Sunday, October 19, 2014

ORO, ARTE Y SONRISAS EN EL FONDO DE UNA TAZA DE FANALOZA

Tal vez la única industria que contrató artistas del pincel y del diseño para que ejercieran en lo que más les gustaba: diseñar a sus anchas y pintar sobre cerámica, ésa fue Fanaloza de Penco. Entre sus distintos departamentos, Fanaloza tenía una sección de decorados. Allí se congregaban los artistas (Pereira entre ellos) a pintar loza y porcelanas o a fijar prolijamente transparencias sobre la fina vajilla. Empleaban pinturas delicadas que incluían dorados con oro auténtico. En la sección decorados imperaba el silencio y la concentración. Los artistas se empeñaban para que la mejor loza del mundo fuera el centro de la admiración en las mesas chilenas. Estos especialistas empleaban agudos pinceles para crear las guardas y los filetes que adornaban las tazas y los platos. Para lograr la mayor eficiencia posible empleaban tornos, donde las piezas de lozas giraban a la espera de recibir su cosmética. Manos seguras, especializadas y expertas aplicaban los vivos dorados sobre el blanco inmaculado de la pasta moldeada y salida de los hornos. Estas piezas exclusivas con su maquillaje terminado hacían turno para recibir el baño de barniz y someterse a una segunda pasada por los hornos. Después, terminadas y clasificadas,  eran conducidas en forma ordenada a la sección empaque donde se las embalaba en jabas llenas de paja amortiguadora para luego salir a sus destinos.
Hace apenas cuatro días me topé con una fotografía (la que está al inicio de este post) de una de esas bellas tazas de entonces, que se fabricaban en Fanaloza de Penco. Si no de la línea súper elegante, esta taza –cuyo nombre de clasificación desconozco—apuntaba al estrato medio alto para el uso diario. En centenares de casas de Penco, sin embargo, lejos de pertenecer a ese estrato, había de estas tazas. Llegaban allí porque formaban parte de los juegos de vajilla que recibían obreros y empleados de la industria una vez al año. Eran usadas para el té y el café indistintamente. Cuando me mostraron esta foto (gracias Cynthia Aguilera) de este modelo de taza, tal vez el más típico de la producción pencona, se desataron mis recuerdos y mi mente se inundó de imágenes. Eran las tazas de los cumpleaños, de las ocasiones especiales. Onces maravillosas con té con leche (otra especialidad de Penco) se servían en ellas. Acompañaban el pan de chocozo tostado untado con mantequilla y la conversación entretenida con los niños. Al final de una mesa grande uno podía descubrir la mirada dulce y la sonrisa indulgente de los mayores. Esos recuerdos están en esa taza y en ese platillo.

