Tuesday, April 21, 2015

EL PIRATA QUE PENÓ EN PENCO SE EXTRAVIÓ EN UNA TORMENTA


La historia, los historiadores y los escritores tienen y tendrán abundante material que investigar en la vida de piratas. Nosotros nos enfocaremos en ese temido corsario que estuvo penando en Penco por varios años Bartholomew Sharp (o Sharpe). Como decíamos en otro post Sharp o Sharpe era esperado por acá, hecho que exigía a la ciudad a no bajar la guardia. Eso fue alrededor de 1681. Valparaíso también estuvo en las mismas. Pero, el bucanero no se presentó ni aquí ni allá. Donde sí asestó golpes bajos fue en Coquimbo y en Arica. Sin embargo, en esta última salió trasquilado, mataron a su partner  y  numerosos compañeros piratas fueron capturados y colgados.
Foto de Wikipedia. El Cabo de Hornos.
 
Luego de tres años de correrías por las costas del Pacífico entre Panamá y Chile y de apropiarse de cargamentos de al menos 25 embarcaciones españolas, Sharp o Sharpe habría decidido regresar a Inglaterra y para ello se dirigió al sur para tomar el estrecho de Magallanes, la ruta natural para salir al Atlántico. Sin embargo, he aquí que le pasó otro fiasco…  Cuando navegaba en esa dirección su buque Trinidad fue alcanzado por una tormenta. La galerna era tan abrumadora que el Trinidad no pudo ingresar en el estrecho y empujado por los  fuertes vientos siguió alejándose más al sur a la deriva. Recién pudo girar al Este a la cuadra del Cabo de Hornos. Debió seguir navegando bajo inclementes condiciones hasta que por fin luego de pasar cerca de la isla de Los Estados  pudo abrirse paso hacia el norte por el Atlántico.
Este episodio hizo que el temido Bartholomew Sharp o Sharpe matriculara su nombre como el primer capitán en la historia en navegar a través del Mar de Drake de Oeste a Este. Pero, lo hizo exigido por la fuerza de la naturaleza, no porque él se lo hubiera propuesto. Esta aventura está narrada en el libro “El peligroso viaje y los audaces asaltos del capitán Bartholomew Sharp”, de Basil Ringrose, Londres 1684. Ringrose fue compañero de Sharp o Sharpe en sus fechorías, pero tenía el talento narrativo de un cronista a pesar de su defecto de pirata. Él nos entregó aspectos de las correrías del capitán que le penó a Penco.

Friday, April 17, 2015

IDA Y REGRESO AL SECTOR DE CIENEGUILLA AL NORESTE DE PENCO



Trozo de camino asfaltado, a unos centenares de metros
antes de llegar a Primer Agua Abajo, paso obligado en nuestro viaje a Cieneguilla.


Lindas propiedades se pueden ver junto al camino en el sector situado
entre El Durazno y Cieneguilla, a unos 12 km de Penco.
Rosas mosquetas maduras sorprenden con su vivos tonos rojos en torno a las propiedades
privadas en el sector de Cieneguilla.
Primer impacto visual de la Bahía de Concepción que tienen los viajeros que
vienen bajando hacia Penco por el Camino Real.


Basta detenerse un poquito para apreciar la bahía, con el puerto de Lirquén y al fondo
la imponente isla Quiriquina

Lirquén domina la perspectiva norte de la vista que ofrece el Camino Real.
Penco en la ribera de la "mejor bahía de todas Las Indias", en las palabras del conquistador Pedro de Valdivia.
Panorama que se observa hacia el suroeste. Al fondo se ven los cerros llamados "tetas del Biobío" y
hacia la derecha, la bahía de San Vicente. 

