domingo, julio 26, 2015

BUSCANDO GENIOS ENTRE LAS FAMILIAS DE PENCO


Imagen referencial.
            Rondaba en algunas casas de Penco la idea que los niños de la familia tuvieran alguna gracia. Esto era que destacaran en algo fuera de lo habitual. Porque los chiquillos de entonces no podían ser fomes y en ocasiones especiales y en lo posible debían sacar a flote su gracia y sorprender a las visitas. ¡Eso era tener alguna gracia!
          O sea, exhibir las mejores notas, los cuadernos muy bien presentados, los zapatos relucientes, la camisa blanca limpia y almidonada era un asunto muy importante. Por ahí empezaba la cosa. Pero, debía seguir con algo más, por ejemplo saber ejecutar algún instrumento para que dado el caso de una reunión social,  mostrar esa virtud como una sorpresa…
          Pocos, sin embargo, le hacían caso a esta ilusión de sus padres y el concepto de la gracia se convertía en competencia: quién era el mejor para el trompo; quién el mejor para la pelota, para correr, para encumbrar volantines, para cargar leña seca y traerla desde el cerro. Y en este campo siempre había alguien mejor que los demás. Así los niños creían que era tener una gracia. Pero, también sabían que en el fondo no satisfacía la idea paterna de descubrir, quién sabe, la existencia de un genio en la familia.
            A mí me sacaban adelante a cantar, o sea me tenía que saber de memoria alguna canción de esos años, tal vez una tonada. Y después del canto, a recitar se ha dicho. Había que saberse una poesía y gesticular con las manos muchas veces siguiendo coordinadamente el compás de los versos. Después venían los aplausos, los cumplidos y el té. Eso era lo más próximo a tener una gracia que yo podía demostrar.

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