Thursday, October 16, 2014

LOS TERREMOTOS EXPLICARÍAN EL MISTERIO DE LAS ROCAS REDONDEADAS DEL MAR DE PENCO

En primer plano, algunas piedras con forma de esfera, en la costa de Penco.
Las piedras que están en el fondo marino junto a la playa de Penco y que afloran con las bajas mareas son redondeadas. Incluso, algunas parecen perfectas esferas. ¿Por qué tienen ese aspecto si deberían ser angulosas? No existen ríos torrentosos en la zona de la bahía de Concepción que justifiquen la presencia de tales piedras. Se tiene por sabido que es en los ríos con gran pendiente donde las rocas que se desprenden de los cerros terminan convertidas en piedras de huevillo, por los golpes recibidos de la fuerza del arrastre. Así se puede observar en la mayoría de los caudales de la zona central de nuestro país. Los aluviones liman las aristas y las convierten en piedras de canto rodado.  El agua sólo mueve esas piedras. Pero, en Penco no tenemos una explicación para esas piedras suaves tan familiares…
En el desierto de Atacama hay piedras en medio de la pampa que tienen sus cantos rodados. Y allí no hay ríos. ¿Entonces cómo es la cosa? Este hecho intrigó a científicos norteamericanos quienes luego de estudios concluyeron que la causa de la suavidad de las caras de esas enormes rocas tiene su explicación en los terremotos. Al agitarse por los movimientos telúricos esas piedras chocan unas con otras y pulen sus ángulos desplazándose por la arena. Claro que se necesitan millones de años para que eso ocurra. Y curiosamente no es necesaria la acción del agua.
Llevemos esta explicación a las rocas del fondo marino de Penco. Esas piedras, angulosas en origen, se golpean entre sí con los terremotos y los maremotos posteriores las arrastran. De allí el ruido ronco y profundo que acompaña a las salidas de mar. Una enorme cantidad de esas piedras sueltas del fondo son empujadas por las poderosas corrientes convirtiendo al lecho del mar en un aluvión.  Las caóticas corrientes generadas por esos fenómenos arrancan piedras de todos los tamaños de sus ubicaciones y las desplazan de un sitio a otro con enorme fuerza. Sin duda por los golpes logran la limadura de sus aristas. Ésa sería, a mi modesto entender, por qué las piedras del fondo marino pencón en algunos casos parecen pelotas de fútbol.
Las piedras sueltas no están siempre en un mismo lugar, se mueven constantemente. Bueno es recordar que después del terremoto de 1960 se formó un islote frente al edificio “los años locos”, al cabo de dos o tres décadas, ese islote emigró.
Es cuestión de aritmética simple. Un terremoto dura tres minutos y se registran más o menos dos cada siglo (seis minutos de duro zamarreo cada cien años). En un milenio tendríamos una hora de movimiento. En un millón de años el tiempo de movimiento equivaldría a 41 días y algunas horas. Para nuestro cálculo bástenos con un millón de años, agréguele usted muchos millones más. Ese tiempo de fuerte agitación –como una coctelera—es más que suficiente para que se “fabriquen” las piedras de canto rodado en el mar de Penco. (Abajo un video con fotos de esas piedras)
 
 
 