Tuesday, April 14, 2015

DOS CARAS DE LA MUNICIPALIDAD DE PENCO EN LA HISTORIA RECIENTE


Dos fotografías captadas desde un ángulo parecido para ilustrar un mismo sujeto: el edificio de la Municipalidad de Penco en dos momentos distintos de su historia. La imagen de la derecha es un detalle de una fotografía captada por el vecino pencón Arno Koch hoy fallecido. En realidad el tema de la foto es otro, que abordaremos más adelante. Nosotros hemos tomado el plano de fondo donde se aprecia claramente el edificio de madera donde hasta mediados de los años cincuenta funcionó la Municipalidad local. El inmueble tenía un acceso a través de un corredor y las oficinas se distribuían en toda la superficie de una planta. El juzgado de policía local funcionaba en un edificio anexo con orientación perpendicular a esta fachada y que daba hacia la calle Maipú. El techo de la municipalidad era de planchas acanaladas de asbesto cemento. Un siniestro redujo a escombros todo el conjunto consistorial. Esta foto es propiedad de la familia Suárez-Ferrada.
Al lado izquierdo, la imagen muestra, más o menos, en la misma perspectiva y ángulo el edificio actual de la Municipalidad de Penco.

Saturday, April 04, 2015

LAS PONEDORAS DE COSMITO QUE CRAV CEDIÓ A SUS TRABAJADORES

Foto tomada del sitio www.granjasantaisabel.com (España)

Ocho ponedoras de raza entregaba CRAV a aquellos  trabajadores  que se matriculaban en un programa para pro­ducir aves y huevos, en virtud de un acuerdo entre el sindicato de la refinería con la empresa para ese fin. Las gallinas procedían de Cosmito, la granja modelo que rompía todos los esquemas en producción de alimentos frescos: carnes magras, leche, hortalizas. Y la granja era propiedad de CRAV.
La iniciativa tuvo entusiasmados a los trabajadores y sus familias por varios años. Los que resultaban favorecidos con el programa de las ponedoras recibían apoyo de la compañía.  Les construían gallineros en los patios de sus casas  técnicamente diseñados para el propósito y, más aún, les proporcionaba el alimento para las aves, consistente mayormente en afrechillo.
El acuerdo empresa-sindicato-trabajador  funcionaba de la siguiente forma, según recuerdan muchos todavía en el ex recinto de la refinería: Les entregaban ocho gallinas cada una con una pata enanillada, con inscripción de fecha, raza  y propiedad. Al trabajador le quedaba clarito que el anillo impedía la venta de las aves. Una vez a la semana pasaba un recolector de huevos; una parte era para la empresa y la otra para el consumo del hogar.
Personas que se acogieron a esta iniciativa nos dijeron que las gallinas ponían a veces hasta dos huevos diarios. Así un ejemplar daba diez huevos a la semana y si multiplicamos por ocho, se trataba de ochenta huevos cada vez. Supongamos que los dueños de casa se quedaban con la mitad, disponían de cuarenta huevos para el consumo doméstico o para  otros fines. Estas cifras pueden ser discutibles, pero así oímos el relato al respecto.
El triángulo formado por la casa del trabajador, la empresa CRAV y la granja Cosmito funcionó muy bien por largo tiempo entre los años cincuenta y sesenta. Los huevos que entregaban los trabajadores llegaban a la granja, donde existían los canales de distribución para la venta. Dependiendo de la temporada del año, Cosmito retribuía a los trabajadores y sus familias con choclos frescos, apio y otras hortalizas.

Así funcionó el proyecto que produjo huevos, dio trabajo a los dueños de casa y reportó un quehacer entretenido que favoreció a todos. El remate de Cosmito y su desaparición como como granja, muchos años antes del cierre final de CRAV en 1976, terminó con esta actividad que mucho aún recuerdan con un poquito de nostalgia.  

