor de Penco, según el artista local José Fernando Castro Reyes.
Tal vez nunca Penco ha sido representado con tanto derroche de color como se aprecia en las telas pintadas por el profesor José Fernando Castro Reyes, hijo de refinero. Pintor por vocación, este maestro normalista y asistente social, dedica horas a observar, a preparar sus pinceles y lanzarse a combinar matices, contrastes, dibujos y proporciones sobre una superficie horizontal en el taller de su casa de la villa Lomas del Conquistador entre las poblaciones Desiderio Guzmán y el ex recinto de la Refinería. Admirador y cultor del estilo postimpresionista de Vincent Van Gogh, Castro ha logrado un sello interesante fruto de su pasión por este trabajo. Incluso se fabricó una paleta dentada para conseguir el trazo caprichoso de líneas paralelas especialmente en esos cielos arremolinados que distinguieron la obra del artista neerlandés.
Un detalle de una pintura que revela la influencia de Van Gogh en el estilo del pintor de Penco.
Ha vivido en Penco toda una vida. Hoy, a sus 67 años, se declara un agradecido de la ciudad y de tantas personas con las que compartió en el ámbito profesional tanto en Lirquén como en Penco. Ejerció como profesor en varios establecimientos de la comuna, jugó fútbol por Coquimbo CRAV igual como lo hiciera su padre, don Fernando Castro, fallecido en octubre de 2016. También trabajó como administrador municipal en el municipio pencón por años, donde, en virtud del cargo, le correspondió subrogar al alcalde Ramón Fuentealba en varias ocasiones.
El profesor y pintor José Fernando Castro Reyes en su casa de la villa Bahía Azul de Penco.
Casado con la tomecina Gloria Elgueta, el matrimonio tiene cuatro hijos: Gustavo, audiovisualista; Claudio Sebastián, arquitecto; Valeria, matrona; y Catalina, estudiante de arquitectura en la Universidad Católica. Fernando ha expuesto en forma individual en Yungay, en Ránquil y en dos muestras colectivas en Concepción con motivo del centenario de Nicanor Parra y de Vincent Van Gogh.
La paleta dentada creada por Fernando Castro para
acercarse al estilo de Van Gogh.

En los muros de su casa cuelgan telas con su impronta que embellecen las distintas habitaciones. No sólo el color abigarrado, sino que su conjugación con el dibujo y los temas paisajísticos donde predominan los álamos estilizados que se inclinan en distintas direcciones generan un todo inspirador. Los cuadros marcan también las distintas etapas que ha vivido su autor que van desde lo figurativo a la abstracción. Un toque especial a este ambiente visual predominante es la música seleccionada por el pintor, un plus al momento de oír las descripciones que él hace de esas obras más significativas expuestas allí para sus moradores y sus visitas.

El carácter serio y tranquilo del profesor explota en espontaneidad cuando en su taller solitario suelta las riendas de su imaginación. Los pigmentos de acrílico de todos los tonos se aglomeran y resbalan sobre la superficie en la que va a trabajar. La inspiración, la técnica y el buen gusto complementan su inquieta labor artística. Esta inclinación creadora que había permanecido en potencia y casi oculta durante tanto tiempo en el espíritu del profesor ha salido a la luz y lo ha convertido en un potente artista plástico de la ciudad. Sin duda muy pronto conoceremos nuevos trabajos suyos que nos sorprenderán. Enhorabuena. 
El profesor Castro narra el contenido de su obra Penco en una conversación con nuestro blog.

Monday, May 01, 2017

PENCO, UNA COMUNA LABORIOSA Y UNOS POCOS "PULMONES VíRGENES"

En el Día del Trabajo recuerdo a Penco y Lirquén como una comuna de gente laboriosa. La historia así lo muestra. Sus calles de esos años era transitadas de día y de noche por centenares de empleados y obreros de las distintas industrias y otras actividades productivas, sin contar los trabajadores de los diferentes emprendimientos que los había por todas partes. Penco fue y es modelo de hombres y mujeres que dedicaron y dedican su tiempo al trabajo sacrificado. Ellos celebran hoy su día con justificada razón y orgullo.
Pero. Hubo excepciones.
En más de una oportunidad en el pasado escuché un par de expresiones casi generalizadas en Penco para apuntar a alguien sin ocupación ni trabajo conocidos. Podía haber muchas razones para que el aludido justificara no estar ocupado en labores productivas. A modo de defensa quienes creían en ellos argüirían que dichas personas no tenían carácter, por ejemplo; que carecían de las técnicas básicas para desempeñarse en tal o cual oficio, desconocimiento, falta de habilidades puntuales, incompetencia, etc. Nunca decían, que sus defendidos carecían de voluntad para lanzarse a la aventura en el mundo laboral. Consecuencia de esta situación era que cuando el tema de conversación era el trabajo, salían los comentarios cáusticos: “ese gallo tiene pulmones vírgenes”.
Que los pulmones tengan que marchar a un ritmo superior a su función ordinaria fue sinónimo de trabajo esforzado. Quien no hubiera exigido más a ese órgano corporal en una acción productiva no era digno de afirmar con la frente en alto que había trabajado. De allí entonces que el tal “pulmones vírgenes” era literalmente un flojo, más aún si le nacía serlo. En este sentido, por tanto, no era recomendable tirarse a flojo en Penco porque la opción significaría estar en boca de todos. Pero, había personas que por decisión propia se rehusaban a buscar empleo. Hubo muchos casos reconocidos… Había, por cierto, sinónimos para la metáfora de la flojera. Por ejemplo, a un flojo lo apodaban “solano”, por estar tendido al sol, imagino. Una denominación menos usada era “sotigüe”, cuyo desglose no viene al caso. Y, por último, el alias más hiriente para un flojo era ser "bautizado" “primero de mayo” para significar exactamente lo opuesto, o sea, el alto valor ético y moral del trabajo que nos recuerda esa fecha en todo el mundo.