Monday, October 13, 2014

UN VIAJE QUE FUE UNA MALURA(*) DE CABEZA

(*) Esta palabra no es reconocida por la RAE, sin embargo la expresión "malura de cabeza" se la empleaba en Penco para significar tontería.
Los riesgos de un ciclista en la noche en un camino rural.
Hay gente que concibe ideas estrafalarias, excéntricas y sin sentido práctico. El problema se presenta cuando obstinadamente esas personas deciden ponerlas en práctica sin un filtro, sin atender la opinión de otros. Locuras de tono menor, maluras de cabeza. La que narraré a continuación es una de ellas.
El vecino que vivía en la calle Infante trabajaba como obrero en Fanaloza. Su aspiración de siempre fue comprarse una bicicleta hasta que adquirió una de segunda mano. La bici estaba en buen estado, de media pista, marca Legnano (una buena marca de entonces), con cambios, luz  delantera y un pequeño farol rojo en la parte posterior, un dinamo ajustable a la rueda para generar electricidad durante la marcha y encender las luces, asiento de carrera, un candado para trabar la rueda trasera a modo de seguro y un par de pinzas de acero para ajustar la bastilla del pantalón.
Eran tiempos en que el ciclismo hacía furor. Había nombres de cultores famosos del ciclismo en Concepción, los hermanos Mellado, por ejemplo. Se decía que ellos eran secos en batir distancias y en lograr velocidades cercanas a las de un auto. Nadie en Concepción y sus alrededores tenía equipos técnicos de apoyo como ellos. Los Mellados eran un mito. Y esos nombres rebotaban en Penco. Los hombres jóvenes en bicicleta querían ser como los Mellado y los imitaban, enchulando sus propias bicis. La gente quería andar en bici pero eran muy caras. Sin embargo, en Penco había dos lugares donde arrendarlas por horas. O sea, por pocas monedas uno podía andar en bicicleta una tarde entera.
Vuelvo sobre la historia del vecino. A la semana de tener su bici y de estrenarla en todas las calles y caminos aledaños a Penco y Lirquén, él quiso poner a prueba sus propias capacidades de ciclista. Si los Mellado pueden, dijo, ¿por qué no podría yo? Y fue así como una noche, con algunas copas en el cuerpo, le dijo a su mujer: “Me voy a Copiulemu en bicicleta”. ¿Por qué Copiulemu? Le pudo haber dicho ella. “Porque iré a ver a mis parientes de ahí, hace muchos años que no sé de ellos y quiero darles una sorpresa”. (Argumento válido).
Ciclista casi invisible en medio de la noche visto desde un automóvil.
La mujer apeló a todos los consejos posibles para hacerlo desistir del intento. Pero, no pudo. El hombre bastante cufifo subió a su bici y salió pedaleando por Infante para tomar calle Freire. Le faltaban 60 kilómetros para alcanzar la meta autoimpuesta. No llevaba ningún elemento de protección, ni siquiera una botella de agua. Era la medianoche, la ciudad dormía y ni un alma caminaba ya a esa hora. El obrero se había planteado un desafío conseguiría llegar a destino esa misma noche. El primer problema se le planteó en la subida de la refinería. Tuvo que bajarse y ascender la cuesta caminando. En la población Desiderio Guzmán pudo continuar pedaleando. Mantuvo el ritmo y por Cosmito pasó como una exhalación. Ya se le había ido la mona. Cruzó el puente viejo del Andalién  y entró en la adoquinada calle Camilo Henríquez, de Concepción. Se anduvo asustando cuando pasó frente al cerro La Pólvora, puesto que era más de la una de la madrugada y por allí solían andar "patos malos".  Dobló por Baquedano hasta la Plaza Acevedo. Y de ahí prosiguió por Puchacay. A esa hora no había ni un solo bar abierto para pegarse un copete que le diera ánimo. A esas alturas más que el deseo de llegar a Copiulemu comenzaba a primar en él el deseo por volver a su casa. Pero, su compromiso personal era más fuerte. La avenida Puchacay entonces también era peligrosa por los maleantes. Nuestro hombre sabía eso. Pedaleaba firme y pálido rogando no encontrarse con ningún bandido o una pandilla en medio de la calle. Salió por Palomares y tomó a ruta a Chaimávida. Cero problemas. Pasó por Chaimávida dos horas después de salir de Penco. Y de ahí en adelante la cosa se pudo color de hormiga, porque cuando tomó el camino a Cabrero sólo había subidas. Él no las recordaba porque cuando había viajado de visita a Copiulemu lo había hecho en micro. Pero, ahora era distinto. Dos horas después fatigado de tanto caminar, empujar la bici y subir cuestas y con la luz del alba encima, llegó por fin a Copiulemu. No había nadie esperándolo. Sus parientes todavía estaban durmiendo. Tuvo que matar tiempo en una plazoleta hasta que la gente se levantara. Afortunadamente el desayuno fue contundente y después, muerto de sueño, a dormir. No sabemos qué mentira dijo para justificar ese desafío de hacer el tramo Penco-Copiulemu en bici y en la noche. O sea, se expuso a riesgos, a una caída, a una pana, a un asalto y dejó a su familia con el alma en un hilo. Después de pasar el día en Copiulemu regresó a Penco en micro. La bicicleta la iría a buscar al mes siguiente, cuando tuviera dos días de feriado. Había cumplido la hazaña. Claro que no sirvió de nada, porque nadie se interesó en saber detalles de este viaje. Como decía, al principio, hay ideas excéntricas que al ponerlas en práctica resultan aún más ridículas. Lo bueno es que no perjudican a nadie. Por fin nuestro vecino entró en sus cabales y no volvió a intentar romper otra marca para superar a los Mellado. 

Saturday, October 11, 2014

DIORAMAS DE PENCO: LA MANERA ENTRETENIDA DE CONTAR LA HISTORIA

El alcalde Figueroa muestra a este blog los contenidos de los dioramas de Penco.
Avanzan los preparativos del material educativo que contendrá la futura Casa de la Historia de Penco, programada para construirse en la esquina de Penco y Las Heras. Hasta ahora las piezas más interesantes que se exhibirán son los dioramas de los hitos históricos construidos por el artista nacional Rodolfo Gutiérrez. Cinco son los primeros temas elaborados, entre ellos la batalla de Andalién, el terremoto de 1751, por ejemplo.
El diaporama es una técnica realizada en madera sobre un espacio tridimensional, con el aspecto de una maqueta. El artista concibe el tema y lo crea a partir de la información histórica de que se dispone. En esta tarea pone su sello personal sin pasar por alto aspectos claves de la situación que se describe. En algunas estaciones del metro de Santiago hay dioramas producidos por Gutiérrez.
Este es un detalle de uno de los dioramas con la firma del artista Zerreitug.
Los dioramas que se desplegarán en la Casa de la Historia de Penco mostrarán, como decíamos, los hitos desde la llegada de los conquistadores, pasando por distintas épocas hasta la ciudad contemporánea. Estas representaciones artísticas estarán apoyadas por un relato descriptivo, con música y efectos de audio, con el fin de que el espectador tenga una vivencia y una cercanía con aquellos episodios que hasta ahora han llegado a nosotros sólo a través de los libros.
El alcalde de Penco, Víctor Hugo Figueroa, ha puesto un gran empeño en llevar adelante este proyecto y para este fin ha tenido una interacción muy próxima con el artista Rodolfo Gutiérrez Shwrter, quien se firma “Zerreitug”. Figueroa espera que la Casa de la Historia local constituya una fuente de inspiración y orgullo de los niños pencones y que se empapen de la importante ciudad histórica a la que pertenecen.
 