Monday, March 30, 2015

"¡LLEGÓ CHARQUI A PENCO!", UN DICHO CON DOS ORÍGENES

Ilustración de un asalto pirata a una ciudad chilena, según el libro de Historia de Chile de Walterio Millar.
¡Llegó charqui a Penco! Esta afirmación la abordamos en nuestro blog el 5 de diciembre de 2009. Entonces sostuvimos la versión más conocida, que la expresión se habría originado en las correrías del corsario inglés Bartholomew Sharpe (1). Y que en respuesta a esa amenaza latente la gente local de la colonia pronunciara despectivamente el apellido Sharpe como “charqui”. Agregábamos también, y a modo de pura especulación nuestra que este filibustero pudo haber pensado en asaltar Penco pero que renunció a ello quizá informado de que la ciudad era una capital militar. A este respecto no hay datos históricos que conozcamos.
Sin embargo, Sharpe asestó duros golpes en otros puntos de la costa de Chile. En Coquimbo fue especialmente sanguinario. El blog piratas y corsarios en la colonia de Chile dice al respecto:
“Como amargo recuerdo de esta incursión de Sharp quedó la frase que se gritaba en Santiago al saberse el desembarco de los piratas en Coquimbo:
¡Llegó Sharp a Coquimbo!”
La  intempestiva aparición del pirata inglés Bartolomé Sharpe en la rada coquimbana ocurrió el 13 de diciembre de 1680. Sharpe y sus secuaces se tomaron La Serena al día siguiente.
 
Está en los anales el asedio de numerosos piratas a las costas de Chile durante décadas posteriores. De ese modo en cada avistamiento de algún barco pirata, los coquimbanos recordaban a Sharpe y gritaban: ¡Ahí viene Charp! Y así pudo surgir ¡Llegó charqui a Coquimbo!
Muchos años después cuando del temido pirata inglés sólo quedó el nombre, al alias charqui se le dio otros usos para situaciones algo paralelas. Benjamín Vicuña Mackenna sostiene que  de ahí viene la expresión popular: “¡Ya llegó Sharp a Coquimbo!" para referirse a la llegada sin aviso de algún sujeto alegre o molestoso a alguna casa, lugar o reunión.
 ¡Llegó charqui a Penco!
 
Según la misma fuente citada al comienzo, nada tiene que ver ese dicho muy popular en Penco con el pirata Sharpe, sino que con el buen y sabroso charqui de Florida, de Ñipas, de Coelemu o de Itata que llegaba a Penco para su comercialización.
Fernando Campos Harriet.
 
Dice el historiador Fernando Campos Harriet: "La verdad es que el dicho recordaba todo lo contrario; que algo bueno había llegado a Penco. Y eso bueno había sido precisamente el charqui. Por eso cuando una niña bonita aparecía en los bailes pencones y vehementes galanes la rodeaban, más de algún viejo envidioso y haciéndosele agua la boca, exclamaba ¡Llegó charqui a Penco!". (2)
 
(1) Usted observó aquí que en este relato el apellido del corsario está escrito de dos maneras Sharp y Sharpe. Según Wikipedia y otras fuentes históricas es Sharp; pero el informe oficial que el pirata presentó al rey de Inglaterra  él lo firmó Sharpe. Nos hemos quedado con esta segunda versión cuando el texto es nuestro y con Sharp cuando proviene de una cita que se decidió por esa opción.
 
(2) El primer relato sobre ese pirata y su relación con Penco aparece en el post del 5 de diciembre de 2009 de este blog. 

Saturday, March 28, 2015

EL DURO OFICIO DE AQUELLAS MUJERES QUE LAVABAN ROPA EN PENCO

Foto tomada de internet (www.pineterest.com).
Para las dueñas de casa de Penco lavar fue siempre un "cacho" hasta que las máquinas lavadoras y las secadoras entraron en el mercado como un aluvión. Antes ellas le sacaban el cuerpo a la obligación de lavar por lo sacrificada y aburrida. Así la ropa sucia se iba juntando en grandes rumas en los hogares. Esta situación por sí sola creó el oficio de lavandera, mujeres que prestaban el servicio de lavar ropa. Y las había de dos tipos, una las que llevaban la ropa sucia ajena para lavarla en sus casas; y la otra, era el lavado a domicilio. Un trabajo no apetecido, de baja remuneración y harto sacrificio.