Las imágenes recreadas por el artista son piezas únicas, hechas en madera y vivamente coloreadas. Sin duda constituirán un impacto tanto estético como educativo. Los dioramas serán conocidos por el público cuando la futura Casa de la Historia de Penco abra sus puertas.

Wednesday, October 08, 2014

DE ROA CON AMOR


Debió haber sido interesante esa encrucijada de Roa, a unos 17 kilómetros de Penco subiendo por Villarrica, si consideramos que allí se juntaban cinco caminos polvorientos o barrosos (dependiendo si era  invierno o verano) cuando no existían los medios con que contamos hoy. Incluso, antes del ferrocarril, (esto fue a comienzos del siglo XX o  anteriormente aún) quien quisiera ir a alguna parte por tierra saliendo de Penco tenía que pasar necesariamente por Roa. Y para hacer ese viaje había sólo dos medios de transporte: la carreta tirada por bueyes y el caballo. La opción más básica era hacer el trayecto a pie.
Imaginemos que salíamos de Penco con destino a Yumbel… Pues el lugar donde nacía el camino al santuario de San Sebastián (y también a Cabrero) era Roa. Si nuestro destino era Florida, había que dirigirse a Roa y de ahí tomar el camino en esa dirección. Ir a Ránquil, Quillón o Peña Blanca (en el cerro Cayumanqui), la ruta comenzaba en Roa. Si se tomaba la ramificación al norte, entonces nos estábamos dirigiendo a Rafael. Si, por el contrario, seguíamos la ruta que conducía al sur, pues nuestro destino era el puente cinco en el camino Concepción-Florida. Todo comenzaba en Roa.
Por este simple motivo, Roa debió ser --decíamos-- muy interesante entonces. Porque se trataba de algo más que una esquina de cinco caminos. Ni siquiera exige pensar mucho para visualizar la curiosa reunión de decenas de carretas y cabalgaduras que se tomaban un descanso allí antes de seguir viaje a sus destinos específicos, porque un cruce caminero tan singular como aquel no se daba en todas partes. A lo mejor existió algún lugar, alguna posada, para comer o para dormir en Roa. Sin embargo, no había una concentración de casas en ese punto, más residentes había en Primer Agua.
Por esa condición especial de lugar de tránsito, Roa tenía un atractivo: la sorpresa de conocer gente. Por eso, las viajeras más jóvenes arreglaban sus trenzas y se empolvaban las mejillas cuando las carretas estaban llegando a Roa. Para ellas, el lugar les ofrecía el  encanto de hacerse ver ante galanes de paso, huasos jóvenes, que venían de otros campos. Ésa pudo ser la cara glamorosa y menos conocida de cada pasada por Roa.
Como la conjunción caminera llevaba a los lugares más distintos y dispares, Carabineros pudo tener una avanzada en Roa. Correspondía, puesto que había que prestar apoyo a los viajeros. Estos últimos eran personas que de tarde en tarde venían a Penco a hacer trámites, a ver médico, a comprar remedios, a los juzgados, al registro civil,  o a los otros servicios públicos desplegados en la ciudad.
Esta gente de los campos que bajaba a Penco se alojaba donde parientes, amigos o conocidos. Los que no tenían donde dejarse caer, pasaban la noche durmiendo en sus carretas o debajo de ellas. Los bueyes, en tanto, permanecían echados rumiando el alimento que le prodigaban sus carreteros. Este fue un espectáculo de rutina en calle Cruz donde había un abrevadero. El regreso por Villarrica era, a veces, una caravana de carretas que volvían con las familias y sus cargamentos de alimentos no perecibles adquiridos en el comercio local.

Más allá de Primer Agua, venía Agua Amarilla y de ahí Roa, el punto neurálgico de la conectividad terrestre de Penco con el resto del mundo. ¿Cómo se sabría ahí cuál era el camino que había que tomar si eran cinco las opciones? ¿Estaría señalizado? ¿Cómo? Pero, no importa, en ese lugar, bien valía la pena un refrigerio, y una interesante conversación de los viajeros para saber noticias de las familias y los conocidos, enviar saludos y despedirse, cada cual por su camino. Porque unos venían rumbo a Penco, otros iban de vuelta. ¿Cuántos amores sufrientes por la despedida? ¿Cuántos corazones rebosantes de alegría por el reencuentro en Roa? Hasta el regreso, cuando nuevamente nos veamos en Roa.

Saturday, September 27, 2014

PENCO A VUELO DE PÁJARO

Este video de 01:39 minutos de duración contiene fotos de diversos rincones de la comuna de Penco y lo incluyo en el blog para que lo aprecien. Muchas gracias.

EL HOMBRE QUE RETRATÓ A LOS PENCONES EN COLOR SEPIA

Cámara de cajón que llegó a ser muy familiar en los paseos públicos.
Tal vez no sepamos nunca cuántas familias penconas, niños, hombres y mujeres se hicieron retratar en la plaza de Penco por un fotógrafo que se ganaba la vida operando una cámara de cajón como la que ilustra esta nota. Era un hombre mayor, según lo recuerdo, enjuto y canoso. Sonreía permanentemente, usaba una cotona blanca y se ubicaba junto a la pileta que había en el centro. Su negocio marchaba muy bien los domingos y festivos cuando la gente iba a hacerse ver en nuestro principal paseo público, aunque haya voces que digan que la estación concentraba más gente y otras que defiendan a la playa en verano como el lugar de mayor circulación de personas.
Pues bien, el fotógrafo de Penco “se hacía la América” en la plaza en aquellos días. Su cámara estaba montada en su trípode de madera con regatones de fierro en las patas para no resbalar. Y el hecho que se situara en el centro de la plaza le permitía disponer de agua (de la pileta) para lavar sus fotografías, secarlas tendidas en un cordel sujetas por pinzas y entregarlas a sus clientes. Esos días de fin de mes y bien soleados le permitían, entonces, ganar el dinero suficiente para solventar aquellas jornadas de lluvia o en que sin dinero los pencones lo último que harían sería tomarse una foto.
Sentía que era su obligación que sus clientes salieran bien, perfectamente encuadrados, de cuerpo completo, con buena luz (natural), sonrientes (si ello fuera posible), con los ojos abiertos, las corbatas bien centradas en los caballeros y ellas bien peinadas. Incluso les ofrecía su peineta como parte del servicio y les sugería humedecerse el pelo con un toquecito de agua de la pileta. Así era la cosa.
No recuerdo el nombre de ese fotógrafo, que se ganó la vida con ese oficio callejero y que estuvo allí pulsando el disparador de su cámara desde “tiempos inmemoriales”. De seguro vivía por ahí cerca (bueno, nada es lejos en Penco, en realidad). Hasta que desapareció del mapa pencón.
No muchos años después, por razones de mi trabajo, me correspondió visitar una casa de reposo en Concepción. Y, sin pensarlo, ahí lo encontré. Estaba, de pie, en medio de un grupo de ancianos asilados y hacinados en ese recinto. Lo miré y sus ojos tristes me miraron también. Esbozó una sonrisa y le di la mano. Él ya no pronunciaba palabras, su senilidad se lo impedía. Es la última imagen que guardo del fotógrafo de Penco que con su oficio construyó, a su modo, parte de los recuerdos sociales en blanco y negro de Penco de esos años.