Aquellas que lavaban en sus casas tenían las herramientas: una artesa o batea de madera, una tabla para restregar y una escobilla de mano con cerdas de escoba. La ropa la remojaban en abundante agua y detergente en la artesa y luego venía el refregado con la escobillas contra la tabla de lavar. Dependiendo de la cantidad de mugre, el agua sucia quedaba de color gris. La lavandera entonces quitaba el tapón de la batea y el agua se iba por gravedad, caía a una acequia y el curso seguía hasta la calle. El agua sucia corría por la calle y se iba a la pozos de aguas-lluvia. Después venía el primer enjuague en la misma artesa, el segundo enjuague y a colgar la ropa en largos alambres en los patios. El viento pencón hacía lo suyo y a las pocas horas las sábanas estaban listas para ser entregadas a la clientela. El resto de la ropa también. Las camisas se planchaban, lo demás iba así no más. A menos de una cuadra de la plaza de Penco se veía la evidencia de esta actividad emprendedora por la calle Las Heras –cuando lucía adoquines-- donde sus cunetas estaban la mayor de las veces cargadas de agua fétida.


Las lavanderas a domicilio tenían menos recursos. Iban de casa en casa prestando sus servicios. Se instalaban a lavar todo el día. Sus manos sin protección permanecían metidas en el agua con detergente (lavasa) restregando y restregando. Al final de la jornada se retiraban agotadas de tanto estar de pie, e inclinadas aplicando su fuerza sobre la tabla de lavar. Pero, regresaban contentas a sus modestos hogares con algo de dinero y con la esperanza de obtener algo más al día siguiente en otra casa pencona. 

Tuesday, March 24, 2015

EN PENCO SI NO HABÍA PLATA SE COMPRABA AL RAYEO


En Penco no se conocía el dinero de plástico ni menos las tarjetas de crédito tampoco las de débito, pero no por esa carencia la economía se detenía. Eso ocurría en los años de la década de 1950. Como la gente no tenía plata todo el tiempo y había que vender, el comercio local ideó una fórmula para hacer salir sus mercancías. Varios negocios inventaron la venta con libreta, la que operaba más o menos de la siguiente manera:
 
El tendero tenía un libro en el que destinaba varias hojas a un determinado cliente. Allí anotaba el detalle de cada producto solicitado por la persona, con el peso y el valor. Y dejaba constancia de los mismos datos de la compra en una libreta pequeña que estaba en poder del comprador. Entonces la información quedaba registrada en el libro y en la libreta. El tendero tenía que guardar su libro como hueso santo y el cliente aferrarse a su libreta para no extraviarla, allí estaba toda la información válida para el momento en que había que pagar la deuda.
 
Los  pagos se efectuaban cada quincena o a fin de mes. Se cancelaba toda la deuda. Y a partir de ese momento el crédito quedaba abierto nuevamente.
 
Esta modalidad de las libretas se concedía solamente a las personas que podían solventar las compras cada mes. Y los únicos que tenían la seguridad de recibir dinero a tiempo (su sueldo) eran los trabajadores de las industrias locales. De ellos se sabía que no habría morosos. En otro post señalábamos que un carnicero publicaba una lista de aquellos clientes flojos para pagar. La lista estaba a la vista del público en la ventana del local hasta que aquel se acercara a cancelar. Cumplido el compromiso se retiraba el nombre de la lista y se le ponía un timbre a la libreta: pagado.

Las bodegas de vino también concedían crédito para el “medio pato” (medio litro de vino pipeño) para aquellos parroquianos que no tenían efectivo en algún momento, pero sí la necesidad de remojar la garganta. Los bodegueros anotaban la deuda en su libro, salvo que en este caso al cliente no se le pasaba ninguna libreta. Bastaba la buena fe del expendedor.

Fue así como nació una expresión típica en Penco “tomar al rayeo”. Esto era que hecha la compra sin cash, el deudor firmaba en el libro donde quedaba registrada la deuda. Muchas veces la tal firma era una “mosca” o, si usted quiere, una raya. De allí el concepto popular: el rayeo. Pero, incluso los clientes más borrachines debían demostrar algún ingreso estable para acceder al rayeo en alguna bodega pencona y poder apagar la sed a cualquiera hora del día y sin chinchín.