Friday, September 26, 2014

PERDIDOS EN LA ESPESURA DE UN BOSQUE DE PENCO

Esta foto de un bosque la capté en un viaje reciente a Ensenada, cerca de Puerto Varas.
 Nota editorial: Las imágenes que acompañan este texto no corresponden a algún bosque de Penco, sólo fueron agregadas a modo de ilustración.
 Dice el mito que uno se pierde (ver post anterior “Lost en la Plaza de Penco”) si diera muchas vueltas caminando en torno al centro del paseo público. Y dicen que habría numerosas personas dispuestas a dar testimonio de eso, que se han desorientado a tal punto que cuando quieren ir a otro sitio después de una larga caminata por la plaza no saben hallar el camino. Confundidos van en cualquiera dirección hasta que pasado un rato retoman el sentido de las cosas y todo en orden de nuevo. Sobre este asunto no hay explicación, salvo los relatos particulares de cada uno de los perdidos. Pero, lo que a muy pocos les ha pasado es perderse en los bosques de Penco.  Y ése es un cuento aparte.
Narraré mi experiencia a ese respecto. Acostumbrábamos  recorrer los cerros de Penco ya con los amigos del barrio, ya con los scouts. Caminar por sus senderos era una fiesta. Y los propósitos podían ser variados: ir por leña, por piñas, por frutos silvestres, ir a cazar pájaros con hondas, a instalar trampas para conejos, a recoger hierbas aromáticas para infusiones medicinales, ir a coleccionar insectos, ir de excursión… Suma y sigue.
Un sendero en un bosque de Ensenada.
En una de estas ocasiones con un par de amigos nos perdimos. Densos eran entonces los bosques que se desplegaban más arriba de Villarrica. Entre el camino a Primer Agua y las faldas orientadas al poniente había un intrincado terreno en pendiente enmarañado de retamillos, zarzamoras, árboles añosos y matorrales. Pues en ese sector perdimos la pista y desorientados no sabíamos por dónde ir para salir del embrollo y regresar a casa. Unos decían para allá, otros por acá y ahí estábamos algo ateridos y con pocas ganas de seguir emboscados, especialmente si ya comenzaba a caer la tarde-noche.
Nosotros estábamos ahí en una encrucijada de caminos y huellas sin saber cuál tomar. En medio de esta desorientación --al borde de la desesperación--apareció por uno de esos senderos del bosque, un hombre mayor que caminaba subiendo la cuesta. Lo saludamos y el hombre detuvo su andar. Con sólo mirarnos comprendió nuestra situación, pero no lo dijo. Le preguntamos que cómo podíamos salir de allí y regresar sanos y salvos a Penco. El desconocido sonrió y se tomó su tiempo para darnos la información que necesitábamos. Nos dijo:
Un intrincado bosque sureño (Ensenada).
--A ver, sigan el camino que he hecho yo. Vayan juntos, no se aparten de la senda que está muy clara pero a veces es muy estrecha. No se les ocurra tomar algún desvío, manténganse en la huella y caminen sin separarse. Aquí hay una bajada, un poco más allá una subida y una nueva bajada. El camino es estrecho, cuidado con las corenas y las matas de zarza. Al final van a llegar a un bosque de eucaliptos…
Y detuvo la recomendación de lo que deberíamos hacer. Se produjo un silencio y nosotros lo mirábamos esperando más referencias… Él prosiguió con las instrucciones:
--Muy bien, si no me hacen caso y se desconcentran o se desvían de esta ruta se van a perder de nuevo. Así que vayan confiados, muchachos. Les aseguro que no se van a dar ni cuenta cuando lleguen a la calle O’Higgins, porque esta huella desemboca justo ahí. Que les vaya bien.
Le agradecimos y luego de despedirnos el hombre siguió su caminata a su destino probablemente Primer Agua. Nosotros iniciamos la marcha cerro abajo. El estrecho camino era perfecto, con varios desvíos, pero siguiendo el eje central no había dónde perderse. Después de caminar rápido por más de media hora, el denso monte de árboles viejos y matorrales dio paso a un bosque de eucaliptos, como nos había contado el hombre desconocido. Avanzamos entre esos árboles siguiendo la huella casi totalmente cubierta de hojas y de pronto, como si hubiera de por medio un conjuro la cortina de árboles se abrió de par en par y pusimos los pies directamente en la calle O’Higgins. ¡Qué felicidad! Nos abrazamos. Parecía que Penco entero abría sus brazos para recibirnos. Ahí estaban los vecinos sonrientes saludándonos, los perros amistosos moviendo sus colas peludas, los carretones tirados por caballos que iban y venían. Los postes de la luz comenzaban a encenderse y por fin en casa… ¡Oh Dios! 
El autor de esta nota en un paseo por un bosque de Ensenada (2014).